APUNTE.COM.DO.- El Pentágono clasificó a los Institutos Confucio como una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, lo que colocó de nuevo en el debate público la amplia red de propaganda que el régimen de Xi Jinping ha desplegado durante años.
Se trata de centros educativos sin fines de lucro financiados por Beijing que se multiplicaron velozmente hasta superar los 500 centros distribuidos en 160 países en poco más de una década, mediante un esquema de cooperación entre universidades chinas y universidades anfitrionas en otras naciones.
Aunque oficialmente el gobierno chino los creó para difundir el idioma y la cultura, estas organizaciones generan una fuerte polémica porque han sido acusadas de interferir en la vida académica extranjera con sus programas. El primer instituto abrió el 24 de noviembre de 2004 en Seúl, Corea del Sur, tras un proyecto piloto realizado ese mismo año en Taskent, Uzbekistán. La red depende de la sede central de los Institutos Confucio, conocida como Hanban, una entidad afiliada al Ministerio de Educación de la República Popular China. Los institutos se integran como unidades estructurales de las universidades anfitrionas y operan con un sistema de codirección: un director local y otro designado junto con la contraparte china.
Pese a su contenido cultural, los Institutos Confucio están señalados de intentar interferir en la vida académica y política de los países extranjeros. Especialistas y gobiernos extranjeros vienen alertando desde hace años que esta presunta iniciativa cultural forma parte de la estrategia de poder blando del régimen chino, entendida como la capacidad de influir mediante la atracción cultural, las ideas y las instituciones, en contraste con la coerción. Bajo esa óptica, los institutos combinan el aprendizaje de chino con una presencia institucional que refuerza la visibilidad del país en el extranjero.
La misión estatutaria de los centros incluye satisfacer la demanda de aprendizaje de chino, ampliar el conocimiento de la lengua y la cultura, fomentar los intercambios educativos y culturales y profundizar los vínculos con otros países. También contempla la promoción del multiculturalismo y la construcción de "un mundo armonioso", una fórmula asociada en el documento al discurso político de Hu Jintao, expresidente de China.
La dimensión política de esa misión aparece, no obstante, en la vinculación entre la difusión cultural y el relato internacional del país. En 2014, el líder chino Xi Jinping sostuvo que el gigante asiático debía "aumentar su poder blando, contar bien la historia china y comunicar mejor el mensaje de China al mundo".
Un extenso informe publicado años atrás por el Centro de Excelencia de Comunicaciones Estratégicas de la OTAN sostiene que los Institutos Confucio también cumplen una función "interna de legitimación". La narrativa oficial presenta su expansión como respuesta a una creciente demanda global de aprendizaje de chino, descrita como una "fiebre por China", y alimenta la idea de que el país es recibido con interés y simpatía fuera de sus fronteras. Esa lectura conecta la iniciativa con el legado político de Hu Jintao, bajo cuyo mandato se lanzó el programa, y con las prioridades posteriores de Xi Jinping. El documento señala que los institutos continuaron presentes en la diplomacia cultural china y fueron incorporados a iniciativas como la Franja y la Ruta y la cooperación entre China y países de Europa Central y Oriental.
La creación de un instituto exige que una entidad educativa extranjera solicite formalmente su apertura y se asocie con una institución china. Una vez aceptado el acuerdo, ambas partes nombran a los directores del centro, un procedimiento que, según entrevistas citadas por el documento, buscaba inicialmente transmitir confianza a los socios extranjeros, aunque en algunos casos despertó recelos.
En 2014, Xi Jinping sostuvo que China debía "aumentar su poder blando, contar bien la historia china y comunicar mejor el mensaje de China al mundo" (REUTERS/Evelyn Hockstein)
El análisis también sostiene que, cuando las instituciones locales mostraban escaso interés, representantes chinos podían impulsar informalmente la solicitud o recurrir a canales diplomáticos para transmitir que una petición sería bien recibida. La presencia de embajadas y consulados en festivales, conciertos y competencias lingüísticas organizadas por los institutos reforzó esa percepción de cercanía institucional. Las becas, los premios de concursos y el envío de profesores voluntarios ampliaron el alcance de la red, incluso en zonas alejadas de las capitales con menos opciones de formación continua.
La financiación es otro de los ejes del debate. El informe de la OTAN indica que, años atrás, los institutos recibían habitualmente un mínimo de USD 100.000 anuales para programas, y que los centros recién abiertos obtenían fondos chinos para sus operaciones iniciales, mientras que los proyectos anuales debían financiarse aproximadamente a partes iguales entre el instituto y la contraparte china.
Según esa evaluación, los Institutos Confucio dependían ampliamente de subsidios estatales chinos, mientras que las universidades anfitrionas solían aportar oficinas, espacios para actos y otros recursos no monetarios. La normativa citada exigía además que los centros presentaran sus proyectos y cuentas anuales a Hanban para su aprobación, un elemento que alimentó las dudas sobre su independencia operativa.
Las críticas se concentraron en la transparencia de los contratos, los criterios de contratación y la posible incidencia de los institutos sobre los debates académicos. El documento recoge denuncias de autocensura de profesores chinos y locales respecto de temas como