Hay un maniqueísmo patológico en una parte de nuestra opinión pública. Cada vez que viene una contienda electoral se entroniza ese discurso en el que se ve al país a través de un prisma borrascoso. Un cielo plomizo que cubre un escenario desconcertante, doloroso y afligido. La realidad se reduce a un duelo entre buenos y malos, víctimas y verdugos, guapos y pusilánimes, héroes y villanos, lindos y feos, graciosos y patanes. Es una lógica que nos conduce a una visión díscola y distorsionada de la realidad.
Se utilizan los sentimientos de gente desasistida de esperanza para manipularlos y así tergiversar los hechos para presentarlos como sistémicos de un partido o de un candidato específico. Es un afán, un ahínco, por buscar culpables absolutos, donde solo los hay parciales. De esa manera se desmoraliza al oponente y se palmotea al ungido.
La tendencia no suele ser un razonamiento con argumento a favor o en contra de uno u otro candidato, sino una retórica con ropajes de “antisistema”, de “independencia ideológica”, de “ciudadanía”. Sus sueños no caben en las urnas de la democracia representativa (quieren Constituyente, no reforma constitucional), su baluarte es un sinfín de reivindicaciones utópicas que se amolda en el cómodo prestigio de lo imposible y que lleva a quienes gobiernan a preguntarse, ¿se trata de alucinaciones o de pesadillas?
Levantan voces que desbordan las posibilidades de la política real, al fin y al cabo, son “ciberdisidentes” y su objetivo es crear un ambiente de discordia y desafección que termine despolitizando las masas para desincentivar el sufragio razonado y promover el voto irresponsable.
La plataforma que utilizan se apoya en una retórica bien articulada. No quieren pactos, lo que reclaman voz en cuello es un “cambio”. Para lograr su cometido suelen apoyarse en ideas políticamente lógicas como la del sociólogo francés Alain Touraine, quien afirma que los políticos llevan demasiado tiempo actuando a espaldas de la sociedad y “han lastrado la democracia”.
Como su objetivo no es el consenso, son expertos en Filosofía para inconformes. Por eso abominan de políticos dialogantes como Leonel Fernández: “Total, esos periquitos sólo representan el bla, blaa, blaaaaÖ”, espetan a quien osa contradecirlos.
A dirigentes como Leonel hay que llevarlos a la hoguera o pulverizarlos atribuyéndole la culpa de la usura de los bancos, la corrupción rampante, la inequidad, la inseguridad ciudadana y el hambre ancestral del pueblo dominicano de que habló José Ramón López.
Con juicios como esta persiguen la ovación no de los militantes de la oposición, que ya tienen sus partidos (PRD, PRM, etc.), sino de esa franja de ciudadanos (desempleados, insolventes, desahuciados sociales y jóvenes cibernautas), ese denominado voto blando que es determinante para ganar o perder unas elecciones.
En medio de la desolación, aplauden en Internet “La Multitud” como protagonista de un “cambio”, de una supuesta “autodeterminación” política que acaba engrosando las arcas electorales de personajes que son de funesta recordación: “Hipólito Mejía es un chivito jarto de jobo ante la corrupción rapante de los gobiernos de Leonel”, “el PLD es una vergüenza” o “Luis Abinader o Miguel son los redentores de los pobres”.
Sus sinrazones encuentran amarras en el caldo del cultivo de la pobreza secular combinada con los sueños y aspiraciones de las nuevas generaciones de “ciberdisidentes” e incautos. La meta es convertir el discurso de la “antipolítica” (el antileonelismo) en la chispa que encienda la llama de la “Primera Dominicana” en mayo del 2016. ¿Acaso ya no vivimos el precedente de las elecciones del 2012? No fue el PRD el que le hizo la oposición al PLD, sino que ese rol lo asumió un grupo de voces políticamente “amorfas” como el movimiento por el 4% para la educación, grupos ecologistas, Justifica Fiscal, “Toy Jarto” o “La Multitud”.
Ese fue un escenario que rompió el esquema tradicional del bipartidismo que caracteriza la política dominicana. Lo peor es que no hay una estrategia lógica de respuesta a este tipo de sofismas en el contexto del debate electoral, pues sus críticas se basan en una doble moral que escupe el rostro del adversario, mientras se solazan con sus corruptos preferidos.
Claro, para la mayoría de los lectores, sé que se hace difícil comprender cómo es que estos grupos se entienden tan bien con Hipólito o con Luis Abinader y no con líderes que representan valores progresistas y reformadores como Leonel Fernández.
Y peor todavía, ¿cómo es que sectores del PLD que pululan en el gobierno comulgan con esos sonajeros? Pues, cuando lo hacen, erran en el tiro al no visualizar la obviedad de que esa alianza entre “antipolítica” (antileonelismo), culto a la multitud (a la irresponsabilidad política) y los remanentes del pepehachismo representa una proterva amenaza contra el propio PLD.
El objetivo aparenta ser Leonel. Dicen que es Leonel. Porfían que es Leonel. Pero no es Leonel. Sigilosamente cavan una fosa profunda y oscura para enterrar el proyecto de Juan Bosch.