A nivel secundario, en los tres bachilleratos, mi promedio fue de 98, 96 y 94, lo que me dio el derecho a pronunciar el discurso de clausura en cada graduación o investidura.

A nivel universitario, resulté laureado como doctor en derecho Magna Cum Laude, de la promoción de abogados 1967, conocida como la promoción de la libertad, por ser la primera investidura de la Facultad de Derecho en la UASD, después de la tiranía de Trujillo.

En otro orden, en mi época de estudiante comprendí mis debilidades en algunas materias las cuales jamás quiero volver a sentirme obligado a estudiar, tales como el álgebra, la geometría y la trigonometría. La matemática me causaba pánico; le tenía un miedo terrible; algo horrible se apoderaba de mí hasta concluidas las pruebas, creía que el día final nunca llegaría para salir de la aprensión. Todavía hoy, si me sueño que estoy examinándome de matemática, me despierto asustado.

Cuando me decidí, para no perder el tiempo, hacer el bachillerato en ciencias físicas y matemáticas, me vi obligado a recurrir como profesor privado a mi amigo César Gómez, quien juega con todo lo relacionado con los números.

Aunque no con la nulidad que he sido en matemática, algo parecido me ocurre con el idioma inglés, hasta el punto de que mi tío Manuel, ni con una fuerte correa en sus manos logró que lo aprendiera. Del idioma francés domino algo, por lo menos la lectura y la traducción de todo lo relacionado con la cultura jurídica.

En mi vida el problema ha sido y es el inglés, aún sabiendo lo necesario que es para el entendimiento mutuo a nivel mundial. Mi pesar de no aprender ese idioma me motivó a casi obligar a que mis hijos dominaran el inglés a la perfección.

En mis estudios nunca confronté problemas con la gramática, historia, filosofía, ciencias naturales, geografía y literatura.

Otra debilidad mía, además de la matemática y el inglés, es el dibujo. En la escuela primaria fui nulo, hasta el punto de que la materia dibujo siempre la pasé dibujando lo mismo: la bandera nacional dominicana.

Si para comer hubiera tenido que trazar, diseñar algo, de seguro que en mi vida habría sufrido mucha hambre. La que sí dibujaba muy bien era mi finada compañera Carmen; ojalá que sus nietos o nietas sigan su línea artística para que puedan llegar a ser grandes artistas, diseñadores, o proyectistas de gran imaginación.

Me gusta más hablar que escribir. Me siento bien exponiendo en público sobre temas políticos y sociales, siempre y cuando no me interrumpan; si alguien del público lo hace me molesto y me saca de concentración. Siento que me conecto fácil con las personas hacia quienes me dirijo.

Tengo por costumbre leer varias veces un escrito antes de remitirlo o hacerlo público, a los fines de corregir cualquier falta de ortografía. Por lo regular consulto varias veces el diccionario, llegando al extremo de si estoy confundido con la estructuración de un párrafo, llamo a Estados Unidos, a quien fue mi mejor profesor de lengua española, Juan José Estévez Espejo.

Al escribir trato de explicar lo que siento y pienso; procuro no cometer falta de ortografía. Me siento lastimado si remito un escrito con alguna falta, aunque a veces se escapan.

Como estudiante confié mucho en memorizar. Todavía hoy tengo una memoria fotográfica casi perfecta; es difícil que olvide algo que haya visto, retengo las cosas por largo tiempo.

He aquí algunas experiencias resultantes de mi memoria

El 14 de octubre de 1980, mientras mi finada compañera Carmen y yo, nos encontrábamos en Moscú, fuimos informados de que un joven dominicano, de nombre Luis Gómez, había sufrido un accidente en una pierna y se encontraba interno en un hospital moscovita. Le dije al intérprete nuestro que queríamos ir a visitar a ese compatriota lesionado. Comparecimos al centro médico, hablamos por espacio de media hora con Luis, y luego el intérprete, Carmen y yo nos retiramos.

Ahora, treinta y dos años después, el 20 de julio próximo pasado, mientras me encontraba en mi oficina se presentó un señor, me saludó, y me preguntó: “doctor Veras, usted sabe quién soy yo”. Al instante le respondí: usted es Luis Gómez, el joven que Carmen y yo visitamos en el hospital en Moscú. Luis se limitó a decir: “Caramba, doctor Veras, qué memoria, sí, yo soy Luis”.

El día 04 de agosto de 2009, hice la presentación en Santiago del libro: “Vivas en su Jardín”, de la autoría de Dedé Mirabal. Permanecí por espacio de una hora y cuarenta minutos comentando el contenido de la obra. La señora Mirabal, pensó que yo estaba leyendo lo que exponía. Luego se dio cuenta que hice el relato de memoria.

Más recientemente, mi amigo, el periodista Ramón de Luna, el día 29 de enero de 2012, requirió mi participación en los comentarios de su libro “Vivencias”. Durante casi dos horas comenté la obra, todo a pura memoria.

Retener hechos, citas de libros, pasajes históricos, nunca ha sido difícil para mí. La rememoración, la reminiscencia, la remembranza de algo que he tenido a la vista me es fácil de recordar.

El doctor Carlos Rafael Rodríguez Núñez, históricamente mi único compañero en la secundaria y en la universidad, cada vez que nos encontramos me saluda diciéndome: “Qué dice Negro Veras, el mago de la memoria”.

En otro sentido, si uno cualquiera de mis nietos o nietas me hace la pregunta de si soy inteligente, la respuesta se la tengo a flor de labios, en el sentido de que no soy inteligente, pero sí perseverante.

Si hubiera sido inteligente domino la matemática, hubiera tenido capacidad para entender y razonar las fórmulas relacionadas con el álgebra, la geometría o la trigonometría.

Lo que sí soy y he sido es perseverante, constante en la procuración del objetivo perseguido. Las metas que me he propuesto alcanzar las he logrado por mi perseverancia, mi persistencia. No creo en la indecisión, la inconstancia no forma parte de mi forma de proceder.

Quiero que mis nietos y nietas sean, en todas las actuaciones de su vida, perseverantes hasta alcanzar lo perseguido; se fijen la idea de que su abuelo, cada segundo, les dice al oído que deben ser tenaces, constantes en sus estudios, insistentes en sus fines, que nunca se apodere de ellos la inconsistencia ni las actitudes veleidosas.

IX.- Mis diversiones

Es casi seguro que, si no mis hijos, por lo menos mis nietas y nietos, luego de leer estas vivencias se hagan la pregunta de: ¿Es posible que papapa, abuelo Negro, como ser humano haya vivido solamente para comer, trabajar y dormir, sin disponer de algunos momentos para divertirse?

Para satisfacer la normal inquietud de aquellos a quienes dirijo este escrito, puedo decirles que en mi niñez la única diversión que tenía era disfrutar jugando béisbol los días domingo y a veces, en casos muy excepcionales, ir al cine a ver dos películas por diez centavos.

En mi juventud, mis momentos de esparcimiento fueron muy pocos, limitándose a jugar pelota, ir al estadio a presenciar un juego de pelota, o compartir con un amigo una partida de ajedrez.

La juventud de mi época se divertía mucho los domingos y días festivos, en pequeños bailes familiares que normalmente se organizaban en las casas de familias de los vecinos de más confianza.

Lamentablemente nunca aprendí a bailar, aunque debo de reconocer que muchas de mis novias hicieron ingentes esfuerzos para enseñarme, o por lo menos llevar el ritmo del merengue; en ese intento todas fallaron, perdieron el tiempo, incluyendo a mi finada compañera Carmen, que bailando era un trompo, y enseñó a sus hijos a bailar de todo.

En lo que tengo de vida, sólo una mujer ha dicho que bailo bueno, y fue la cosmonauta soviética Valentina Tereshkova, y ocurrió en la siguiente circunstancia.

En los primeros años de la década del ochenta, en mi condición de miembro de la presidencia del Consejo Mundial de la Paz, mientras me encontraba en Moscú asistí a un encuentro con astronautas internacionales, entre ellos Valentina Tereshkova. Al acto, de mi parte, invité al músico dominicano Héctor Jiménez, quien se encontraba en Moscú en viaje de salud; en medio de un brindis, Héctor tomó un bandoneón y tocó un merengue, y yo de fresco saqué a bailar a la Tereshkova y ésta aceptó; al concluir la pieza ella le dijo a mi interprete: “el dominicano baila bueno”. Sé que ella lo manifestó para halagarme y, además, porque ella de seguro no sabía bailar merengue.

Mi oficio de abogado fue, en épocas pasadas, un aliciente y esparcimiento porque me permitió levantar mi familia dignamente, intervenir ante los tribunales asistiendo en su defensa a los perseguidos y presos políticos, y mediante escritos, charlas y conferencias contribuir a la orientación y edificación cívica de nuestro pueblo. Mi vida no ha sido aburrida, de tedio, cansancio, ni de monotonía; haciendo con gusto lo que me he comprometido y debo hacer, me siento estar en un entretenimiento.

En los primeros años de mi juventud, no obstante la tiranía imperante, muchos jóvenes de Santiago buscaban la forma de divertirse con la orquesta de Papín Feliú; el surgimiento del músico y compositor Primitivo Santos y el cantante Camboy Estévez, y la animación, a través de las emisoras radiales, de conjuntos musicales como Los Panchos, Los Compadres, la Orquesta San José y otras, completaban las actividades recreativas de la época.

Desde mi juventud hasta ahora, en lo que a diversión se refiere, no he cambiado mucho mi forma de esparcimiento porque nunca, a lo mejor por temperamento o formación familiar, no he sido dado a actividades de distracción que entrañen alboroto; no cuadran en mí el tumulto, el escándalo y la bulla sin sentido. Mi alegría la alcanzo con tranquilidad, sin el bullicio ni la algarabía. Confieso que mi vida se la he dedicado a estudiar, trabajar y al accionar político.