APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -La reciente reunión entre María Corina Machado y el secretario de Estado de los Estados
Unidos, Marco Rubio, no es un simple encuentro diplomático ni una fotografía para redes
sociales. Es, sin lugar a dudas, una jugada de alto calibre en el ajedrez geopolítico que hoy
define el destino de Venezuela.


Cuando María Corina dice que fue una “excelente reunión” con Marco Rubio, y agradece el
compromiso con la democracia y la libertad, no está improvisando un discurso: está enviando
una señal clara de alineación estratégica con el poder que hoy tiene incidencia directa en el
futuro venezolano. Pero la frase que realmente sacude y la que no puede pasar desapercibida es
otra: “Se acerca el día en que reuniremos a nuestras familias en Venezuela”. Esa afirmación no
es solo emocional, es política, calculada e incluso, peligrosa si no se interpreta con
responsabilidad.


Venezuela atraviesa un momento extraordinariamente complejo, donde la diplomacia, la presión
internacional y los intereses estratégicos de grandes potencias están jugando un papel
determinante. La reunión en Washington ocurre en medio de una reconfiguración de las
relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, tras la reapertura de canales diplomáticos y
movimientos que evidencian un nuevo tablero político.


Pero aquí hay que decir lo que muchos callan: El respaldo internacional no garantiza una
transición real, las declaraciones optimistas no sustituyen los hechos concretos y la historia
reciente de Venezuela está llena de promesas que nunca se cumplieron. Machado construye un
discurso de esperanza, sí… pero también de expectativa. Y cuando se juega con la ilusión de
millones de venezolanos en el exilio, se está caminando sobre una línea extremadamente
delicada.


La política internacional no se mueve por romanticismo, sino por intereses. Estados Unidos no
actúa por altruismo, actúa por estrategia. Y en ese escenario, Venezuela representa petróleo,
geopolítica, influencia regional y control de estabilidad en América Latina. Por eso, aunque Rubio
haya mostrado apertura hacia María Corina y la oposición, la realidad es más cruda: No hay una
hoja de ruta clara hacia elecciones libres inmediatas. No hay garantías absolutas de que la
oposición controle la transición. Y existen actores dentro y fuera de Venezuela que también
disputan ese poder. Machado puede estar ganando terreno internacional, pero el poder real
dentro de Venezuela sigue siendo una disputa.


Cuando Corina habla de que “se acerca el día”, no solo está enviando esperanza: está
presionando. Presiona a la comunidad internacional para acelerar decisiones y a los actores
internos para definir posiciones, además se coloca como figura central de un eventual cambio.
Es una jugada inteligente, pero también arriesgada. Porque si ese “día” no llega pronto, el costo
político puede ser alto.


El encuentro entre María Corina y Marco Rubio confirma algo innegable: Venezuela está en el
radar del poder mundial. Pero también deja una verdad incómoda: El cambio no se decreta
desde Washington. El retorno de millones de venezolanos no depende de una reunión. Y la
libertad no se anuncia… se conquista.

Machado ha elevado la apuesta. Ha puesto fecha emocional a una esperanza colectiva. Ahora
queda la gran pregunta: ¿Estamos ante el inicio del fin o ante otra ilusión que podría
desvanecerse?