Nota del editor: MartÃn Natalevich, MA, es periodista y analista internacional especializado en Terrorismo y Medio Oriente. Ha trabajado para medios de comunicación uruguayos e internacionales en prensa escrita y televisión. Realizó coberturas en América Latina, Europa y Medio Oriente. Tiene estudios de maestrÃa en Relaciones Internacionales (King’s College London) y Diplomacia y Resolución de Conflictos (IDC Herzliya). Las opiniones expresadas en este artÃculo corresponden exclusivamente a MartÃn Natalevich.
La comunidad de inteligencia y antiterrorismo europea esperaba desde hacÃa algunos años un atentado como el que sacudió a ParÃs en la noche del viernes. Las previsiones apuntaban a un conjunto de acciones orquestadas que asemejarÃan los ataque de Mumbai en 2008, cuando diez paquistanÃes integrantes de una organización yihadista tuvieron a la ciudad india en vilo durante cuatro dÃas. A pesar de esa presunción la sangre volvió a ParÃs, lo cual indica un nuevo fallo de los servicios de seguridad franceses y lo extremadamente difÃcil que es prevenir y detener este tipo de actos cuando hay una o varias células altamente disciplinadas.
Quienes atentaron en la capital francesa lograron cumplir con su cometido: la sensación de un estado de sitio en una gran capital europea. El terrorismo obra de forma racional. Selecciona sus objetivos y realiza un análisis de costos y beneficios. En este caso particular los ejecutores escogieron un modus operandi en el que la espectacularidad está dada por el poder de sincronización en un espacio limitado. Su principal preocupación no es lograr la pérdida de vidas humana, sino el posterior efecto mediático y por tanto social y polÃtico que eso conlleva.
Lo que ahora se hace visible en Francia es sintomático de los problemas que han atravesado otros paÃses europeos. Inglaterra, Escocia, Bélgica, Holanda, España, Dinamarca y Alemania, entre otros, han sido vÃctimas del terrorismo yihadista. Lo que urge, entonces, es saber cómo las autoridades francesas y europeas responderán a los hechos, cuando existe un peligro de polarización polÃtica incalculable. No obstante, el escenario es complejo. Saber cómo planear el combate a este tipo de fenómenos es tan difÃcil como establecer su causalidad. En consecuencia, es imperioso repasar algunas circunstancias relacionadas a este fenómeno.
Un primer enfoque se centra en la situación doméstica. Para toda Europa la integración ha sido un problema. Francia, el Reino Unido, los PaÃses Bajos y los nórdicos han recorrido todos experiencias diferentes. Y aún se hace extremadamente difÃcil pensar en un modelo que haya resultado exitoso. Es evidente que buena parte de los millones de musulmanes que empezaron a llegar a Europa desde la década de los cincuenta han logrado insertarse en esas sociedades. Pero hay un número –difÃcil de expresar con exactitud- que vive en un verdadero limbo. Se trata de segundas o terceras generaciones de inmigrantes que se sienten alienadas. No logran adaptarse ni encontrar oportunidades en las sociedad que habitan. No logran identificarse con su sociedad y al mismo tiempo se sienten lejos de sus raÃces. El efecto provoca un vacÃo que termina por establecer una apertura cognitiva hacia un nuevo mundo. Muchos de ellos empiezan a buscar respuestas en espacios no convencionales y en compañÃa de personas que les revelan verdades tan parciales como destructivas.
La academia ha llamado a este fenómeno social como “procesos de radicalización autóctonos†que, hasta el surgimiento del autoproclamado Estado Islámico, era la principal fuente de temor de los europeos. Han buscado soluciones en diversos programas de contrarradicalización y desradicalización para intentar hacer frente a este problema. Pero nada parece indicar –y no hay evidencia empÃrica al respecto- que hayan encontrado la forma que promueva una paz social. Más aún, la hipótesis de que algunos de los que perpetraron los ataques en ParÃs sean ciudadanos franceses que combatieron en Siria y retornaron al paÃs pone de relieve la problemática de la radicalización autóctona.
Un segundo punto refiere a las decisiones de polÃtica exterior. Quienes hoy hablan de destruir al Estado Islámico parecen ignorar los posibles efectos de esa acción tanto en Medio Oriente como en Occidente. Se olvidan de cómo el intervencionismo occidental ha contribuido a la formación de una narrativa yihadista que se siente vÃctima de un ordenamiento mundial que percibe como injusto. Desde la caÃda del Imperio otomano, las potencias occidentales practicaron un intervencionismo en una región cuya matriz cultural, social y polÃtica desconocen y no logran comprender. Las consecuencias del acuerdo francobritánico de Sykes-Picot todavÃa están a la vista.
Pero culpar solamente a Occidente del fundamentalismo islámico es tan inexacto como peligroso. Organizaciones terroristas como al Qaeda o el Estado Islámico se han encarnado en una lucha de poder con móviles polÃticos. Para eso han construido una narración que le es funcional a sus propósitos. Una narración que, en algunos casos, retoma la vieja añoranza de la época de oro del Islam y se remonta más de diez siglos atrás para hablar de la necesidad de reconquistar todas las tierras que “pertenecieron†al Islam y que fueron ocupadas por “los cruzadosâ€, desde el al-Ãndalus hasta China.
Lo que se desprende de esta narrativa, al igual que lo que se desprende del comportamiento de esas segundas o terceras generaciones de musulmanes que viven en Europa, es frustración. Una profunda frustración que combinada con elementos religiosos ideologizados se transforma en un cóctel explosivo. El relato yihadista evoca la grandeza del Islam –una civilización de avanzada en su momento- y se lamenta por una percepción de relegamiento frente a Occidente. Hay una clara decisión de los yihadista de colectivizar estos mitos en el universo musulmán y utilizarlos violentamente.
Por eso se hace imperioso que Occidente medite profundamente sus respuestas. Hay suficiente evidencia histórica para destronar la valÃa de una respuesta “golpe a golpe†. La coalición de paÃses que ha emprendido acciones armadas contra el Estado Islámico en los últimos meses utilizó solamente fuerza aérea y alcanzó objetivos limitados. Es indiscutible que no hay forma de destruir a la organización fundamentalista sin poner botas en el terreno. Sin embargo, al mismo tiempo, no hay potencia Occidental que esté dispuesta a asumir las implicancias de esta acción y sus costos polÃticos. Volver a repetir intervenciones como Afganistán e Iraq significarÃa volver a invertir una cantidad absurda de recursos materiales y humanos para, en el mejor de los casos, tomar el control del territorio. Intentar destruir al Estado Islámico en Medio Oriente es una medida que en el mediano y largo plazo volverá a generar una nueva ola radical en Occidente y un vacÃo de poder en la región. Por otro lado, dejarlo existir es tan peligroso y perjudicial como lo anterior.
No hay respuestas fáciles. No hay fórmulas secretas ni exitosas. Cualquier democracia abierta y libre que se jacte de tal vivirá eternamente bajo la amenaza del terrorismo. Y disculpen el pesimismo, pero no hay forma de evadir esa exposición continua al terror. Asà lo prueban los últimos atentados en ParÃs.