APUNTE.COM.DO.- En una calurosa tarde de verano, Amoateng Foster, de 44 años, descansa junto a una mesa en un aula improvisada al aire libre en el sur de España, mientras observa a los estudiantes sentados en asientos improvisados. Este entorno le resulta familiar: Foster fue profesor de matemáticas en Ghana antes de emprender un peligroso viaje a través del Sahel hacia Libia, cruzar el Mediterráneo hasta Italia y finalmente llegar a España.

Hoy reside en un asentamiento informal para inmigrantes en la provincia de Almería, donde él y miles de trabajadores más laboran en los innumerables invernaderos que cubren la región, produciendo frutas y verduras que abastecen a Europa durante el invierno. Las condiciones son duras y la remuneración, especialmente para aquellos en situación irregular, es muy baja.

“No es fácil estar aquí si no tienes la documentación en regla”, comentó Foster al reflexionar sobre su vida en España. Como muchas personas de África y otras regiones, se sintió atraído por Europa con la promesa de un empleo y una vida mejores. Sin embargo, la realidad no ha cumplido esas expectativas: su experiencia ha sido inmensamente difícil y, en muchos aspectos, degradante.

“Si estás fuera, al otro lado de la valla, puedes pensar que aquí todo es color de rosa”, dijo. “Pero no lo es”.SpainMigrantShanty Trax .00_00_01_07.Still001.pngLa reacción ante la avalancha en la frontera de Ceuta demuestra que la retórica extremista se está normalizando.Amoateng Foster, de 44 años, dejó su trabajo como profesor de Matemáticas en Ghana en busca de una vida mejor en Europa, con la esperanza de poder pagarles la universidad a sus hijos.La hermana Estella, de 61 años, entrega un trozo de pollo a un joven que llegó recientemente a España. Las Hermanas Mercedarias de la Caridad reciben donaciones de alimentos de dos supermercados locales que distribuyen entre comunidades de migrantes necesitadas.Tras perder su empleo en la recolección de fresas, Amal, una madre marroquí de 36 años, se encuentra desamparada, indocumentada y separada de sus hijos, por lo que recurre a organizaciones benéficas locales en busca de ayuda.Si bien la región depende en gran medida de los trabajadores migrantes, los empleados indocumentados informan que ganan apenas entre cuatro y cinco euros por hora —casi la mitad del salario mínimo legal—, lo que les impide costear una vivienda adecuada.Rosendo, de 68 años (izquierda), y Francisco, de 79 (derecha), consideran que la migración en esta parte de España es