APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -La reciente partida del ingeniero Ramón Alburquerque deja un silencio hondo en la vida pública dominicana. No es solo el adiós a un profesional brillante, sino a un hombre de Estado que entendió la política como un ejercicio de ideas, instituciones y servicio al país.
Alburquerque fue, ante todo, un pensador del desarrollo. Desde la ingeniería y la economía, supo mirar el país con lentes de largo plazo. Creía en la planificación, en la infraestructura como motor de progreso y en la necesidad de un Estado que funcione con reglas claras, respeto institucional y visión estratégica. En tiempos de consignas fáciles, apostó por el debate serio y la coherencia técnica.
Su paso por la administración pública y por los espacios de decisión política estuvo marcado por una defensa constante de la institucionalidad democrática. Fue un crítico firme cuando entendió que el rumbo se desviaba, y un constructor cuando el consenso era posible. Esa combinación —crítica responsable y vocación constructiva— no es común, y por eso su legado trasciende coyunturas y partidos.
Como docente y formador, influyó en generaciones que aprendieron de él algo más que fórmulas o teorías: aprendieron a pensar el país. Su palabra, siempre argumentada, dejó huellas en aulas, foros y medios, donde sostuvo que el desarrollo no es improvisación, sino disciplina, ética pública y continuidad de políticas.
Ramón Alburquerque también encarnó una ética del servicio. Nunca rehuyó el debate ni la responsabilidad. Entendía que la política debía dialogar con la técnica y que la técnica debía someterse al interés general. En un escenario donde a menudo se confunden ambiciones con proyectos, él insistió en separar lo personal de lo público.
Hoy, cuando el país enfrenta desafíos complejos —institucionales, económicos y sociales—, la ausencia de voces como la suya se siente con más fuerza. Sin embargo, su legado permanece: en las ideas que sembró, en las obras que impulsó y en la convicción de que la República se construye con seriedad, conocimiento y compromiso.
Que su memoria nos recuerde que el desarrollo no es un discurso, sino una tarea constante. Y que honrar a Ramón Alburquerque es, también, exigirnos más como sociedad y como Estado.