APUNTE.COM.DO- REDACCION INTERNACIONAL- Crecer no significa abandonar la capacidad de jugar, imaginar y disfrutar de las pequeñas cosas. Una de las reflexiones atribuidas a Friedrich Nietzsche plantea una idea profunda sobre la madurez: “La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño”.

La frase invita a entender que hacerse adulto no consiste únicamente en asumir responsabilidades, sino también en recuperar la pasión, la curiosidad y el entusiasmo con los que durante la infancia nos entregábamos al juego.

Cuando somos niños podemos disfrutar de una actividad simplemente porque nos divierte, sin preguntarnos si tiene alguna utilidad o si puede convertirse en una forma de productividad. Con el paso de los años, muchas veces comenzamos a medir nuestro tiempo en función de resultados, dejando poco espacio para el ocio, la imaginación y el placer de hacer algo por el simple hecho de disfrutarlo.

Para Nietzsche, recuperar esa actitud infantil no significa comportarse como un niño, sino reencontrar una forma auténtica de relacionarnos con la vida. Se trata de recuperar el asombro, la libertad de imaginar y la capacidad de entregarnos plenamente a aquello que realmente nos importa.

La madurez, desde esta perspectiva, no consiste en renunciar a lo que fuimos, sino en integrar lo mejor de nuestra infancia con la experiencia adquirida a lo largo de los años.

Friedrich Nietzsche nació en 1844, en la entonces Prusia, y fue filósofo, poeta y filólogo. Ejerció como profesor de filología clásica en la Universidad de Basilea y desarrolló una obra que cuestionó profundamente la moral, la religión y los valores tradicionales de la sociedad occidental.

Entre sus conceptos más conocidos figuran la “muerte de Dios”, el “superhombre” y la “voluntad de poder”, ideas que lo convirtieron en una de las figuras más influyentes y controvertidas de la filosofía moderna.

Su reflexión sobre la madurez conserva una vigencia especial: crecer no debería significar dejar de jugar, soñar o maravillarnos, sino aprender a vivir esas experiencias con mayor conciencia y profundidad.