APUNTE.COM.DO.- Los dramas verticales, también conocidos como dramas cortos, se han convertido en uno de los contenidos favoritos en las redes sociales. Estas producciones, compuestas por episodios de un minuto y con una duración total de entre 60 y 90 minutos por serie, siempre dejan una interrogante al final de cada capítulo: “¿Qué pasará ahora?”, lo que obliga al espectador a continuar viendo.
Ana, una estudiante universitaria, admite que pasa noches enteras maratoneando estas miniseries. A pesar de preguntarse “¿Por qué lo vi?”, los dramas verticales la persiguen; aparecen constantemente en los anuncios de sus redes sociales, cuando ve a alguien en el metro e incluso durante los descansos en el trabajo. Señala que escucha la voz de traducción con inteligencia artificial con el típico cliché: “Me casé con el jefe de la empresa...”.
Al ver los dramas, se desespera por circunstancias ajenas, queriendo saber si la protagonista seguirá en situaciones “tan tontas”, como no darse cuenta de “quién es el padre de su hijo”, una de las tramas más recurrentes en estas miniseries.
Para Ana, dejar de ver estos dramas se ha convertido en un descontrol de su vida cotidiana, lo que le ha costado sueño, atrasos en los estudios, problemas en sus relaciones personales y, en algunos casos, dinero, ya que este tipo de contenido no está completo en las redes sociales y se transmite en plataformas que solo permiten un número limitado de episodios gratuitos.
Pero ¿existe una adicción real? El psicólogo clínico Pablo Castillo Valenzuela denomina a este tipo de contenido “infinito”, ya que no hay un punto en el que el sistema indique al usuario que la actividad ha terminado. Explica que, en los videos cortos, este ciclo es sin interrupciones: un video termina y casi de inmediato comienza otro. La fricción necesaria para decidir “¿qué voy a ver ahora?” prácticamente desaparece, debido a un diseño que busca captar la atención del observador. Una atención atraída hacia una orientación de estímulos producidos por una cachetada, un accidente, alguien de rodillas, cortes hiperrápidos, sonidos sonoros, entre otras cosas.
Castillo aclara que el tiempo de uso por sí solo no determina la existencia de un trastorno de adicción. La pregunta clínicamente relevante es: ¿Qué estás dejando de hacer para verlo? Si alguien utiliza redes sociales durante varias horas pero continúa trabajando, estudiando, durmiendo adecuadamente, manteniendo relaciones interpersonales y puede interrumpir voluntariamente el uso cuando lo decide, el uso intensivo no constituye un problema clínico.
La situación cambia cuando aparece una pérdida significativa de control, la persona intenta reducir el uso y no puede, se produce un deterioro funcional, se sacrifica sueño, trabajo, estudio o relaciones, o se necesita una exposición creciente para obtener el mismo nivel de satisfacción.