Quizás genéticamente el ser humano tiene una inclinación natural hacia la aventura, hacia lo desconocido.
Por eso “lo prohibido” atrae tanto. Así, desde el primer hombre tenemos clavado en el corazón el deseo de vivir otras experiencias diferentes a las que nuestro entorno nos tiene destinado.
Esta “natural inclinación”, sin dudas para hacer más plenas nuestras vidas, fue abonada con las primeras historias a la luz de la fogata que reunían al grupo, o clan, en torno al demiurgo que creaba mundos mientras hablaba, y ha sido también la fortaleza, el truco escondido, de la permanencia posterior de historias plasmadas en el papel.
Fábulas, leyendas, cuentos, tragedias, novelas, explican la vida como debiera ser, o como quisiéramos que fuera, aligerándonos las cargas de la “vida real”. Por eso, todos, dependiendo siempre de nuestras particularidades sociales y culturales, hemos querido ser “otros”, “vivir otras vidas”, como dice la canción de Sabina. Y, como en “la del pirata cojo”, no hay dudas de que la aventura por antonomasia es la de piratas.
Una vida sin normas formales, sin ataduras sociales, sin banderas y sin restricciones. Donde cada día es un homenaje al valor, y las pasiones son desenfrenadas.
Y donde lo desconocido, empujado por el viento, bañado por el mar y motivado por el alcohol a cántaros, conjuntamente con el desconocido placer de poder perder la vida en un combate cuerpo a cuerpo, es premiado por un botín en un barco, por un tesoro escondido en una isla perdida y del cual solo se tiene “una parte” del mapa, o por un amor casi imposible que espera tu regreso en cada puerto. Lo tiene todo.
Nada más atractivo que una historia de piratas y, de todas las posibles historias de hombres de mar, ninguna como “La Isla del Tesoro”, de Robert Louis Stevenson.
Una trama de apariencia simple, pero con una efectividad única.
Unos personajes inolvidables, sin dudas la imagen que todos tenemos de un pirata es la de Long John Silver (John Silver, El Largo), con su “pata” de palo y el loro al hombro (Capitán Flint). Una posada de marineros “el Almirante Benbow” y una taberna “El Catalejo”, donde la vida transcurre entre alcohol, violencia y audacia.
No podía faltar un barco con un nombre tan sugerente a nuestros oídos como “La Hispaniola” y una canción pirata inolvidable:
“Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja, Ja, Ja! Y una botella de ron!”
Esta novela de Stevenson es única en su género. En ella están todos los trucos también del arte de narrar: Ni cuenta se da el lector de que está atrapado y solo puede terminarla como hipnotizado.
Sobre la novela de Stevenson coincido con el juicio de Fernando Savater en el sentido de que es la narración más pura que conozco, donde el solo arte de narrar se manifiesta en su mayor esplendor por el solo placer de narrar y que merece ser leída por todos, por lo menos, una vez cada año.
Ningún libro mejor para iniciar al joven en la lectura ni para mantener en el adulto el espíritu juvenil.
“Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja, Ja, Ja! Y una botella de ron!”
¡Ahh, la vida! l