APUNTE.COM.DO, València.- La vida de Carla Maronda era como la de cualquier joven de 25 años hasta que, un «maldito 23 de marzo» de 2024, una bacteria en una operación rutinaria le provocó una sepsis de la que sobrevivió, pero perdió las manos y los pies: «La Carla de ahora ha mejorado, disfruto más el tiempo y valoro más lo que puedo tener», admite a EFE.

Maronda estudiaba un doble máster de abogacía y derecho marítimo en València, trabajaba en un pub de su ciudad, Xàtiva, los fines de semana y montaba a caballo, toda una vida que se detuvo cuando le extirparon un quiste: «Tuve tres o cuatro paradas cardiorrespiratorias, estuve doce días en coma inducido y cuando desperté tenía las manos y pies vendados. Fue una lucha constante para salvar los órganos», explica en una entrevista con EFE.

La joven valenciana ha compartido su historia de superación en ‘El día que volví a abrir los ojos’, un libro -prologado por Irene Villa- que le propuso la editorial Kailas y con el que pretende «ayudar a más gente», con un título que hace referencia a dos momentos clave en su vida: despertar del coma y despertar de la amputación. «Fue abrir los ojos a una nueva vida, a unas nuevas posibilidades y a nuevas ilusiones también», asegura.

GRAFCVA3643. VALENCIA, 07/05/2026.- La vida de Carla Maronda era como la de cualquier joven de 25 años hasta que, un

La búsqueda de las «prótesis perfectas»

Para ella, el «verdadero duelo» fue volver a casa tras meses hospitalizada y enfrentarse a un cuerpo distinto, a unas fronteras que antes no existían, como el simple movimiento de sentarse en el sofá o ir al baño.

Así, una prótesis era la diferencia entre existir y vivir, por lo que así comenzó todo un proceso de investigación para encontrar «las manos perfectas», las que respetasen «su vida, sus propósitos y su actividad física diaria».

Las primeras que llevó fue unas de silicona, que estrenó en la boda de sus mejores amigos: «Parecían unas manos reales» y para ella, en ese momento, psicológicamente tuvieron mucha funcionalidad». Después tuvo unas «manos de pinza» con dos electrodos, hasta que consiguió las que le han devuelto su independencia, las multiarticuladas Vincent.

Se trata de unas prótesis que mueve gracias a la señal que envía a los cuatro sensores, a través de los músculos y los nervios de sus muñones, con las que puede abrir, cerrar, mover hacia un lado y hacia el otro.

«Me quedan pocas cosas por hacer, pero todavía me quedan. De hecho, hace poco me llegaron las prótesis de las piernas de la ducha y ha sido como devolverme otras alas que todavía no tenía», señala.

Maronda ha afrontado un gasto de 95.000 euros para las prótesis de las manos y otros 23.000 para las de las piernas, algo que ha podido conseguir gracias a «todas las manos que se han volcado» para ayudarla.

Para costear esa inversión creó la asociación ‘Tus Manos son Mis Manos’, pero se dio cuenta de que servía para mucho más: «Había mucha desinformación, mucha gente se podía sentir sola y podían no tener la fuerza que mi familia y yo habíamos tenido.

Carla muestra a EFE el libro en el que ha contado su historia de superación. EFE/Ana Escobar

Una vida llena de «primeras veces»

La vida de Maronda se llenó, a partir de ese «maldito 23 de marzo», de muchas primeras veces y en el libro describe algunas de ellas, como la primera vez que comió sola, que se vistió, que se metió en una piscina, que cumplió años… pero recuerda con especial cariño la primera vez que montó a su caballo, Bolero, tras la amputación.

«Bolero es un caballo supernervioso que prácticamente nadie quería. Yo dije que me lo dieran a mí y conseguí hacerme con él con paciencia, cariño y mucha comprensión», y por eso, durante su recuperación, Maronda tuvo que pedir que lo devolvieran a los dueños, porque «querer también implica soltar».

Cuando pudo volver a encontrarse con él y montarlo, en agosto de 2025, «fue como respirar»: «Fue lo mejor que me ha podido pasar y una de las experiencias que más he disfrutado», recuerda.

La Carla de ahora

Aunque Maronda asegura que «no ha cambiado tanto» y que «sigue teniendo muchas cosas de la Carla de antes», hay algo que destaca en su nueva vida: «Soy menos egoísta, disfruto más el tiempo y sí que valoro más todo aquello que puedo tener y no me centro tanto en aquello que no puedo tener», reconoce.

Considera que lo importante, para una persona que esté pasando por lo mismo que ella, es «saber parar, analizar, conocerse y no invalidar tus sentimientos, saber ponerles nombre y apellido».

«Es decir, no regocijarse demasiado en el dolor, aprender a vivir con las circunstancias que nos vengan, porque al final la vida es esto. Suena a frase de libro poético, pero es que la vida es un momento», afirma.

Ahora intenta sacarse de nuevo el carnet de conducir, estudia para la prueba de acceso a la abogacía que hará en junio y prepara la apertura de su despacho como abogada en septiembre, «cosas que son parte de la vida de cualquier persona de mi edad -apunta-. Toca vivir, que para eso estamos aquí».