Atzintzintla, Puebla.- Siete monjas y 2 seminaristas de un grupo de visitantes que descendían del Pico de Orizaba perdieron la vida al caer a un barranco de 35 metros, luego que su camioneta sufriera una avería en los frenos.

Otras 2 religiosas que viajaban en el mismo vehículo sufrieron lesiones de consideración, entre ellas la conductora. Iban bajando la montaña para volver a casa, luego que el mal clima hubiera frustrado su viaje para llegar a la cima.

La carcasa de un CD de música religiosa, un mapa arrugado, una gorra y unos zapatos deportivos fueron algunos de los objetos propios de una apacible excursión que los habitantes de las casas cercanas a la barranca Los Conos pudieron encontrar todavía ayer como rastro del trágico accidente que el pasado sábado se cobró la vida de nueve personas.

“El carro voló. Voló”, repetía ayer un testigo, quien alcanzó a ver alrededor de las 16:30 horas del pasado sábado cómo una camioneta blanca Toyota Hilux “brincaba” con rapidez a lo largo de un camino empedrado de Atzintzintla utilizado habitualmente para regresar del Parque Nacional Pico de Orizaba.

Pocos instantes después, un ruido ensordecedor marcaba el principio de una tragedia: la caída del vehículo por el voladero sin señalizar de la barranca Los Conos de más de 35 metros de profundidad.

El impacto del automóvil contra la llanura sesgó la vida de nueve personas, siete de ellas religiosas del Monasterio de la Orden del Santísimo Salvador y Santa Brígida, y dos seminaristas que “cuidaban” a las mujeres durante un encuentro religioso celebrado en Ciudad Serdán y una posterior travesía para admirar las vistas desde las laderas del Pico de Orizaba.

Aunque algunos espectadores de la escena bajaron con la mayor rapidez posible por la barranca, únicamente acertaron a encontrar con vida a tres religiosas -una de ellas murió poco después-.

Aquellos que viajaban en la batea del vehículo, -ya que el modelo de la camioneta dispone de un máximo de cinco plazas- recibieron la peor parte. “Aparecieron por allí y por allí”, afirmó Gerardo, vecino del lugar, mientras se apresuraba a señalar distintos puntos del terreno separados por varios metros.

Mientras el propio Gerardo y otros vecinos sacaban con cuidado a una monja que ocupaba la plaza de copiloto, acertaron a escuchar cómo la religiosa que conducía la camioneta intentaba explicarse con voz balbuceante qué pudo haber ocurrido. “La madre quedó viva, nada más decía que le dolía mucho el pecho”, relató el vecino del lugar. “Repetía: no me respondieron los frenos”.

La sangre que aún quedaba ayer en un pequeño tronco se mezclaba con el polvo que envolvía los objetos cotidianos de una excursión: una gorra, unos tenis o una bufanda quedaron abandonados después del levantamiento de los cadáveres a las 19:00 horas del sábado.

Sólo la carcasa de un CD de cánticos de la Iglesia de Santa Cruz de Jalisco y una casaca gris propia de una monja dejaban adivinar quiénes habían sido las víctimas del terrible accidente.