José Francisco Peña Gómez, un prócer de la República
Filiberto Cruz Sánchez
(I)
La historia de vida de José Francisco Peña Gómez es el ejemplo más elocuente de cómo un hombre de origen humilde, nacido en piso de suelo y techo de yaguas, puede erigirse, con el paso del tiempo, en un personaje que resume en sí las más encumbradas cualidades humanas, aquellas que el talento individual es capaz de alcanzar con el esfuerzo tesonero y las coloca al servicio de las mejores causas a favor de un pueblo que, a pesar de sus angustias, jamás ha dejado de luchar por construir una vida mejor.
Han pasado ya dieciséis años desde que la energía de aquel ser extraordinario fue vencida por una enfermedad terminal que nos privó también de su liderazgo, de su nobleza, de su solidaridad, de su generosidad, de su desprendimiento, pero jamás de su entrega por la construcción de una auténtica democracia en República Dominicana; jamás de su ejemplo de valor y grandeza, que sólo los hombres y mujeres de sus cualidades son capaces de desarrollar en medio de una sociedad que, al parecer, aún no acaba de verse en su propio espejo.
Había nacido el 6 de marzo de 1937 en la Loma del Flaco, o Loma de Guayacanes, entonces perteneciente al municipio de Guayubín. Su padre, Oguís Vicente, fue un agricultor nativo de Las Matas de Farfán y su madre, María Marcelino, era vendutera de productos agrícolas en los mercados de las zonas aledañas. Ambos vivían en aquella comunidad de la Línea Noroeste cuando le llegó la infausta noticia de que el tirano Trujillo había ordenado, en los primeros días de octubre, la matanza de miles de haitianos residentes en las zonas más cercanas a la frontera con la República de Haití.
El genocidio ordenado por el déspota desintegró para siempre a numerosas familias dominicanas de tez oscura que también fueron víctimas de la persecución y la muerte, al ser confundidas por las hordas trujillistas con ciudadanos del vecino país. En su precipitada huida por distintas zonas del Noroeste, los padres biológicos de los niños Domingo y José Francisco, optaron por abandonarlos, obedeciendo no se sabe a cuáles razones tan poderosas, y se refugiaron en Cabo Haitiano. Los niños abandonados salvaron sus vidas milagrosamente. Se sabe que José Francisco, con apenas siete meses de nacido, fue recogido por la señora María Petronila que, conmovida por los gritos a distancia del infante moribundo, convenció a su marido para ir en su auxilio. Días después, la señora se trasladó a Mao y el pequeño pasó a una nueva familia, acomodada, integrada por los esposos Regino Peña y Fermina Gómez, quienes lo adoptaron definitivamente.
Sabemos que desde muy joven se acostumbró a los libros y creó un insaciable hábito de lectura que serían determinantes en el desarrollo de sus cualidades. Sus andanzas, en los años finales de la dictadura, lo llevaron a la comunidad de Yaguate, en San Cristóbal, donde fue maestro de escuela por varios años; posteriormente fue llevado al Centro Reformatorio de la ciudad, especializado en el tratamiento de jóvenes descarriados, labor que despertaría en él sus inquietudes sociales.
Allí también nació su temprana inclinación por la actividad política, influenciado por la filosofía del Centro y la mayoría de sus profesores que eran religiosos españoles opuestos a la dictadura. En horas de la noche, acostumbraba a escuchar las emisoras de radio que trasmitían desde la distante Venezuela los discursos de los exiliados dominicanos, llegando incluso a formar un núcleo de personas opuestas al régimen.
Gracias a su labor magisterial, pudo matricularse en la Universidad de Santo Domingo, donde estudió la carrera de Derecho. Asimismo, para mejorar su dicción, el joven José Francisco ingresó a la Academia de Locución “Héctor J. Díaz”, donde se graduó de Locutor en el año 1959. La elocuencia de su voz muy pronto lo llevó a trabajar en la emisora “La Voz Dominicana”, propiedad de un hermano del dictador. Sería en aquella potente emisora de la capital donde acabó de moldear sus dotes de orador y su profunda vocación por la política.
Antes de la expedición armada del 14 de junio de 1959, José Francisco había dejado su trabajo en “La Voz Dominicana” y decidió regresar a San Cristóbal para continuar su labor de maestro. Entre los cientos de expedicionarios del 14 de junio, hubo un jovencito cubano llamado Pablito Mirabal que se enroló en el ejército revolucionario y después de su fracaso militar, pudo sobrevivir y fue enviado al Centro Reformatorio, donde conoció a José Francisco. Allí conversaron sobre los preparativos de la expedición y sobre la existencia en Cuba del Partido Revolucionario Dominicano (PRD).
La expedición de junio fue un fracaso militar, pero generó en el seno de la clase media urbana una fuerte corriente de opinión contraria a la continuación del trujillato. Un conjunto de factores internos y externos acabaron con la vida del tirano la noche heroica del 30 de mayo de 1961. Ruidosas manifestaciones populares estallaron en todo el país, mientras surgían nuevas organizaciones que anunciaban una transición hacia un régimen de apertura política restringida. En este nuevo escenario histórico, vino al país el 5 de julio de 1961 la primera avanzada del PRD, encabezada por don Ángel Miolán, Nicolás Silfa y Ramón Castillo para organizar al partido por primera vez en territorio dominicano y encabezar la lucha por la libertad y la democracia.
La llegada de la misión sería la primera oportunidad de aquel joven negro, delgado y con voz de trueno para iniciarse en la actividad política abierta, donde muy pronto pudo exhibir sus dotes de orador y agitador de las multitudes. Era el primer acto realizado en la calle El Conde esquina Hostos de la zona colonial de Santo Domingo para darle la bienvenida a la avanzada del PRD; allí Peña Gómez pudo pronunciar su primer discurso político públicamente. Días después volvió a conversar con Ángel Miolán, Secretario General del PRD, para expresarle su decisión de formar parte de la nueva organización y desde entonces jamás se separó del partido de sus amores.
Don Ángel Miolán había instruido al inquieto joven para que organizara “el primer gran mitin revolucionario, después de la muerte de Trujillo”. El día escogido fue el 16 de julio y el lugar el Parque Colón. Aquel día, que recordaba la fundación de La Trinitaria, el pueblo de la capital se dio ese día tremendo banquete, al escuchar a diez oradores que, al parecer, se olvidaron de la presencia de los agentes policiales al servicio del tenebroso régimen que aún permanecía intacto.
Desde entonces, jamás tendría un día de descanso. La misión de los recién llegados era organizar al PRD en todo el país. Los viajes por el interior fueron pródigos, aunque los remanentes del trujillato, paleros y soplones, atacaban las caravanas y los mítines, donde Peña Gómez pronunciaba encendidos discursos, contribuyendo a despertar la conciencia del pueblo a favor de un nuevo régimen.
En septiembre de 1961 hizo su primer viaje al exterior, cuando formó parte de un grupo de 24 jóvenes que fueron seleccionados para ir a Costa Rica a estudiar ciencias políticas, en el Instituto de Educación Política de San Isidro de Coronado. Allí pudo conocer al líder del PRD, profesor Juan Bosch, quien esperaba un mejor momento para regresar al país. Al obtener las mejores calificaciones entre los jóvenes participantes en el curso de ciencias políticas, Peña Gómez pronunció, a nombre de los graduandos, las palabras principales en el acto de graduación.
Bosch había regresado al país en octubre y de inmediato empezó su larga carrera de pedagogía política. A través del programa radial “Tribuna Democrática”, dirigido por Peña Gómez, se dirigía a los dominicanos con un lenguaje didáctico, hablándole de los problemas sociales, económicos y políticos que el pueblo quería escuchar. Con sus brillantes exposiciones radiales, el Presidente y líder del PRD pudo cautivar la simpatía del pueblo y desde entonces “el partido del buey y el jacho prendío” ha sido la maquinaria política más poderosa de nuestra historia política contemporánea.
Las relaciones afectivas entre el maestro y su nuevo alumno se habían formalizado mediante el compadrazgo. Bosch le había bautizado al “joven y fogoso líder” a una de sus primeras hijas y desde entonces la relación entre ellos sería de padre e hijo.
En los meses siguientes, encontramos a Peña Gómez siendo miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PRD y su Secretario de Prensa y Propaganda. Volvería a viajar a Puerto Rico y los Estados Unidos para participar en nuevos cursos de formación política. Cuando regresó al país, encontró un ambiente electoral muy caldeado, pues el PRD y su líder competían con la Unión Cívica Nacional y su candidato Viriato Fiallo por ganar las elecciones del 20 de diciembre de 1962. Aquellas serían las primeras elecciones libres después del magnicidio. La vieja oligarquía dominicana, aliada a la Iglesia Católica, desató durante la campaña sus furias venenosas contra Bosch, que ganó ampliamente las elecciones.
Al concluir las elecciones presidenciales, fue necesario convocar a una Asamblea Constituyente para darle al país una nueva Constitución, acorde con las mejores aspiraciones del pueblo dominicano. El PRD había nominado a Peña Gómez candidato a Diputado para la Constituyente, pero el joven dirigente, con apenas 25 años de edad, no aceptó esa distinción, alegando que debía madurar en el quehacer político. Ese sería el primer gesto de su desinterés por los cargos públicos. Se sabe también que cuando Bosch asumió la presidencia, en febrero de 1963, quiso nombrarlo como embajador en Washington, o Ministro de Educación, pero el joven dirigente, nacido en la extrema pobreza, tampoco mostró interés por esas funciones públicas, dando así un nuevo ejemplo de desprendimiento poco común. Sólo aceptó la función de Director de la Oficina del Pueblo, un organismo enlace entre el partido y el gobierno.
Cuando se produjo el golpe de Estado, el 25 de septiembre de 1963, Bosch y sus principales funcionarios salieron al exilio, mientras el PRD parecía estar desintegrado. En aquellos días aciagos, cuando la nación contemplaba el derrumbe de su primer ensayo democrático después de la muerte de Trujillo, el gobierno ilegal del Triunvirato, surgido de la asonada septembrina, implantó el terror y la persecución política; no obstante, Peña Gómez había decidido quedarse en el país, junto a Miolán, para continuar la lucha contra el gobierno corrupto y represivo del Triunvirato.
Su voz orientadora y enérgica se hizo escuchar a través de “Tribuna Democrática”. Por su rol protagónico contra el Triunvirato, fue apresado en varias ocasiones, sin claudicar un ápice en su firme decisión de luchar por el retorno a la constitucionalidad sin elecciones. Debido al enorme repudio del pueblo dominicano al régimen nacido del golpe septembrino, los líderes del Triunvirato intentaron organizar nuevas elecciones para legitimar al gobierno, pero Peña Gómez no titubeó en oponerse a ese nuevo intento fraudulento.
En seno de las Fuerzas Armadas existía la división entre diversos grupos militares que obraban en distintas direcciones. Había un grupo que conspiraba contra el gobierno ilegal para favorecer el regreso al país del doctor Joaquín Balaguer, quien vivía exiliado en Nueva York desde 1962, cuando se vio obligado a renunciar a la presidencia del Consejo de Estado. Otro grupo, integrado por jóvenes oficiales que simpatizaban con el depuesto Presidente Bosch, conspiraban para restablecer el orden constitucional de 1963 sin elecciones. Un tercer grupo estaba formado por los militares golpistas que sustentaban al tambaleante régimen del Triunvirato. En medio de los trajines conspirativos se movía el joven Peña Gómez, quien mantenía su comunicación con Juan Bosch desde su exilio en Puerto Rico. Las testigos oculares de aquellos agitados meses, coinciden en destacar el papel protagónico desempeñado por el joven líder del PRD en la organización y estallido de la guerra civil de 1965 que buscaba el retorno de Bosch al poder sin elecciones.
Aquel día 24 de abril de 1965 estará registrado en las páginas de la historia dominicana como uno de los más heroicos. No era ese el día programado para el estallido de la conspiración, pero el intento del general Marcos Rivera Cuesta, jefe del Ejército, por apresar a varios oficiales envueltos en la conjura, precipitó los acontecimientos. Resulta que quien terminó apresado fue Rivera Cuesta y los miembros de su escolta. El capitán Mario Peña Taveras los redujo a prisión y horas después pudo comunicarle a Peña Gómez lo ocurrido. Después que confirmo por otra vía lo ocurrido en el Campamento 16 de Agosto, Peña Gómez no vaciló un instante, usó el micrófono de Radio Comercial, por donde se difundía “Tribuna Democrática” y llamó al pueblo a respaldar la acción de los militares constitucionalistas, iniciándose así el acontecimiento político y militar más trascendente de la historia dominicana durante el siglo veinte.
Por primera vez el pueblo y los militares constitucionalistas luchaban juntos por unos mismos ideales y por primera aplastaron también a sus verdugos. Sin la participación masiva del pueblo de la capital y de cientos de combatientes del interior, los militares que luchaban por el retorno de Bosch al poder hubiesen sido aplastados por el bando golpista. Así lo entendía Peña Gómez. El 25 de abril volvió a pronunciar otro discurso memorable, llamando a los revolucionarios a concentrarse frente al Palacio Nacional y en el lado Oeste del Puente Duarte para formar una muralla de combatientes capaz de detener la arremetida de quienes usurpaban la voluntad del pueblo. Su rol no era el de un combatiente militar, sino el de un organizador, orientador y agitador de las multitudes. De hecho, por la ausencia de Bosch, Peña Gómez era ya el conductor político de la revolución en marcha.
La histórica batalla del Puente Duarte, donde las tropas, los tanques y los aviones de combates de la Junta Militar de San Isidro fueron derrotadas, sería el momento crucial para el gobierno del Presidente Johnson de los Estados Unidos que inmediatamente ordenó el desembarco de los primeros soldados de infantería con el claro propósito de acabar con la revolución triunfante.
A partir de aquel 28 de abril, día de luto nacional, la revolución democrática se transformó en una guerra patriótica por la defensa de la soberanía dominicana. En los meses siguientes, los combates militares entre las tropas invasoras y las constitucionalistas, encabezadas por el Presidente de la Repúblicas en armas, el Coronel Francisco Alberto Caamaño, continuaron con sus altas y sus bajas hasta que los sectores envueltos en el conflicto armado entablaron las primeras negociaciones de paz.
No sería nada fácil arribar a un acuerdo negociado que pusiera fin a la segunda intervención norteamericana en República Dominicana durante el siglo veinte. Las heridas eran muy profundas y las humillaciones y la arrogancia de los invasores y sus procónsules en nada ayudaban a una solución pacífica. Las masas populares estaban cansadas y hastiadas de los bombardeos, aunque algunos núcleos radicales de la clase media urbana, organizados en los grupos de izquierda, se mostraron opuestos a las primeras negociaciones.
En aquellos días, el liderazgo de Peña Gómez se había afianzado en el PRD. Al ver estancada la lucha armada contra los invasores y sus secuaces, el líder perredeísta no compartía la opinión de seguir en una situación indefinida, más cuando era el pueblo humilde el que más padecía los efectos de los esporádicos combates que seguían ocurriendo. En ese contexto, propuso los acuerdos que le pondrían fin a la guerra y a la ocupación extranjera. Era preferible, en circunstancias tan adversas, arribar a los acuerdos de paz que exponer finalmente a la revolución a una derrota humillante. El 3 de septiembre de 1965, el Presidente Caamaño anunció que le devolvía el poder al pueblo, mientras se firmaba el Acta Institucional que contemplaba la escogencia de un gobierno provisional que celebraría nuevas elecciones.
El gobierno provisional lo encabezó Héctor García Godoy, un político que se ajustaba a las más variadas circunstancias. Su escogencia no contó con la aprobación del bando de San Isidro, ni de los sectores radicales de la revolución. El fin de la guerra patriótica no paró la represión y los crímenes contra los simpatizantes de la causa constitucionalista. En medio de la precaria situación de paz alcanzada, regresó de Puerto Rico, el 25 de septiembre, el ex Presidente Bosch con su encumbrada moral y poseedor de un prestigio político extraordinario.
Nuevamente se abrieron las ilusiones de alcanzar el poder por la vía electoral, pero el país seguía ocupado por los marines norteamericanos. Los líderes militares de la revolución fueron marginados a cargos secundarios o enviados a otros países a desempeñar funciones diplomáticas.
Mientras tanto, el líder político de la oligarquía y los militares trujillistas, el doctor Joaquín Balaguer, había regresado de su exilio en medio de los fragores de la revolución y muy pronto fue aceptado por el Presidente Johnson y las fuerzas conservadoras del país como el candidato presidencial preferido para las elecciones del primero de junio de 1966.
Durante la campaña electoral, Bosch se limitó a las charlas radiales, mientras Peña Gómez jamás se separó de su maestro y líder, cumpliendo sus instrucciones y organizando las contadas manifestaciones públicas que el PRD pudo montar, donde volvía a pronunciar sus vibrantes discursos. Otra vez sería propuesto para diputado y otra vez rechazó la oferta de su líder. Dijo entonces que su única aspiración era ver su patria “libre de explotadores, de invasores y de miserias”.
Las circunstancias en que se celebraron las elecciones de 1966 fueron muy adversas para Bosch y el PRD. Balaguer era el candidato de la contra revolución. Fue impuesto mediante el fraude, la represión y el terror político desatado por las fuerzas invasoras que contaron con el apoyo de las fuerzas locales responsables del golpe de 1963. Balaguer se juramentó el primero de julio, estando el país ocupado todavía, mientras el 27 de noviembre, Bosch abandonaba el país con destino a varios países de Europa, donde se pasaría los siguientes cuatro años.
El autoexilio del maestro volvió a darle al discípulo otra brillante oportunidad para ver crecer su liderazgo y mantener encendido el jacho prendío del perredeísmo histórico y revolucionario.