APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -La construcción ha sido, durante décadas, uno de los principales motores de la
economía dominicana. Basta recorrer cualquier ciudad del país para observar
nuevas torres de apartamentos, residenciales, hoteles, plazas comerciales y
proyectos turísticos que transforman continuamente nuestro paisaje urbano.


Sin embargo, detrás de ese crecimiento existe una realidad que no podemos
ignorar. La reciente Encuesta Sectorial de la Construcción (Ensecon-2025),
presentada por el Instituto Nacional de Migración, revela que aproximadamente el
68.3 % de la mano de obra que trabaja en la construcción es de origen
haitiano, mientras que los trabajadores dominicanos representan alrededor del 31
%. Al mismo tiempo, el estudio confirma que casi el 96 % de las obras que se
ejecutan en el país corresponden a inversión privada, lo que demuestra que el
desarrollo del sector depende principalmente de la confianza de los inversionistas
y de la estabilidad del mercado.


Estas cifras no deben utilizarse para alimentar posiciones extremas. Deben servir
para comprender la realidad y diseñar soluciones responsables que beneficien al
país.


La primera conclusión es evidente: la construcción dominicana enfrenta una
importante dependencia de trabajadores extranjeros, especialmente en labores
como albañilería, encofrado, varillaje, terminaciones y otras actividades
especializadas que requieren experiencia y un gran esfuerzo físico.


Durante muchos años, una parte importante de los trabajadores dominicanos fue
abandonando estos oficios. Algunos encontraron oportunidades en otros sectores
de la economía, mientras que las nuevas generaciones comenzaron a preferir
actividades relacionadas con los servicios, el comercio, la tecnología o el
transporte. Como resultado, el mercado fue cubriendo esa demanda con
trabajadores provenientes de Haití.


No se trata de una situación exclusiva de la República Dominicana. Muchos
países han experimentado fenómenos similares en sectores como la agricultura, la
construcción y los servicios, donde la disponibilidad de mano de obra local resulta
insuficiente para atender las necesidades de la economía. Ahora bien, reconocer
esa realidad no significa renunciar al objetivo de fortalecer la participación de los
trabajadores dominicanos en este importante sector productivo.


El país necesita invertir con mayor decisión en escuelas técnicas, programas de
capacitación y certificación laboral en albañilería, plomería, electricidad, soldadura,
carpintería, instalación de sistemas modernos y otras especialidades vinculadas a
la construcción. Estos oficios pueden ofrecer ingresos competitivos y abrir
oportunidades de emprendimiento para miles de familias.

Al mismo tiempo, también resulta necesario establecer mecanismos claros,
transparentes y legales para la contratación de trabajadores extranjeros cuando la
demanda de mano de obra supere la oferta nacional. Un sistema ordenado de
registro, identificación y contratación temporal contribuiría tanto al cumplimiento de
las leyes migratorias como a la estabilidad del sector construcción.


Otro aspecto que merece atención es la productividad. La industria de la
construcción debe continuar incorporando nuevas tecnologías, mejores equipos y
procesos más eficientes que permitan aumentar la producción sin depender
exclusivamente del crecimiento de la mano de obra. La innovación también forma
parte de la solución.


No podemos olvidar que la construcción aporta aproximadamente el 15 % del
Producto Interno Bruto de la República Dominicana. Cuando este sector crece,
también crecen el empleo, el comercio, la industria de materiales de construcción,
el transporte, la banca, los seguros y decenas de actividades económicas
relacionadas.


Por esa razón, cualquier decisión que afecte significativamente la disponibilidad de
trabajadores debe ser acompañada de una estrategia que garantice la continuidad
de los proyectos, proteja las inversiones y evite incrementos innecesarios en los
costos de construcción, que finalmente terminan trasladándose al precio de las
viviendas que adquieren las familias dominicanas.


En mi opinión, el debate no debe centrarse únicamente en cuántos trabajadores
extranjeros participan en la construcción. La verdadera discusión debe orientarse
hacia cómo garantizar que la República Dominicana disponga de suficiente mano
de obra calificada, productiva y legal para sostener el crecimiento de uno de los
sectores más importantes de nuestra economía.


La construcción necesita planificación. Los inversionistas necesitan seguridad. Los
trabajadores necesitan oportunidades. Y el país necesita políticas públicas que
respondan a la realidad del mercado sin perder de vista el interés nacional.


Las soluciones duraderas rara vez nacen de la improvisación. Surgen cuando las
decisiones se toman con información, diálogo y una visión de largo plazo. La
construcción dominicana ha demostrado ser uno de los pilares del desarrollo
nacional. Ahora corresponde fortalecer sus bases para que continúe impulsando el
crecimiento económico, la generación de empleos y el acceso de miles de familias
a una vivienda digna.


Quiero finalizar con una pregunta para invitar a la reflexión de mis lectores:
¿Considera usted que la República Dominicana debe impulsar un gran
programa nacional para formar más trabajadores dominicanos en los oficios
de la construcción, al tiempo que establece mecanismos legales y

ordenados para cubrir las necesidades de mano de obra que el mercado no
pueda suplir? ¿Qué otras medidas propondría usted?