APUNTE.COM.DO.- Santo Domingo.– Cuando Dominga Jáquez recibió la llamada que le confirmó que su hermano había matado a su esposa y luego había muerto, la noticia no solo significó una tragedia para una familia, sino que dejó una pregunta difícil de responder: ¿cómo puede un hombre llegar a matar a la mujer con la que compartió su vida y después quitarse la vida?
Días antes, Dominga había estado con su hermano, lo había escuchado hablar de su separación, de la tristeza que sentía y de los pensamientos violentos que, según su relato, le había manifestado. Ella intentó convencerlo de que no se dejara llevar por esas ideas y buscó apoyo de otros familiares. Sin embargo, la familia no imaginó que aquella preocupación terminaría convirtiéndose en una tragedia.
El caso ocurrió este martes en Hainamosa, Santo Domingo Este. Ramonita Aquino Aquino, de 37 años, fue encontrada muerta en una residencia, y Jesús Jáquez Mora, de 50 años, señalado como su pareja o expareja, también fue hallado sin vida. Las autoridades investigan el hecho como un presunto feminicidio seguido de suicidio.
La historia de esta familia tiene además otra dimensión: dos adolescentes, de 14 y 16 años, quedaron afectados por la pérdida de sus padres. Jáquez Mora tenía además otros tres hijos, según relató su hermana Dominga Jáquez, quien aseguró que su hermano recibía tratamiento por problemas de salud mental y había sido internado en varias ocasiones. También describió una profunda tristeza que, según ella, estaba relacionada con la separación de su esposa.
Dominga contó que en los días previos lo había visto llorar y hablar de su esposa, mientras atravesaban un proceso de divorcio. La familia conocía su situación y procuraba acompañarlo. Aun así, no imaginó que las expresiones que había escuchado terminarían convirtiéndose en una tragedia.
Y ese es precisamente uno de los elementos que suele quedar fuera de las estadísticas: después del feminicidio no termina la violencia. Quedan hijos, hermanos, madres, padres y familias intentando reconstruir una vida que cambió en cuestión de minutos.
Un patrón que se repite
El caso de Hainamosa no es aislado. En julio, María Selmo Pierre, de 29 años, fue asesinada por su pareja, Adonis Ferrand Guzmán, de 32, en Los Casabes, Los Guaricanos. El hombre posteriormente murió por suicidio. De acuerdo con las primeras informaciones de las autoridades y declaraciones de un familiar, la pareja atravesaba conflictos de convivencia y celos. La investigación permanece abierta.
Dos meses antes, en Alma Rosa I, Santo Domingo Este, Esmeralda Moronta de los Santos fue asesinada por su expareja, Omar Tejeda Guzmán, de 48 años, quien posteriormente murió por suicidio. El caso adquiere una dimensión especialmente dolorosa porque, según reportes periodísticos, Esmeralda había acudido ese mismo día a una fiscalía de violencia de género en busca de protección.
Son tres historias diferentes, pero tienen un punto en común: la violencia ocurrió en el contexto de una relación de pareja o expareja y terminó con la muerte de la mujer y del agresor.
11 agresores se suicidaron en seis meses
Las cifras muestran que no se trata de una situación excepcional. La Fundación Vida Sin Violencia contabilizó 47 feminicidios íntimos durante el primer semestre de 2026, un aumento de 74 % respecto al mismo período de 2025. Los crímenes dejaron 68 niños, niñas y adolescentes en la orfandad.
De esos casos, 11 agresores se suicidaron después de cometer el crimen. Además, 38 de las mujeres fueron asesinadas dentro de sus viviendas y 33 tenían 35 años o menos.
Por separado, la procuradora general de la República, Yeni Berenice Reynoso, informó en agosto que las estadísticas del Ministerio Público registraban 57 feminicidios en lo que iba de 2026. De esos casos, 35 correspondían a agresores que eran pareja de las víctimas y 17 a exparejas. La funcionaria también señaló que aproximadamente 23 % de quienes asesinan a su pareja posteriormente se suicidan.
Las cifras no son idénticas porque corresponden a registros y categorías distintas: la Fundación contabiliza feminicidios íntimos, mientras el Ministerio Público ofrece su propio registro oficial. Por eso no deben sumarse como si fueran una misma base de datos.
Pero ambas estadísticas apuntan a una realidad preocupante: el feminicidio seguido de suicidio representa una proporción importante de los casos de violencia letal contra las mujeres.
“No fue arrepentimiento”
Para la terapeuta familiar Miosotis Grullón, una de las claves para entender estos episodios está en el concepto de control. La especialista explica que algunos agresores desarrollan una percepción distorsionada en la que dejan de ver a su pareja como una persona independiente y comienzan a considerarla como una pertenencia.
Cuando la mujer decide terminar la relación, establece límites o toma decisiones que escapan a ese control, el agresor puede interpretar la separación como una pérdida de poder. En algunos casos, explica Grullón, el suicidio posterior al crimen puede convertirse en una última expresión de esa necesidad de control: él decide sobre la vida de ella y también sobre su propia muerte.