Demasiados deberes y tareas no mejoran el rendimiento

La costumbre de muchos docentes tradicionales de recargar con tareas y deberes para hacer en la casa, después del colegio, si bien se está extinguiendo, aún prevalece en muchas instituciones rígidas y formales.

Esta costumbre en desuso no rindió los resultados que esperaban tanto los padres como los mismos docentes.

Porque tales docentes, por falta de conocimientos acerca de cómo funciona la mente cuando se encuentra en situación de aprendizaje, no enseñan a pensar ni a estudiar, creyendo y suponiendo que memorizar y retener es una garantía de aprendizaje e inteligencia.

Sin saber estudiar, se hace lento el aprendizaje y crea la ilusión en padres y docentes de que hay que dar cada vez más tareas para no atrasarse.

En tal sentido, se puede observar que el problema no es del alumno, sino del docente. Si su quehacer en el aula consiste en transmitir informaciones para repetirlas y memorizarlas, el alumno queda a mitad de camino, sin saber aplicar los conceptos y creyendo erróneamente que no tiene capacidad por falta de inteligencia.

Entonces, por no llegar a la aplicación de los conceptos, la pasividad genera aburrimiento y desgano en los estudiantes y deja a los docentes desconcertados y en permanentes reproches. Pues nadie quiere aprender aquello que no sabe cómo aplicarlo a la propia vida.

Esta pasividad y aburrimiento de los alumnos les hace perder fuerza de voluntad y no tener concentración. Ello porque todos los seres humanos prestan atención a lo que resulta interesante.   

Para que los estudiantes aprendan, los docentes deben preguntarse en primer lugar si lo que van a enseñar les resulta interesante y lo van a poder aplicar. De aquí surge el arte de enseñar y la motivación para aprender, sea en matemáticas, física, geografía o historia.

Cómo Se Debe Estudiar?
Esta pregunta la saben responder muy pocos. Al iniciar las clases, los padres se sienten complacidos y muy tranquilos si sus hijos estuvieron toda la tarde arriba de un texto tratando de memorizarlo. Esto no es estudiar, es cansarse inútilmente.

Los docentes no enseñan a estudiar porque  imaginan de antemano que los alumnos ya saben por sí mismos a analizar textos, a sacar conclusiones personales y a aplicar lo que se estudia a casos prácticos de la vida cotidiana.

Por eso, los padres y docentes deben tener en cuenta cuestiones muy elementales y de sentido común que ayudará al alumno a no aburrirse y a prestar más atención:

Quien sabe estudiar no se aburre, se entusiasma porque siente la capacidad para elegir y analizar la información y sacar conclusiones propias y a aplicarlas a casos prácticos de la realidad.
Quien sabe estudiar no siente el temor a equivocarse. Y si se equivoca, aprende del error y de las fallas que tuvo y vuelve a comenzar y a insistir con optimismo.
Quien sabe estudiar pregunta en clase sobre sus dudas en la aplicación de los conceptos que va comprendiendo.
Quien sabe estudiar no memoriza ni repite lo que leyó aunque el docente le exija repetir como un loro autómata.
Quien sabe estudiar pregunta al docente tantas veces cuantas sean necesarias, sin miedo de causarle molestias u ofenderlo.
Quien sabe estudiar, sabe diferenciar que no es lo mismo pensar que recordar. Pensar exige poner la mente en actividad; memorizar es ponerla en estado pasivo.
 

Para todo eso, se requieren varias cualidades:

Tenerse confianza y sentirse capaz de aprender sin compararse con nadie.
Ser capaz de aprender de los demás.
Tener ganas de participar y de preguntar.
No dar importancia a los prejuicios adquiridos acerca de que son inteligentes muy pocos y, sobre todo, aquellos que memorizan y repiten sin creatividad los datos e informaciones.