Había varios interesados en probar ‘el rabo de oro’, pero les faltaba lo más esencial: el vil metal
Brida se había criado de mano en mano, hoy con una tía y mañana con otra, de manera que desde chiquita vio cómo les toca a algunas mujeres lidiar solas con la crianza de los hijos. También adquirió en esa vida apurada un lenguaje atrevido, que ella llamaba claro y directo, por lo que ni siquiera se sonrojaba cuando decía a bocajarro, mientras se palpaba los glúteos contundentes: ‘Este rabo es de oro y vale oro, me lo dejó el Altísimo para mi conveniencia’.
Había varios interesados en probar ‘el rabo de oro’, pero les faltaba lo más esencial: el vil metal. Muchos habían tratado de negociar, pero Brida se mantenía firme y no bajaba el aporte. ‘Es eso o no hay rabo’, decía y soltaba una carcajada que distraía a los perros que rebuscaban en los tinacos. Bolivón andaba obsesionado con llevarla a un sitio de pecado, pero su salario de cebolla no le permitía ese lujo; el deseo era tan grande que apenas se la encontró le dijo, mientras miraba a todos lados, temeroso de que viniera por allí su mujer y le sonara tres cafás: ‘Oye, deliciosa, te propongo algo, te doy mi quincena completa y nos vamos por allí’. La muchacha hizo un globito con el chicle y apenas lo desinfló le contestó: ‘¿Quincena de funcionario?, no viejo, esa se acaba en un dos por tres’.
Se fue él con el moco caído, pero pronto le cambió el ánimo; alguien del edificio inventó una pachanga y tuvo la oportunidad de ‘arreglarle’ los tragos a Brida, quien no tardó en avisar que se iba para su apartamento porque el sueño la estaba dominando. Y salió medio tambaleante ante la mirada de más de cuatro hombres y de sus mujeres, que andaban ojo al Cristo para evitar algún resbalón de sus parejas. Solo la cónyuge de Bolivón estaba absorta en el juego de bingo. ‘Tírame el de los maridos quemones’, le pedía a la que cantaba los números. No se dio cuenta de que su marido había abandonado la pista de baile para seguir a Brida, que ya tomaba su pócima para recobrar la lucidez. Así la encontró el necesitado, que entró porque ella dejó por olvido la puerta abierta.
‘Alguien me cambió mis tragos’, le dijo Brida. Bolivón se defendió acusando a los vecinos. ‘Yo creo que fue Lucho, y si no fue él, de seguro que fue Ricaurte, o si no Jairo’. Brida lo miró y le dijo que si quería algo tenía que darse un buen baño: ‘Lávate cuatro tres veces todo el equipo, ahí hay cuatro clases de jabón, el morado es el del último lavado’.
La orden del lavado profundo hizo que Bolivón se imaginara mil delicias, y pensando ‘por algo me manda a lavármelo bien’, se metió al baño. Iba por la tercera lavada cuando oyó un ruido, por lo que salió corriendo en el traje de Adán. Se le cayó todo lo que tenía parado apenas vio a su mujer en la sala armada de una varilla. La furibunda esposa solo alcanzó a rozarle el hombro, aunque tuvieron que llevarlo al hospital. Cuando se recuperó supo que Brida había regresado a la fiesta para pedir ayuda porque él estaba en su apartamento y trataba de violarla.