APUNTE.COM.DO.- Por Jhonny Trinidad

Cada vez que el Banco Central publica la cifra mensual de remesas, se activa el mismo ritual. El Gobierno de turno la presenta como un logro de su gestión, como un indicador de la confianza en la economía y como prueba de la buena marcha del país. Se celebra el número, pero se invisibiliza el sacrificio que lo hace posible.

Hay que decirlo sin rodeos: las remesas no son un logro del Gobierno. Son el logro de la diáspora. Son el resultado de un esfuerzo humano, individual y colectivo, que ningún gabinete puede atribuirse.

En 2025, República Dominicana recibió 11,866 millones de dólares en remesas. Ese monto representó el 25.1 % de los principales ingresos de divisas del país y el 9.3 % del Producto Interno Bruto (PIB).

En los primeros siete meses de 2026, las remesas superaron los 6,500 millones de pesos. Son el principal flujo de divisas del país, por encima del turismo, de las zonas francas y de la inversión extranjera directa. Sostiene la estabilidad del tipo de cambio, financia el consumo de cientos de miles de hogares y evita que la pobreza sea una estadística aún más dolorosa.

Pero ese dinero no lo produce el Estado. Lo produce una mujer que limpia oficinas en El Bronx y madruga a las 4:00 de la mañana para enviar 200 dólares a su madre en Los Mina. Lo produce un obrero de la construcción en Madrid que trabaja diez horas bajo 40 grados para mandar 150 euros a sus hijos en Azua. Lo produce un taxista en Lawrence que no ha tomado vacaciones en cinco años.

Atribuirse las remesas como un éxito de política pública es, en el fondo, una forma de expropiación simbólica.

LA ECONOMÍA DEL DESARRAIGO

La diáspora dominicana no se fue del país por aventura. Se fue expulsada. Primero por la dictadura, luego por la crisis de los 80, por la quiebra del aparato productivo, por la falta de oportunidades y por un modelo económico que nunca logró integrar a toda su población.

El 75% de los dominicanos en el exterior vive en Estados Unidos. El 99% de ellos emigró por reunificación familiar, no por programas del Estado dominicano. Ningún gobierno los llevó, ningún ministerio los formó para irse, ningún INDEX les consiguió empleo. Se fueron solos, hicieron papeles solos, aprendieron otro idioma solos y sobrevivieron solos.

Y una vez establecidos, decidieron no romper el cordón. Mientras otros migrantes cortan vínculos a la segunda generación, el dominicano mantiene la casa, mantiene el barrio, mantiene a la familia. Esa es la dominicanidad transnacional que estudió Ramona Hernández: vivir allá sin dejar de estar aquí.

Las remesas son, por tanto, una economía del desarraigo. Son la factura que paga el país por no haber retenido a su gente.

EL DISCURSO OFICIAL INVIERTE LA REALIDAD

Cuando un funcionario dice "hemos logrado un récord en remesas", invierte la causalidad. El récord no lo logró el Gobierno. Lo logró la diáspora a pesar del Gobierno.

A pesar de que durante décadas no tuvo derecho a votar. A pesar de que no tiene acceso real a vivienda digna en su país. A pesar de que cuando quiere invertir en República Dominicana se enfrenta a la misma burocracia que lo expulsó. A pesar de que el INDEX, creado precisamente para atenderlo, funciona en Europa con reuniones por Zoom y con escasa presencia territorial, como denuncian líderes comunitarios en Madrid y Barcelona.