APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -Las grandes destrucciones de naciones e identidades del último tres cuartos de siglo no ocurrieron al margen del orden internacional, sino bajo su amparo. Afganistán, Irak, Libia, Siria y los Balcanes fueron devastados mientras el mundo era supuestamente gobernado por instituciones, resoluciones y discursos que proclamaban legalidad, humanidad y responsabilidad colectiva, discursos que prometían orden mientras administraban el caos y que invocaban justicia mientras legitimaban la fuerza.

Pero nada de eso impidió las invasiones bajo falsos pretextos ni los excesos criminales ampliamente documentados en el marco de esos conflictos. Al contrario, esas guerras fueron administradas, legitimadas y presentadas como necesarias mediante el uso de un poder inmenso que incluyó una maquinaria narrativa diseñada para anestesiar conciencias y neutralizar resistencias.

Cabe preguntarse entonces si el llamado orden basado en reglas fue alguna vez un sistema de justicia. En realidad, fue un sistema de gestión del poder que funcionó mientras garantizaba obediencia, control y supremacía sin costos reales para quienes lo dirigían. Funcionó mientras el hegemón podía imponer el relato, disciplinar a sus aliados y asustar a sus adversarios sin enfrentar consecuencias estructurales. Pero ese orden comenzó a resquebrajarse cuando se hizo evidente que China, mediante una estrategia paciente, coherente y profundamente pragmática, había crecido hasta competir con el centro mismo del sistema, y cuando Rusia salió de su aislamiento, recuperó capacidad de acción y comenzó a decir su palabra apoyada en la extraordinaria fuerza de voluntad de una nación curtida en decenas de conflictos sangrientos, sostenida por una memoria histórica de resistencia y guiada por una dirigencia política fría, prudente y dotada de un alto sentido de la pertenencia nacional.

No era posible sostener ese esquema con la emergencia de naciones intermedias dotadas de vastos recursos, capacidad tecnológica y ambiciones legítimas, que reclamaban su espacio en un mundo dominado de hecho por cinco grandes potencias. Junto con el viejo orden, el unipolarismo también comenzó a hacer aguas, y la consolidación de los BRICS aparece como la evidencia más clara de que el centro del poder mundial ya no podía ser contenido en una sola voluntad.

Ese mundo ya no existe o, en el mejor de los casos, atraviesa un proceso de desmoronamiento irreversible. Por eso Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, comienza a culminar la obra de demolición del mismo orden que le permitió actuar durante décadas con una desvergüenza  apenas disimulada. No se trata de una rebelión contra la hipocresía ni de un acto de sinceridad política. De hecho, esas nunca fueron virtudes de las potencias dominantes bajo el orden basado en reglas. Se trata de una decisión estratégica ya que el sistema que antes protegía al hegemón ahora lo limita, y las reglas que antes encubrían la fuerza hoy exigen consensos que ya no pueden imponerse con facilidad. Al perder impunidad de manera ostensible, Estados Unidos se enfrenta a una disyuntiva histórica. Aceptar límites o romper el tablero. El presidente Trump eligió lo segundo.

Muchos entienden que Trump inauguró la ruptura, cuando en realidad lo que ha hecho es acelerarla y volverla cada vez más explícita. No se necesitan pruebas. Basta observar cómo su política exterior abandona el lenguaje de la diplomacia y adopta el de la concentración de armamentos sofisticados en los frentes de naciones soberanas, acompañada de todo tipo de presiones económicas, políticas y amenazas directas. Con Trump, la amenaza abierta y rimbombante reemplaza la negociación, y el castigo brutal y público sustituye a la mediación. Para él, la eficacia inmediata no admite comparación con la legitimidad, porque ella se ha convertido en un lujo cuando el poder se siente apremiado.

En este nuevo mundo, el poder ya no necesita justificación, ni siquiera una justificación mentirosa como en décadas anteriores. Simplemente se ejerce. Los árbitros se convierten en estorbos porque imponen límites a la prisa, y no hay tiempo para formalidades jurídicas, ni siquiera dentro del propio andamiaje legal del país que históricamente se proclamó defensor del Estado de derecho.

Las reglas limitan, el consenso implica ceder y, por tanto, ambos resultan innecesarios para una lógica que ha decidido gobernar a golpes de urgencia y con metralla si la situación lo amerita.

El orden que ahora se destruye fue el paraguas bajo el cual se cometieron las mayores catástrofes humanas de nuestra era reciente. Esto fue posible sencillamente porque el sistema aún funcionaba como escudo político para quienes lo dirigían. Hoy ese escudo ya no protege y cada acción genera resistencias, costos económicos, fracturas diplomáticas y respuestas estratégicas que el viejo orden es incapaz de absorber o neutralizar. Al no poder actuar sin consecuencias en presencia de otros centros de poder, el poder norteamericano, esencia de lo que durante décadas se llamó Occidente, opta por la fuerza desnuda, pero lo hace intentando imponer una hegemonía unilateral incluso a expensas de los intereses de sus aliados tradicionales, a los que ahora trata más como subordinados o súbditos que como socios.

Quienes justifican este giro radical, al que no le faltan aliados que se autoproclaman civilizados, evitan cuidadosamente cualquier consideración moral o cultural. Palabras como realismo, pragmatismo, soberanía, autodeterminación y sentido común se convierten así en coartadas para la resignación. Este nuevo realismo no busca comprender el mundo para transformarlo, como intentan hacerlo ciertas naciones que hoy desafían el centro del poder, sino aceptarlo y hasta justificarlo para no incomodar al hegemón. No es un estadio maduro del imperialismo. Es rendición y decadencia absoluta.

Cuando todo es fuerza, el diálogo solo es posible por separado, uno a uno, sin testigos y sin prisa aparente. Cuando todo es poder, la justicia se vuelve un pilar incómodo y fácilmente desechable. Cuando todo es eficacia, hablar de límites resulta casi una provocación. Para Trump, el mundo se convierte en un tablero y los pueblos, incluidos sus aliados ahora terriblemente desconcertados, en simples piezas de una partida que ya no pretende ocultar su brutalidad.

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