Nota del editor: Sebastián Riomalo es un economista y abogado que trabajó como analista económico para el Fondo de Población de las Naciones Unidas en Beijing. Lideró proyectos en temas relacionados con polÃtica pública y el impacto socioeconómico de las transiciones demográficas. Tiene una MaestrÃa en PolÃticas Públicas de la Universidad de Beijing y otra en Administración Pública y Gobierno del London School of Economics. Las opiniones expresadas en este texto son exclusivas del autor.
En la China moderna es común que los viejos tengan como única pensión a sus hijos. En el coloso económico de rascacielos y construcciones insólitas, un proverbio antiguo sigue vigente: “criar hijos para la vejez es como acumular granos para resguardarse de la mala cosechaâ€. Asà era hace un milenio y asà sigue siendo hoy. Mientras solo 25% de los viejos tienen como principal fuente de ingreso sus pensiones, 49% reporta depender del apoyo de sus familias, según cifras de los Institutos de Salud de Estados Unidos.
El problema es que hoy ese arreglo milenario se ha visto fracturado: los cambios demográficos y socioeconómicos de las últimas décadas han llevado a que, con mayor frecuencia, los hijos no estén en la capacidad –o no quieran– cumplir con su parte. Ser viejo ya no es sinónimo de tranquilidad, y las consecuencias se notan. Hoy el nivel de pobreza entre los viejos es significativamente mayor que el de personas más jóvenes. El 40% de los mayores de 65 presentan sÃntomas depresivos, según el Estudio Longitudinal de Salud y Retiro de China. Y el suicidio como causa de muerte aumenta vertiginosamente y es cinco veces más común en los viejos que en la población china en general.
¿Qué puso en entredicho el acuerdo generacional? En una cultura donde la familia y el respeto por los padres son casi sagrados, este estaba llamado a perdurar otros cuantos miles de años. El contrato era sencillo y claro: de niño, se obedecÃa de manera absoluta a los padres. De adulto, se entregaba todo para que los hijos crecieran de la mejor manera. De viejo, se disfrutaba de lo cosechado mientras los hijos y los nietos se encargaban de cuidar de uno en la época de mayor fragilidad. Todos ganaban.
Mi viejo anda solo y esperando
Los culpables son dos macro procesos paralelos. El primero es demográfico: la población china está en un envejecimiento acelerado. La polÃtica de restricción a la natalidad —también conocida como la del hijo único– y el mayor acceso a métodos anticonceptivos redujeron drásticamente los nacimientos en los años 80. En consecuencia, el número de miembros de nuevas generaciones, en relación con el de las anteriores, se contrajo también de manera significativa.
Hoy, casi cuatro décadas luego, el resultado es un envejecimiento pronunciado de los chinos. Si bien este proceso ha sucedido en todos los paÃses a medida que avanzan en su desarrollo económico, China es diferente por el tamaño de su población y por la velocidad del cambio. Según Naciones Unidas, entre 1980 y 2015 el número de viejos en el paÃs aumentó en 139 millones, pasando de representar el 7% del total de la población a 15%, según cifras de la División de Población de la ONU. Y falta todavÃa: según las proyecciones de este organismo, en 2030 el estimado es que 1 de 4 chinos será mayor de 60 y que 1 de 4 viejos en el mundo será chino. Para entonces, China – sola – albergará 360 millones de personas mayores de 60. Como si hoy dÃa Brasil, México y Venezuela juntos fueran una gigante casa de retiro.
En la práctica, esto implica que un mismo número de personas en edad productiva debe hacerse cargo de un mayor número de viejos. La familia tÃpica de antes en la que seis o siete miembros vivÃan en una misma casa y cuidaban de uno o dos en la tercera edad ya no existe. Hoy, en cambio, una pareja formada por dos hijos únicos puede que tenga que cuidar de sus cuatro padres y su recién nacido. Una responsabilidad abrumadora y desgastante que en la literatura demográfica se conoce como el temible 4-2-1.
La segunda parte de la historia es de corte socioeconómico. En la China de economÃas voraces, mucho ha cambiado en las últimas décadas. Aunque quieran, algunos hijos de origen rural ya no pueden cuidar fácilmente de sus padres pues han tenido que migrar a las ciudades en búsqueda de trabajo: 23,3% del total de viejos viven solos en el campo, indica la Comisión de Salud y Planificación Familiar del paÃs . Otros en cambio, permeados por Occidente y quizá en rebelión a su cultura, no ven ya como su responsabilidad el cuidar de sus padres en la vejez. Tanto asà que en 2011 el gobierno expidió una ley para sancionar a los hijos que no visiten ocasionalmente a sus padres.
China cana y el mundo teme
Es indudable que esta mezcla de socioeconomÃa y demografÃa es peligrosa. A medida que se reduce la mano de obra disponible y suben los salarios, la producción del paÃs se está desacelerando. Y como el cambio demográfico es irreversible, salvo que a la par aumente el consumo nacional para compensar el cambio, la economÃa china inevitablemente se ralentizará. En parte motivado por esto, el gobierno ha expandido rápidamente las pensiones sociales –aquellas que no requieren contribución previa– para todos los de la tercera edad. Pero, dado el tamaño de la población y las limitaciones fiscales, los esquemas actuales son insuficientes: tan solo proveen una base de 9 dólares mensuales, de acuerdo a cifras del Global Age Watch Index 2015.
En 2015, China fue responsable del 40% del crecimiento económico global, indican datos del Fondo Monetario Internacional. Asà pues, al resto del mundo y, en especial, al 64% del total de paÃses que tienen al dragón asiático como su mayor socio comercial, solo les queda tener la esperanza de que este logre –de alguna manera– seguir jalonando la economÃa del planeta en los años por venir. Con 42 millones de viejos por debajo de la lÃnea de pobreza y tantos otros sin su pensión filial, fe es lo único que se puede tener.
Una fe similar a la que Lin Muwen, de 69 años y oriundo de la provincia de Wuhan, no encontró. Antes de ingerir una botella de pesticida, decidió celebrar su propio ritual fúnebre por temor a que sus hijos ni siquiera tuvieran esta cortesÃa. Como parte del rito, quemó todos los yuanes que le quedaban en una gran fogata para asà poder contar con dinero en el más allá. Quizá creÃa, erradamente, que acá ya no eran de utilidad.