APUNTE.COM.DO.- Cada noche, la luz de ciudades, puertos y plataformas petroleras penetra bajo la superficie del mar y llega a las profundidades donde habitan organismos que necesitan la oscuridad para alimentarse, reproducirse y migrar. Esa intrusión lumínica ya afecta a buena parte de las costas del planeta, pero hasta ahora no existía una forma estandarizada de medir cuánto daño puede provocar en los mares de Europa. Un equipo internacional propuso el primer marco para evaluarlo y los resultados son contundentes: en el Mediterráneo occidental, el 73 % de la franja marítima de hasta 10 kilómetros desde la costa recibe niveles de luz artificial clasificados como de riesgo alto, mientras que el Adriático y el Báltico también figuran entre las zonas con mayor exposición a contaminación lumínica marina.
El problema no es reciente, pero la herramienta para dimensionarlo sí. La Unión Europea aprobó en 2008 una directiva para proteger sus ecosistemas marinos que contemplaba la introducción de energía en el océano como posible amenaza. Sin embargo, todos los esfuerzos regulatorios se concentraron en el ruido submarino y la luz nocturna quedó fuera de cualquier umbral o protocolo de medición.
La investigación, publicada en la revista Ocean & Coastal Management, propone cubrir ese vacío con un sistema de clasificación que combina tres variables: cuánta luz emiten las ciudades y la infraestructura costera, qué tan transparente es el agua en cada zona y si el entorno expuesto corresponde a la columna de agua o al fondo marino.
Este avance llega en un momento preciso: la Directiva Marco sobre la Estrategia Marina está en revisión y los autores buscan que la contaminación lumínica se integre en la próxima versión de esa normativa. El marco todavía no prescribe qué nivel concreto equivale a un mar en buen estado, una decisión que requerirá acuerdos políticos y consultas con distintos sectores, pero ofrece por primera vez una base metodológica con la que los gobiernos pueden identificar zonas de riesgo y diseñar estrategias de mitigación.
Para estimar el alcance de la luz artificial bajo el mar, los investigadores combinaron los niveles de iluminación de las zonas costeras con la claridad del agua, un factor que determina hasta qué profundidad penetra esa radiación. Emplearon como referencia un umbral precautorio de 0,1 microvatios por metro cuadrado: la mínima intensidad de luz blanca ante la cual los copépodos del género Calanus, pequeños crustáceos considerados entre los organismos marinos más sensibles a la luminosidad documentados hasta la fecha, modifican su comportamiento, según se detalla en el estudio.
A partir de esa referencia, el análisis distingue dos tipos de entornos. Los pelágicos, es decir, los que se desarrollan en la columna de agua entre la superficie y las profundidades, reciben primero el impacto lumínico. Los bentónicos, asociados al fondo marino, están expuestos a una radiación ya atenuada por su paso a través del agua, aunque en zonas de poca profundidad la intensidad puede seguir siendo considerable.
Los resultados revelan un patrón definido: los mares rodeados por tierra en varios de sus flancos acumulan la mayor exposición. En el mar Adriático, el 56 % de la franja costera de hasta 10 kilómetros fue clasificado con riesgo alto para ecosistemas pelágicos. En el Mediterráneo occidental, ese porcentaje trepó al 73 %.
En el extremo opuesto, las aguas abiertas de Macaronesia, una región que comprende las islas Canarias, las Azores, Madeira y Cabo Verde, junto con el mar de Barents y el mar de Islandia, registraron los valores más bajos. Las aguas próximas al Reino Unido presentaron en conjunto riesgos medios a bajos, aunque el trabajo advierte que los campos de petróleo y gas del mar del Norte, con toda la infraestructura que los rodea, elevan la contaminación lumínica en un entorno que, por tratarse de océano abierto, tendría una exposición naturalmente menor.
Muchas especies marinas regulan comportamientos vitales a partir de las variaciones de luz solar y lunar. Entre esos procesos se cuentan la migración vertical diaria, un desplazamiento masivo de organismos a distintas profundidades que constituye el mayor movimiento de biomasa del planeta, y la reproducción sincronizada de los corales. El estudio señala que las emisiones nocturnas de origen artificial pueden perturbar esos ciclos y comprometer, además, el asentamiento de larvas.
La adopción acelerada de luminarias LED profundizó esa interferencia. Este tipo de iluminación pasó del 2 % del mercado global en 2012 al 48 % en 2019, con una proyección del 87 % para 2030, según los datos que recoge el trabajo.
Su característica emisión en longitudes de onda azules penetra más en el agua que la de las tecnologías anteriores y, al mismo tiempo, coincide con las señales luminosas naturales que numerosas especies emplean para orientarse. En otras palabras, la luz que más se propaga bajo la superficie es la que mayores posibilidades tiene de alterar la conducta de los organismos.
“Durante muchos años, nuestra investigación ha