APUNTE.COM.DO.-SALUD.-El reconocido neurólogo y psiquiatra francés Boris Cyrulnik, considerado el padre de la resiliencia, ofrece una reflexión contundente sobre el paso del tiempo y la forma en que enfrentamos la vida después de los 60 años: ya no hay espacio para el autoengaño; el cuerpo, la memoria y las emociones hablan con absoluta claridad.

Lejos de la idea equivocada de que ser resiliente significa resistir o ignorar el dolor, Cyrulnik plantea una visión más profunda: la resiliencia es la capacidad de reconstruirse tras la adversidad, adaptarse a las circunstancias y encontrar un nuevo sentido, incluso después de experiencias traumáticas.

El origen de una teoría marcada por el dolor

La vida del propio Cyrulnik explica su enfoque. Durante la Segunda Guerra Mundial, siendo apenas un niño, perdió a sus padres y logró escapar de la deportación nazi escondiéndose durante una redada. Esa experiencia marcaría profundamente su pensamiento.

Para él, la resiliencia no es olvidar el dolor, sino transformarlo en un nuevo punto de partida. Una persona puede quedar herida, pero si encuentra apoyo —afecto, palabras, vínculos— puede reorganizar su vida y seguir adelante.

A los 60: una etapa de verdad y redefinición

Al llegar a los 60 años, la resiliencia adquiere otro significado. Ya no se trata de ambiciones juveniles ni de acumular logros materiales. Es una etapa donde:

El cuerpo reduce su ritmo

La memoria gana protagonismo

Las prioridades cambian profundamente

Las certezas que guiaron la vida comienzan a resquebrajarse. Aquello que antes parecía esencial —éxito, bienes, estatus— pierde relevancia frente a lo verdaderamente importante: la paz interior, los vínculos y el sentido de la vida.

Cyrulnik advierte que muchas personas, al llegar a esta etapa, ya han enfrentado pérdidas significativas: seres queridos, ilusiones o posiciones sociales. Sin embargo, quienes han desarrollado resiliencia logran mantenerse firmes.

La diferencia está en algo clave: haber aprendido a convivir con sus heridas.

La resiliencia no es innata: se construye

Aunque Cyrulnik popularizó el concepto, sus raíces se remontan a estudios como los de la investigadora Emmy Werner, quien demostró que muchos niños criados en condiciones adversas lograban salir adelante.

Su conclusión fue clara: la resiliencia no es un rasgo fijo, sino un proceso que se construye a lo largo de la vida, apoyado en factores como:

Un abuelo afectuoso

Un hermano protector

Un maestro comprensivo

Un entorno emocional seguro

Es, en esencia, una red invisible que se teje con experiencias y relaciones, y que nos sostiene cuando la vida golpea.

Una mirada filosófica: el sentido ante la adversidad

La resiliencia también tiene eco en la filosofía. El psiquiatra Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración, sostenía que no somos nosotros quienes preguntamos a la vida, sino que es la vida la que nos interpela.

Su propuesta no era embellecer el sufrimiento, sino responder a él con responsabilidad y sentido.

Por su parte, el emperador estoico Marco Aurelio afirmaba que el obstáculo puede convertirse en camino, siempre que la mente aprenda a interpretarlo de otra forma.

La gran lección: vivir con autenticidad

La reflexión final de Cyrulnik es directa y poderosa:

“A los sesenta, ya no podemos engañarnos. El cuerpo, la memoria y las emociones hablan juntos sin vacilación.”

Quienes han ocultado sus heridas tras el trabajo, el éxito o el poder, pueden encontrarse desarmados al llegar a la jubilación. En cambio, aquellos que han enfrentado su historia con honestidad, encuentran una fortaleza interior capaz de sostenerlos.

Porque, al final, la resiliencia no es resistir la vida…
es aprender a vivirla, incluso con sus cicatrices.