APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. — En la política dominicana parece existir una regla no escrita: cuando una encuesta favorece a un candidato, esta es presentada como “seria, científica y confiable”; pero cuando los números no benefician a determinado sector político, inmediatamente surgen acusaciones de manipulación, compra de resultados y falta de credibilidad.
La escena se ha repetido durante décadas en República Dominicana y ha involucrado a prácticamente todas las grandes figuras políticas nacionales, desde Joaquín Balaguer y Hipólito Mejía, hasta Leonel Fernández, Danilo Medina y el actual mandatario Luis Abinader.
En cada proceso electoral, las encuestas se convierten en armas políticas, herramientas de propaganda y también en motivo de confrontación pública.
El sociólogo y politólogo dominicano Rosario Espinal ha explicado en múltiples análisis públicos que las encuestas deben interpretarse como mediciones temporales sujetas a cambios sociales y emocionales del electorado, y no como resultados definitivos.
De igual manera, el economista y analista político Daniel Pou ha señalado en diversas entrevistas que muchos actores políticos intentan desacreditar los estudios de opinión cuando sienten amenazada su posición electoral.
Otro experto que ha abordado el tema es el politólogo Freddy Ángel Castro, quien ha sostenido que en la cultura política dominicana existe una tendencia histórica a “matar al mensajero” cuando los números no coinciden con las expectativas partidarias.
Mientras, el consultor en comunicación política Carlos Fara ha explicado en escenarios latinoamericanos que las encuestas pueden influir psicológicamente en los votantes, especialmente cuando crean percepciones de victoria o derrota anticipada.
Uno de los ejemplos más recordados en República Dominicana ocurrió en las elecciones del año 2000, cuando muchos sectores consideraban que Hipólito Mejía no lograría la ventaja que finalmente obtuvo en las urnas. Desde entonces, frases populares como “las encuestas las gana quien las paga” comenzaron a formar parte del lenguaje político cotidiano.
Más adelante, durante procesos internos y presidenciales posteriores, seguidores de Leonel Fernández llegaron a calificar algunas mediciones como “amañadas” cuando estas no reflejaban los niveles de apoyo esperados hacia el líder de la Fuerza del Pueblo.
En los años recientes también se observaron fuertes cuestionamientos contra estudios que favorecían al presidente Luis Abinader o que mostraban altos niveles de rechazo hacia dirigentes opositores. Encuestas difundidas por firmas como Gallup, Greenberg, Mark Penn, ACD Media y ASISA generaron intensos debates en redes sociales y medios de comunicación.
El especialista en marketing político Luis González considera que muchas veces el problema no es la encuesta en sí, sino la interpretación interesada que hacen los equipos políticos.
“Los partidos suelen aceptar únicamente los estudios que fortalecen su narrativa electoral, mientras desacreditan cualquier medición adversa”, ha explicado el experto en distintos espacios de opinión.
En plataformas digitales dominicanas es frecuente encontrar ciudadanos cuestionando la credibilidad de determinadas firmas encuestadoras. Algunos consideran que ciertos estudios responden a intereses económicos o políticos, mientras otros defienden la importancia técnica de las mediciones científicas.
El comunicador y analista político Julio Martínez Pozo ha señalado en programas de opinión que las encuestas pueden convertirse en herramientas de presión psicológica dentro de las campañas electorales, especialmente cuando son utilizadas para proyectar percepciones de “victoria inevitable”.
A nivel internacional, especialistas como Nate Silver han advertido que incluso las mejores encuestas pueden fallar cuando existen cambios de última hora en el comportamiento del electorado