La convivencia en nuestro país parece ser más difícil cada día. No es sólo el tránsito, del cual he escrito muchas veces y cuyo ordenamiento se ha quedado huérfano con la triste partida del gran amigo Hamlet Hermann.
Lo es también el caos de las construcciones urbanas y rurales que parece no preocupar a nadie.Hace pocos días en las redes sociales aparecía una foto singular que parecía extraída de la luna, en la que una construcción de segundo piso se hacía sobre columnas fijadas en la mitad de una calle. Me pregunto: ¿Dónde estaban las autoridades para impedir eso? Posiblemente ocupadas en campañas o, peor, inmersas en el ocio de una buena partida de dominó, pero sin dudas indiferentes al desastre que nos rodea.
En la entrada a una importante carretera, como es la 6 de Noviembre, ya las aceras están ocupadas por negocios. Los peatones que no tienen derecho a desplazarse en forma segura tienen que correr el riesgo de caminar por una vía peligrosa.
Para complicar más, se permite que vehículos públicos se estacionen para esperar pasajeros hacia el sur del país, formando un embudo que dificulta el tránsito. Sin duda no se respeta el derecho a quienes por obligación deben transitar por tan importante vía de comunicación.
Mientras tanto, el alcalde más que indiferente es cómplice de lo que sucede, aunque posiblemente resultará reelecto y entonces permitirá construcciones en las isletas de la 6 de Noviembre, y cobrando “impuestos” para permitir prácticas ilegales.
Este caos no es exclusivo de carreteras, pues ocurre en cualquier urbanización, no importa si es de clase alta, media o de escasos recursos.
El caos aplica para todos. Es como una ley de la vida.Relataré los casos de una urbanización que, como dije, se repite en todas. Un colegio denominado cristiano, construido sin permiso de cambio de suelo y vecino de un negocio de expendio de bebidas, violando la ley que exige una distancia mínima de quinientos metros entre establecimientos de este tipo.
La construcción de una cocina de alimentos en un antiguo local veterinario, ilegal también, que no sólo viola normas de cambio de uso de suelo, sino que habría que preguntarse cuáles son las medidas sanitarias.
El vecino de este negocio decía con indignación que está cansado de vivir en zozobra y que cuando construyó en ese sector pensó que tendría paz, pero desgraciadamente la perdió hace mucho tiempo.
Las construcciones se hacen sin contar con los parqueos necesarios y ese es uno de los factores principales del caos del tránsito.Igual sucede con las estaciones de gasolina.
Me han contado que se pretende construir una en una zona residencial, vecina del primer edificio de múltiples pisos donde incluso nacieron casi todos mis hijos.
Otro amigo me contaba lo que padece con la oficina política de un importante candidato en un sector residencial. A pesar de los esfuerzos que reconocemos ha hecho por evitar molestias a sus vecinos, sobre sus correligionarios no se puede decir lo mismo.
No guardan el más mínimo respeto para los residentes de la zona.
Me decía el amigo, que hace pocos días una fémina, porque por su accionar no creo que sea una dama, bloqueó la entrada y salida de los vehículos de su casa, cuando le reclamaron, ella, prepotentemente, respondió: “Las calles son libres y además hago lo que me da la gana”. Clara señal de ausencia de autoridades y de pudor cívico.
Alguien me preguntaba sobre qué se hará con los colegios privados del polígono central, que dificultan el tránsito, agregan costos en tiempo y combustibles a la economía. Respondí que tendrá que llegar el momento que se haga un plan de ordenamiento territorial y los colegios deberán salir del polígono central.
El Carol Morgan tuvo la visión hace muchos años y construyó en lo que entonces se entendía como una zona alejada y, sin embargo, compró terrenos amplios que permiten tener instalaciones adecuadas sin crear caos y hoy con el crecimiento de la ciudad está cerca, pero no molesta.
Pero así mismo, como hay alcaldías que no cumplen con la ley, debo felicitar al Departamento de “Ordenamiento Urbano” del Distrito Nacional que, sin contar con muchos recursos de forma muy responsable evita las construcciones ilegales y el cambio de uso de suelo.
Ojalá otras alcaldías los imiten.Si no tomamos atención a esto, nuestra ciudad será un verdadero sancocho de construcciones, complicando no sólo la convivencia, sino afectando el valor de las propiedades y finalmente contribuyendo más al caos del tránsito.
Las juntas de vecinos son un factor fundamental para evitar que prosigan las construcciones irresponsables que sólo benefician a vendedores y constructores inescrupulosos.
Sugiero que se forme un consejo de juntas de vecinos para, en conjunto con las autoridades edilicias, definir claramente cuáles serán las áreas residenciales, las de negocios, las escolares, dónde deben instalarse estaciones de gasolina, iglesias, plazas, etc.De no hacer eso tendremos muchos elevados, túneles, metros, tranvías que de nada servirán para ordenar nuestras caóticas ciudades. No es tarde. Estamos a tiempo de evitar convertir nuestras comunidades en verdaderos sancochos.