APUNTE.COM.DO.- Por Jhonny Trinidad

Durante décadas, la narrativa internacional sobre República Dominicana cupo en una postal. Sol, playa, merengue y un todo incluido. Éramos el destino. No el origen. El lugar a donde se va, no el lugar de donde viene gente que transforma el mundo. Esa postal se rompió. Y no la rompió el Ministerio de Turismo. La rompió la diáspora.

Fueron tres millones de dominicanos que se fueron con una maleta a medio cerrar y el corazón dividido, quienes obligaron al mundo a actualizar su mirada.

Al dominicano en el exterior se le intentó encasillar también. En los 80 y 90, en Estados Unidos éramos el bodeguero, el taxista, el que no hablaba inglés. En España, la que cuidaba niños. En Italia, el que trabajaba en fábrica. Eran oficios dignos, de sacrificio brutal, que sostuvieron a familias enteras en República Dominicana con remesas, pero que el relato dominante usaba para empequeñecernos.

Hoy ese relato es insostenible.

Cuando el mundo ve a Junot Díaz ganar un Pulitzer, a Cardi B — hija de padre dominicano — dominar los Grammy, a David Ortiz entrar al Salón de la Fama de Cooperstown, a María Marte obtener dos estrellas Michelin en Madrid, a Theodora Boigá, a Jenny Beltré en la NASA, a los médicos dominicanos dirigiendo salas de emergencia en El Bronx, a los ingenieros de software en Silicon Valley, a los catedráticos en Harvard y Salamanca, a los diputados de origen dominicano en el Congreso de EE.UU., en el Parlamento español y en el Concejo de Nueva York, ya no ve una isla turística. Ve una potencia humana.

La diáspora nos convirtió de destino en diáspora. De geografía en gente.

DE LAS REMESAS AL PODER BLANDO

Durante mucho tiempo medimos a la diáspora en dólares. Más de 11,800 millones de dólares en remesas en 2025. Eso es el 25.1% de todos los dólares que entran al país y el 9.3% del Producto Interno Bruto. El verdadero seguro social de este país. Es una cifra imprescindible, pero es la forma más pobre de medir su impacto.

El aporte real de la diáspora es lo que en relaciones internacionales se llama poder blando. Es la capacidad de influir sin imponer.

Cada restaurante dominicano en Paterson, en Madrid, en Milán, en Argentino o en Chile es una embajada sin bandera. Cada muchacho que crece en Lawrence hablando español y bachata en una escuela pública de Massachusetts, es un puente cultural que ninguna campaña de Marca País puede comprar.

Gracias a ellos, República Dominicana dejó de ser explicada como “al lado de Haití” o “cerca de Cancún”. Ahora se explica sola. Porque en casi cada ciudad importante del mundo hay alguien que dice: “Yo soy dominicano”. Y eso tiene más peso que mil folletos turísticos.

La diáspora nos enseñó que no exportamos solo azúcar, tabaco y turismo. Exportamos talento, resiliencia y una forma de estar en el mundo que es alegre, trabajadora y comunitaria. Nos enseñó que el dominicano no se asimila desapareciendo. Se integra multiplicándose.

EL PRECIO DE LA DOBLE AUSENCIA

Pero este reconocimiento global ha tenido un costo íntimo que el país aún no termina de honrar.

El dominicano de fuera vive en una doble ausencia. Está ausente en su país, donde se le reclama que no opine porque “se fue”, y está ausente en Estados Unidos, donde por más que progrese siempre será “el latino”.