Su dislexia le valió varios castigos a los siete años y quedarse sin leer ni escribir hasta que se jubiló.
El millonario analfabeto
Jeff Pearce a los siete años
Su dislexia le valió varios castigos a los siete años y quedarse sin leer ni escribir hasta que se jubiló.
A los 17 años, pensando que nadie emplearÃa a alguien que no sabÃa escribir su nombre, puso su propio negocio.
Más allá de toda previsión, su negocio tuvo muchÃsimo éxito.
Comenzó a vivir una doble vida: una, la del triunfante hombre de negocios que le daba trabajo a cuarenta personas. La otra, la del hombre torturado por la ceguera cultural.
Jeff Pearce es un empresario británico que hizo millones, sin saber leer ni escribir.
Dislexia
Comenzó cuando niño, vendiendo ropa de segunda mano en Liverpool y el noroeste de Inglaterra.
La madre comenzó a llevarlo a los mercados donde ella trabajaba para que realizara pequeñas tareas y ganara asà algo de dinero, porque debÃa alimentar a cinco hijos y mantener a un marido alcohólico.
Esto era al margen de la escuela, donde Pearce era vÃctima de la ignorancia y el desconocimiento que reinaban en los '60 respecto a la dislexia.
"Palabras simples como 'gato' yo no las podÃa aprender. Las leÃa y después de diez minutos las deletreaba al revés. La profesora creÃa que sencillamente era necio y querÃa hacerme el chistoso, todo porque los chicos se reÃan. Me ponÃan un gorro y me dejaban mirando hacia la pared", le cuenta Pearce a la BBC.
Doble vida
Portada del libro de Jeff Pearce
Toda una vida marcada por estragos de la dislexia fue a parar en un libro publicado por Penguin.
Durante toda su vida tuvo que esconder lo que consideraba como un vergonzoso secreto.
Para ocultar su analfabetismo necesitó varios trucos y la ayuda de su fiel esposa, Gina.
Cuando tenÃa una reunión de negocios, ella lo acompañaba, y cuando llegaba la hora de llenar algún formulario, ella lo salvaba diciendo: "no se preocupen por esto... ustedes sigan hablando mientras yo lo hago", y se lo pasaba cuando sólo faltaba firmar.
Pero eso no era suficiente, pues viviendo una vida de millonarios, se codeaban con contadores, abogados y empresarios.
Y eso implicaba, llevar una vida social.
Cuando salÃan a comer con amigos, y llegaba el menú, Gina volvÃa a ser indispensable.
"Ah! Mira Jeff, aquà venden la carne que te gusta... ¿por qué no pides eso?", decÃa.
HabrÃa dado todas mis riquezas en ese momento por ser capaz de leerles un cuento a mis niñas
Jeff Pearce, empresario británico retirado
Y se hacÃa cargo de la lista de vinos, diciendo: "Jeff es terrible a la hora de elegir un vino, de manera que lo hago yo".
Pero todo se vino abajo cuando una de sus hijas, una noche, le pidió que leyera un cuento antes de dormirse. "Traté de inventar la historia a partir de las ilustraciones, pero una de ellas se dio cuenta y me dijo que no fuera tonto, que yo no sabÃa leer".
Él insistió en que sà sabÃa: pero la niña lo habÃa desenmascarado. Pearce dio las buenas noches, bajó las escaleras y se puso a llorar.
"HabrÃa dado todas mis riquezas en ese momento por ser capaz de leerles un cuento a mis niñas", dice Jeff.
Vida de estafador
Por una parte, Pearce vivÃa lo que define como el sueño: una casa en la ciudad, automóviles, una casa de campo con establos, caballos y ganado, dinero a manos llenas.
Pearce comenzó a vivir una doble vida: una, la del exitoso empresario que daba trabajo a cuarenta personas. La otra, la del hombre torturado por la ceguera cultural.
Pero se sentÃa como un estafador. Al abandonar la escuela, la profesora le dijo que nada le iba a salir bien en la vida, que era un desperdicio y que habÃa sido una pérdida de tiempo enseñarle.
"Esas palabras me acompañaron siempre. SentÃa que era un fraude, que nadie que no pueda escribir su nombre podÃa ser millonario como yo", señala Pearce.
Sin embargo, 1992 se constituirÃa en su punto de inflexión. La recesión económica golpeaba duro y el banco lo llamó para decirle que no podÃa seguir auxiliándolo con préstamos.
Pearcelo perdió todo de la noche a la mañana.
"Me senté en la cama, al borde del suicidio y pensé que era mi castigo por ser un estafador: le habÃa dado una vida regalada a mi familia y, de pronto, se la habÃa quitado de debajo de los pies".
La vida nueva
Jeff Pearce y su esposa Gina, recién casados
Jeff Pearce recién casado con Gina, una compañera que le resultarÃa absolutamente indispensable.
Pearce volvió a los mercados a comenzar desde cero.
Diez años más tarde, se habÃa recuperado y su imperio comercial estaba nuevamente de pie, con unos enormes almacenes en Liverpool.
"Esa vez ya no me sentà un fraude", dice Pearce, "porque recibà un reconocimiento en el trofeo de Minorista Destacado del Año".
Pearce confiesa que, esa noche, de vuelta al hotel donde estaba alojado con su mujer e hijas, en el taxi decidió confesarle a estas últimas su analfabetismo.
Las hijas, ya grandes, recordaban algo muy extraño de la infancia. El papá las sacaba los domingo, tal como otros papás hacÃan con sus hijos, a comprar golosinas a una tienda.
Pearce también compraba los periódicos del dÃa, al igual que hacÃan los otros padres, sólo que ellas creÃan recordar que su papá tenÃa la costumbre de botarlos a algún basurero cuando no habÃa nadie mirando.
El millonario analfabeto esperó todavÃa algún tiempo, hasta estar retirado de los negocios, para aprender a leer y escribir.
Hoy planea recorrer escuelas, liceos y universidades para alentar a cualquier alumno en su situación e instarlo con su ejemplo a proyectarse un futuro.
Y ahora ha publicado un libro con la historia de su vida, el que llamó A Pocketful of Holes and Dreams (Un bolsillo lleno de agujeros y sueños).