APUNTE.COM.DO.- El 6 de enero de 1994, un hombre encapuchado esperó detrás de una cortina en un pasillo de Cobo Arena, en Detroit, a que Nancy Kerrigan saliera de la pista de hielo. Cuando lo hizo, le golpeó la pierna derecha con un bastón telescópico de 53 centímetros. La cámara de un canal de televisión captó el momento exacto: Kerrigan en el suelo, vestida como un cisne, gritando “¿por qué?, ¿por qué yo?” mientras su padre la cargaba en brazos. Esas imágenes se replicaron sin parar en todos los noticieros del país y se transformaron en uno de los documentos visuales más repetidos en la historia de la televisión deportiva estadounidense.
Detrás del ataque estaban el ex marido de Tonya Harding, Jeff Gillooly, y su guardaespaldas, Shawn Eckhardt. El objetivo era romperle la pierna a Kerrigan para dejarla fuera de los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer. El plan falló a medias: la pierna no se rompió, pero el escándalo que vino después destruyó para siempre la carrera de la mejor patinadora que los Estados Unidos había producido en años, y convirtió su nombre en sinónimo de trampa.
Una infancia sin refugio
Para entender lo que ocurrió en Detroit, hay que retroceder hasta Portland, Oregón, donde Tonya Harding creció en un hogar que nunca le dio estabilidad. Su madre, Lavona Golden, acumulaba matrimonios fallidos —el de Albert Gordon Harding era el quinto— y los abandonaba uno tras otro. Albert salió espantado de esa casa al presenciar cómo Lavona trataba a su propia hija desde que era apenas una niña: la llamaba “fea”, “gorda” y “fracasada”, le negaba el permiso para ir al baño durante los entrenamientos porque, según ella, pagaba las clases para que no hubiera interrupciones, y en los alrededores de la pista, según ella misma reconoció años después, le pegaba. Cosía a mano los trajes de competencia porque la situación económica no alcanzaba para comprarlos.
Fue en ese contexto donde el hielo se convirtió en el único territorio seguro de Tonya. A los tres años pisó por primera vez una pista de patinaje artístico, y desde ese momento supo que allí podía escapar de algo que en su casa no tenía nombre claro pero que la aplastaba todos los días. Aprendió de su padre a cazar y a reparar motores en los pocos años que él estuvo presente. Intentó irse con él cuando se marchó, pero no lo consiguió. Quedó atrapada con su madre, sin amistades —Lavona las catalogaba a todas como “enemigas”— y con una competitividad tan feroz que muchas veces no aceptaba de buen modo las calificaciones de los jurados. Abandonó la educación formal en el segundo año de la Milwaukee High School para concentrarse en el patinaje, y luego rindió exámenes de equivalencia.
La patinadora que nadie esperaba
Entre 1986 y 1989, Harding fue escalando posiciones en los torneos nacionales hasta que el ascenso se volvió imparable. En 1989 ganó la competencia Skate América. En 1991 se consagró campeona de los Estados Unidos con el primer puntaje perfecto de 6.0 otorgado a una única patinadora por mérito técnico en ese campeonato. Ese mismo año ejecutó el triple Axel —un salto con tres revoluciones y media en el aire, considerado el más difícil de la disciplina— en el programa corto, y se convirtió en la primera mujer de su país en lograrlo y la segunda en la historia, detrás de la japonesa Midori Ito. También fue la primera en completar dos triple Axel en una sola competencia y la primera en combinar ese salto con el doble toe loop.
En el Mundial de 1991, completó de nuevo el triple Axel y terminó segunda detrás de Kristi Yamaguchi y por delante de Nancy Kerrigan. Fue la primera vez que un país se llevaba el podio completo en esa modalidad del patinaje artístico.
Pero la gloria duró poco. Harding arrastraba un problema físico que no cedía: sufría gripes frecuentes y asma crónica, lo que disminuía su rendimiento en las figuras obligatorias. En 1992 terminó tercera en el campeonato nacional y cuarta en los Juegos Olímpicos de Invierno de Albertville, Francia, luego de torcerse un tobillo en un entrenamiento. En 1993, los resultados fueron peores y no logró clasificarse al Mundial. Su carrera, que había prometido tanto, parecía desmoronarse.
Y entonces llegó Nancy Kerrigan.
La princesa y el patito feo
La rivalidad entre Harding y Kerrigan era casi demasiado perfecta para ser real. Mientras Harding aparecía en las pistas con flequillo despeinado, ropa cosida a mano y sin ningún contrato publicitario que respaldara su nombre, Kerrigan representaba todo lo que el patinaje artístico celebraba: elegancia, feminidad, fineza. Vestía maillots de Vera Wang y era imagen de corporaciones como Revlon, las sopas Campbell y Reebok. El contraste no era solo estético; era una grieta social, económica y cultural que los medios de comunicación explotaron sin piedad.
La propia Harding lo resumió en 2014, veinte años después de los hechos, con una frase que no dejaba margen para la interpretación: “Nancy era una princesa y yo era un montón de mierda”.
Nancy Kerrigan y Tonya Harding: una batalla deportiva que terminó en un bochorno (Credit Image: © Globe Photos/ZUMAPRESS.com)
La investigación y los Juegos de Lillehammer
Las semanas que siguieron al ataque fueron un caos mediático. Los medios volcaron todos sus recursos en la historia porque el relato tocaba algo profundo: era la disputa entre dos versiones de los Estados Unidos, la del trabajador que apenas llega a fin de mes y la del privilegiado que todo lo consigue con gracia. El jurado del campeonato nacional dejó vacante el título —pese a que Harding había ganado sin competencia de nivel— e invitó a Kerrigan, que aún se encontraba en el hospital, a participar en los Juegos de Lillehammer. La decisión dejó afuera a Michelle Kwan, que había quedado segunda en la competencia nacional y perdió así su lugar en la delegación olímpica.
