APUNTE.COM.DO.- José Antonio Mármol Peña recibió a los reporteros de LISTÍN DIARIO con la amabilidad, la educación y la calma que lo caracterizan, vestido de punta en blanco como acostumbra. Se mostró contento de que las fotografías estuvieran a cargo de Silverio Vidal. La conversación con el poeta, ensayista, escritor y filósofo, a quien se dedicó la recién celebrada XXVIII Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026, abordó sin rodeos su lado humano, y sus respuestas evidenciaron que su creatividad nace de la sensibilidad cultivada durante la niñez.
Creció en una familia con las carencias propias de muchas comunidades dominicanas, pero rodeado del afecto sincero de sus padres. “Teníamos todo cubierto, no nos faltó nunca nada, pero no teníamos una vida de lujo. Eso sí, disfrutamos de esa ingenuidad afectiva que se convierte en amor”, recuerda con una sutil añoranza en la voz.
Al evocar las charlas con su padre, José Dolores Mármol (Don Lolo), su rostro se transformaba como en uno de sus propios poemas: “Era un filósofo de la vida. Tenía una forma auténtica de tratar los temas con mucha precisión, pese a que no era un hombre estudiado”. La admiración por su progenitor permanece intacta.
La tristeza también asomó en su expresión al recordar la partida de su padre: “Él falleció en un accidente cuando yo tenía 25 años. Fue un momento muy duro, porque ahí era cuando él y yo comenzábamos a ser amigos”. Se refiere a que, ya en la adultez, sus conversaciones habían evolucionado y compartían el conocimiento intelectual con el trato coloquial, una mezcla perfecta.
El recuerdo de su madre conserva la misma ternura: “Ella era una especie de ‘surtidor de amor’. Acogía a la gente sin conocerla con el pretexto de que había que ayudar. No olvido que a veces llegaba a la casa y me encontraba con una muchacha que no conocía, y me decía que las monjas se la habían llevado para que viviera con ella porque le quedaba cerca de la escuela”. Esa escena se repitió muchas veces, incluso cuando su madre se mudó con él a la capital.
Como anécdota, recuerda el caso de Ana, una joven que vivió con su madre para poder ir a la universidad. Estudió Medicina y está casada con otro doctor: “Ella vive en Alicante, España, y cuando viene al país nos visita y compartimos como la familia que somos”. Su madre falleció a los 92 años; para él, Dios se la dejó tanto tiempo como recompensa por haberse llevado a su papá demasiado pronto.
Los principios que forjaron al hombre de hoy han sido la base para criar a sus dos hijos con “el mismo librito”. Escucharlo hablar de ellos y de la unión familiar es un testimonio vivo de que la humildad que lo caracteriza se perpetúa en su descendencia, incluidos sus cuatro nietos. Su esposa, Soraya, ha sido pilar fundamental en esa crianza positiva. “Así como yo saludo a todo el mundo con el mismo respeto, así lo hacen mis hijos y ahora mis nietos. A veces los veo diciéndole ‘machuca’ al vigilante del edificio donde viven, y eso no tiene precio”. Sella la idea con una frase de Tolstói: “La humildad es la condición del genio”.
Aunque admite que en ocasiones ha querido abandonar alguna obra, no es un hombre que se rinda fácilmente: “No me rindo porque he aprendido la importancia de la perseverancia, la disciplina y de tener metas alcanzables. Cuando tienes esos conceptos claros, es difícil rendirte”. La seguridad de sus palabras respalda su convicción.
Ante la pregunta de si ha querido abandonar un texto sin concluir, responde riendo a plenitud: “Claro. A veces las cosas se complican, sobre todo con los ensayos, porque exigen investigar y contrastar datos… Pero después lo retomo con más calma y lo concluyo; eso sí, sabiendo que ninguna obra queda como quisiéramos, siempre creo que pude hacerla mejor”. Se exige tanto que asume que lo publicado es apenas lo posible, jamás el ideal perfecto.
Este hombre que le saca provecho al tiempo y que encuentra en la madrugada a su mejor aliada para crear, una vez que termina un libro y lo entrega a la editorial, se despide de él: “No lo vuelvo a releer, entiendo que ahí terminé”. Sonríe y recalca: “Es cierto, no lo vuelvo a mirar”.
Mientras más se habla con José Mármol, más se aprende, no solo en el plano intelectual, sino sobre la profunda sensibilidad que lo habita. Su discurso no nace de los pergaminos académicos que atesora como licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), ni de los múltiples títulos que enmarcan su trayectoria. Está cimentado en una agudeza que lo impulsa a escribir desde el pensamiento crítico y la exploración del lenguaje.
'El ojo del arúspice' es su ópera prima. Aunque la escribió en 1981, vio la luz en 1984. A partir de ahí, este creador incansable no ha parado de escribir poesía y ensayo, géneros en los que la naturaleza de la palabra converge con la condición humana, la ética y el asombro. Para él, “la poesía es la más alta expresión posible de la belleza de la lengua”. La valida tanto en su obra como en su andar cotidiano.
Sus dotes como poeta, ensayista y filósofo le confieren una voz autorizada y lúcida para opinar sobre asuntos tan sensibles como los problemas sociales y la comunicación, o tan complejos como el vertiginoso auge de la inteligencia artificial (IA).
Al reflexionar sobre el periodismo y los medios de comunicación actuales, al dueño de esta historia le entristece ver cómo algunos han abandonado su deber informativo para subirse a la ola de los 'vi
