APUNTE.COM.DO, REDACCION INTERNACIONAL. -El pensamiento de Sigmund Freud advierte que el elogio puede ser tan peligroso como un ataque. Mientras las críticas activan nuestras defensas, la adulación entra sin resistencia, apelando a nuestro deseo de reconocimiento.

En cartas dirigidas a figuras como Marie Bonaparte, Freud confesó que podía defenderse de los ataques, pero no de los elogios. Esto revela que el halago toca aspectos emocionales que no controlamos del todo, alimentando el ego y, en ocasiones, distorsionando la percepción de uno mismo.

Esta idea se conecta con el narcisismo: el ser humano necesita aprobación, lo que lo vuelve vulnerable ante la adulación. Ya Aristóteles había señalado que muchas personas prefieren ser admiradas antes que amar, lo que explica por qué el elogio resulta tan atractivo.

En la vida cotidiana, el halago puede ser sincero o una forma de manipulación. Por eso, es clave distinguir entre reconocimiento útil y adulación vacía. La psicóloga Carol Dweck añade que el elogio debe centrarse en el esfuerzo y el aprendizaje, no en inflar el ego.

En definitiva, el elogio puede motivar, pero también engañar: entender su intención es lo que marca la diferencia.