La encíclica Mater et Magistra llama a esta situación “el escándalo de las disparidades hirientes”, y como han demostrado Wilkinson y Picket, a mayor desigualdad más criminalidad, mayor mortalidad infantil, más obesidad, más embarazos adolescentes, mayor discriminación de género y menor esperanza de vida. Eso lo sabemos. Ustedes, los jóvenes, son los que van a vivir en este mundo de obsolescencia rápida.

Ustedes pueden hacerse esclavos del consumismo o asumir la responsabilidad social y personal que implica equiparse de una serie de valores que ayuden al prójimo y al planeta a sobrevivir. Cuáles serían esos valores indispensables para poderse considerar un ciudadano responsable en el siglo XXI. Me atrevo a sugerir algunos.

Primero: la dignidad humana. Se debe vivir con dignidad y respetar la dignidad de los demás.

Segundo: la tolerancia. Vivimos en el mundo de las diferencias. Ahora hay decenas de denominaciones religiosas en cada pueblo; personas de diferente orientación sexual conviven con nosotros.

Tercero: control del consumismo y de la tecnología. El desarrollo de la producción de bienes y de sofisticados aparatos que hacen la vida más fácil, son una tentación demasiado fuerte si usted no está sostenido por valores firmemente establecidos. El principio ético debiera ser que las necesidades siempre deberían tener prioridad sobre los lujos.

Cuarto: la solidaridad. Vivimos cada vez más alejados el uno del otro.
Quinto: la honradez. Todos hablamos mal de la corrupción del otro pero no miramos la nuestra. El mundo del mañana será honrado o no habrá mundo.

Sexto: la capacidad de adaptación o resiliencia. Los cambios son tan rápidos y brutales que las personas que no sepan adaptarse se perderán el tren del progreso. Las profesiones como las conocemos significarán muy poco.

Y séptimo: cultivar lo espiritual. Es muy fácil oficiarle al dios de la tecnología, al de los placeres y al de la vida fácil, pero el hombre necesita mirar más alto para que su alma sobreviva en la tormenta.