Cuando salíamos del consulado de Estados Unidos en la República Dominicana, a nuestra otra mitad, la mujer, se le cayó una ramita detrás la oreja y que estaba escondida debajo de los cabellos. Al notar que vi el desprendimiento de la ramita, no nos dio tiempo a preguntar para decir: “Era para la suerte”.
Un acontecimiento para los dominicanos que quieren viajar a Estados Unidos había ocurrido. A tres de nuestras hijas le habían otorgado la Visa Americana. Al llegar a la casa, las muchachas inmediatamente entraron al Internet para verificar las bondades del visado que les habían otorgado.
Cuando terminaron de averiguar todo lo de ella, buscaron el tipo de visa que nosotros habíamos tenido hasta el momento. Era una R1, sindicada al Departamento de Estado. Las hijas y la mujer se arrojaron en críticas contra nosotros.
Habían interpretado que la visa que portaba durante diez años, en período de cinco años, la R1 y que nos la habían cambiado por una de paseo, servía hasta para trabajar en Estados Unidos. “Debimos estar allá viviendo hace tiempo”, nos gritaron.
Cuando estábamos en la Dirección de Vanguardia del Pueblo solicitamos la visa para ir a Estados Unidos para la realización de un Suplemento junto a Diomedes Núñez Polanco, causa de que nos dieran ese tipo de visado.
Al llegar a Nueva York, la dirección del PLD nos hospedó en el hotel Hollywood Inn, en Midtown, de Manhattan. Cuando subíamos el ascensor, aparecieron unas mujeres gigantes, azafatas, que habían sinterizados sus risas fingidas en pleno vuelos, y Diomedes, con la vista y la cabeza inclinada hacia techo del ascensor por la altura de las féminas, solo atinó a decir: “Déjalas que pasen, para mirarlas”
En la noche nos atacó el hambre y el restaurante del hotel había cerrado, bajamos para salir a las calles y nos detuvimos en counter, el mostrador. Mientras ensayábamos nuestro mal inglés con el empleado del hotel preguntándole dónde podíamos ir a comer algo a esa hora, Diomedes voceó: “El habla español”
Allí comprendimos que los idiomas tienen un pensamiento diferente. Al empleado del hotel escuchar a Diomedes, su rostro debió transformarse para comenzar entonces a responder en español.
Caminamos una cuadra, como dicen allá a la distancia de esquina a esquina, y encontramos una bodega moderna donde “picamos” hasta al otro día. En la mañana acudimos al restaurante y mientras nos desayunábamos se escuchaba una música clásica, instrumental. Diomedes nos preguntó cómo se escucharía una música así en Villa Mella. Le contesté en Villa Mella se camina a ritmo de bachata con brugal de mayita.
En la tarde unos familiares acudieron a la habitación del hotel a visitarnos. Unos años debieron transcurrir para explicarnos aquel esfuerzo para visitarnos. El dominicano promedio que va a Nueva York, principalmente al Alto Manhattan, no se hospeda en un hotel, sino que se arrima en una apartamento de un familiar establecido allá o donde un conocido, práctica que asumimos con naturalidad por muchos años, ya que para hotel después de esa vista con Diomedes nunca hubo.
Después comprendimos, viajando y viajando a Nueva York, que el mundo que vivimos en Midtown, no era el mundo real de los dominicanos en esa ciudad. La diferencia de condiciones la describe Aristófanes Urbáez. No recuerdo quien le estaba ofreciendo veinte dólares en Down Town, y le contestó: “Yo te acepto veinte dólares en el Alto Manhattan, UpTown, pero no en el bajo Manhattan, Down Town”.
Pero la anécdota de novela de nuestros viajes a Nueva York no son esas las más especiales. Cuando en los vuelos de la otrora American Airlines servían aceptables comidas, una vez vaciamos nuestro plato a todo vapor. Al quedarnos el chocolate, que hace el papel de postre, nos lo entramos en uno de los bolsillos de traje.
Al llegar a Migración del aeropuerto John F Kennedy, el oficial nos pidió el pasaporte. Nos metimos la mano en el bolsillo de traje y le extendimos el documento, el cual estaba todo embarrado de chocolate.
El accidente fue grave, ya que desde ese momento todos los viajes a Estados Unidos nos creaban dificultad con Migración. El chocolate derretido nos había borrado una mita de la cara, estropeando la identidad, algo que nos recordamos ahora con el caso de Juliana Deguis Pierre, a quien le faltaba no un lado de la cara embarrado de chocolate, sino el pasaporte completo