Da nuevos detalles sobre los motivos que lo impulsaron a cometer el horrendo crimen contra su primo José Rafael

¿Qué era lo que tenían en su mente Mario José Redondo y su amigo Moliné aquel día que mataron a cuchilladas al chico José Rafael Llenas? ¿Era el demonio que los dominaba? ¿Eran las drogas que habían consumido?, o era ¿una ideología fascista? ¿Qué? ¿Quér?

Cualquier principiante de ateísmo descartaría de plano que fuera el demonio quien indujera a la pareja de chicos a cometer ese asesinato tan horrendo, puesto que para los ateos ni para la ciencia el demonio ni Dios existen.

En el caso de las drogas, no es descartable, tampoco lo de la ideología fascista, como variables constatables de forma concreta.

Esta vez, Mario José nos ha vuelto a escribir desde su celda en la cárcel de Cucama, en La Romana, donde purga su condena de 30 años de prisión.

Con su ya clásica sensillez narrativa, fruto de muchos años de lectura y de sus experiencias directas, Mario José vuelve a abrir su mente, como si la "desclasificara" para que la sociedad actual conozca qué fue lo que lo llevó a perpetrar ese asesinato.

El interno ha cumplido, en la medida de lo posible, su promesa de responder las preguntas que le hagan los lectores de Ciudad Oriental.

Ayer, un emisario, nos entregó su más reciente respuesta, dada al lector Luis Emilio Solano Valoy, de la Universidad Católica de Santo Domingo, quien le preguntó si él consumía drogas.

Se trata de una pregunta cerrada, que solo admitía como respuesta un "Si" o un "No".

Sin embargo, el interno usó uno de esos dos términos para responder, pero no se quedó ahí, sino que se fue más lejos, más profundo y le dice a la sociedad qué fue lo que lo impulsó a cometer el crimen.

Los dejo con la carta-respuesta de Mario José Redondo

Cucama, La Romana
Abril 24, 2014

Señor
Robert Vargas
Director
Ciudad Oriental
Santo Domingo Este

Señor Director:
Espero que estas líneas lo encuentren con la salud y los brios de siempre. Le remito mi respuesta a la pregunta de su forista señor Luis Emilio Solano Valoy de la Universidad Tecnológica de Santiago.

El señor Luis Solano me preguntaba si usaba drogas.

La respuesta corta es que no, sin embargo, su sensata inquietud me sugiere aprovechar la oportunidad de compartir algunas reflexiones acumuladas en estos últimos 18 años. Ojala sean de utilidad.

Aunque como adultos corremos el riesgo de olvidarlo, la juventud es el período en que validamos y cuestionamos las instrucciones que se reciben durante el proceso de formación, es de esperar que en esas condiciones se inicien experimentos y se busque respuestas en otras conductas sin todavía haber madurado las defensas emocionales y psicológicas.

Mi vinculación con personas en conflicto con las leyes de Dios y de los hombres no fue el resultado de una ponderada y reflexionada opción personal, en el caso específico del Embajador Consorte Palmas de la Calzada yo no apreciaba, apenas cumpliendo los 18 años, la envergadura destructiva de sus antecedentes ni lo fulminantemente tóxicos que estos podían llegar a ser.  Es oportuno acotar que mi vinculación con estas personas se desarrolló a partir de las labores para la graduación como bachilleres en mi colegio.

Inicialmente, solo exploraba, comparaba y empezaba a conocer creyéndome ya adulto. Todo esto de forma muy somera, por arribita y de la mano de otro joven igual que yo, compañero de curso, Martín Palmas, hijo menor de los señores Palmas de la Calzada, embajadores de la República de Argentina en nuestro país por aquellos tiempos.

Entre Diciembre 1995 y Mayo 1996 todo se salio de control. Asumí, por lograr involucrarme en sus actividades, indicaciones que devinieron en decisiones penosamente equivocadas que abruptamente me colocaron en situaciones para las cuales no estaba preparado. De todas estas, la más negativa fue imaginar que podía trabajar con Luis Palmas, manteniéndome en contacto directo con ellos durante todo el tiempo disponible, ocultando esa información a mis padres, sin conocer la naturaleza exacta de lo que este hacia para lograr todos los derroches de los que ostentaba y las vinculaciones sociales que sostenía.

Tampoco, debo reconocerlo, distinguía entonces entre las particularidades que se derivaban de su condición diplomática y las del resto de sus otras actividades.

En cuestión de semanas resulte abrumado por altos niveles de violencia entre los que muy pronto me sentí atrapado.

Aislado, aplace enfrentar las primeras consecuencias bajo la muy inmadura presunción de que lo “malo” pasaría, de esa forma dilate buscar la ayuda de mis adultos hasta que fue demasiado tarde y pase a ser protagonista del hecho que ha marcado mi existencia y el devenir de mi familia.

Para el 4 de Mayo de 1996 había dejado de ser yo. Era un joven profundamente confundido y con la voluntad vencida fruto de las horribles experiencias sufridas en las semanas anteriores.  Sin que esto represente una renuncia a mis obligaciones y responsabilidades, debe saberse que los muy trágicos y dolorosos eventos de aquel día tuvieron mucho que ver con lo que sentía no podía evitar y nada que ver con los dictámenes de mi formación e historia personal.

Albergo la humilde esperanza de que el pasado se ponga al servicio del presente para beneficio del futuro. Que el dolor y la pena de ayer sean base y estímulo de los que trabajan por la prevención y formación de los de mañana.

Con máxima consideración,

Mario José Redondo