APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -Al caer la tarde sobre el Mediterráneo, cuando las legiones de Roma aún custodiaban sus fronteras, pocos podían imaginar que aquella maquinaria perfecta comenzaba a resquebrajarse desde dentro.

No fue un derrumbe súbito, sino una lenta erosión: decisiones políticas erráticas, guerras interminables, crisis económicas y una moneda cada vez más debilitada. Roma no cayó en un día; se fue agotando.

Siglos después, en otra geografía y bajo otros símbolos, los Estados Unidos de América parece recorrer, con matices distintos, un camino inquietantemente familiar.

La expansión que se convirtió en carga.  Roma conquistó el mundo conocido, pero su grandeza fue también su condena. Mantener legiones en múltiples fronteras drenaba recursos, generaba tensiones internas y obligaba a una política de guerra constante.

El imperio se volvió dependiente del conflicto. Estados Unidos, heredero del orden global tras la Segunda Guerra Mundial, ha sostenido una presencia militar planetaria. Con conflictos desde América Latina, Asia, Medio Oriente, y Euroasia, y ahora con la escalada en Irán, el patrón se repite: una potencia que, para sostener su hegemonía, se ve atrapada en conflictos prolongados.

Hoy, el conflicto iniciado en 2026 entre EE. UU., Israel e Irán ha intensificado esa dinámica. Ataques a infraestructuras estratégicas, bombardeos a instalaciones nucleares y represalias con misiles reflejan una espiral difícil de contener. Incluso bases militares a miles de kilómetros han sido alcanzadas por misiles iraníes, mostrando que la guerra ya no tiene fronteras claras.   Roma también creyó que sus enemigos estaban lejos... hasta que los tuvo dentro.  

La moneda: del denario al dólar.  Uno de los síntomas más claros de la decadencia romana fue la degradación del denario. Para sostener el gasto militar y el aparato imperial, Roma redujo progresivamente el contenido de plata de su moneda, generando inflación y pérdida de confianza.

En el caso estadounidense, el dólar sigue siendo la principal divisa global, pero enfrenta tensiones estructurales. La guerra ha provocado volatilidad, inflación energética y presión sobre los mercados.

El aumento del petróleo —que ya llegó a superar los 100 dólares por barril— ha impactado directamente en la economía occidental, elevando costos como las hipotecas y el consumo interno.

Paradójicamente, el dólar aún actúa como refugio global en medio del caos pero esa fortaleza puede ser engañosa. Roma también parecía invencible cuando su moneda comenzaba a perder valor real.

Crisis interna y polarización. Roma sufrió una profunda crisis política: corrupción, luchas internas, pérdida de legitimidad y una élite desconectada del pueblo.

El imperio dejó de ser un proyecto colectivo. Estados Unidos atraviesa una polarización política intensa, con tensiones institucionales y sociales que debilitan su cohesión interna.

La guerra exterior coincide con desafíos internos: inflación, desigualdad y desconfianza en las instituciones, miseria creciente e incremento creciente de los sin-hogares. La  historia enseña que ningún imperio cae solo por enemigos externos; cae cuando su tejido interno se debilita.

El mundo ya no es unipolar. Roma enfrentó la presión de pueblos que antes consideraba periféricos. El mundo dejó de girar exclusivamente en torno a ella. Hoy, Estados Unidos enfrenta un escenario similar. La alianza emergente entre Rusia, China, Corea del Norte e Irán configura un nuevo equilibrio global que desafía su hegemonía.

No se trata solo de guerra militar, sino de una disputa por el orden mundial. El bloqueo del estrecho de Ormuz y la disrupción del comercio energético muestran cómo los actores regionales pueden afectar el sistema global. Roma también subestimó la capacidad de sus adversarios hasta que fue demasiado tarde.

El costo de la guerra permanente. Roma vivió en guerra constante durante siglos. Pero llegó un punto en que cada victoria costaba más que el beneficio obtenido. Estados Unidos parece enfrentar ese mismo dilema. La guerra con Irán ya ha generado miles de víctimas y una crisis energética global.

 Los precios del petróleo se disparan, las economías se resienten y el sistema internacional se vuelve más inestable. Incluso medidas como liberar reservas estratégicas de petróleo o flexibilizar sanciones reflejan que la guerra no solo se libra en el campo militar, sino en el económico.

Epílogo: ¿Declive o transformación?. Roma no desapareció de inmediato; se transformó, se fragmentó y dio origen a un nuevo orden. La pregunta no es si Estados Unidos "caerá" como Roma, sino si está entrando en una fase de transición histórica.

Tal vez no asistimos al fin de un imperio, sino al nacimiento de un mundo distinto: multipolar, incierto y más complejo. La historia no se repite exactamente, pero rima. Y en esa rima, Roma susurra una advertencia: los imperios no mueren cuando son derrotados, sino cuando dejan de comprender el tiempo en que viven.

La Republica Dominicana. Ante un escenario internacional caracterizado por tensiones geopolíticas, crisis energéticas y una posible reconfiguración del orden global liderado por los Estados Unidos de América, la República Dominicana debe adoptar una estrategia pragmática y preventiva centrada en la diversificación económica, la seguridad energética y la estabilidad macroeconómica.

Resulta prioritario reducir la dependencia de combustibles fósiles importados mediante el impulso decidido a las energías renovables (solar, eólica y biomasa), fortalecer las reservas estratégicas y promover políticas de eficiencia energética.

Asimismo, el país debe consolidar su posición como destino turístico resiliente y seguro, diversificar mercados de exportación, fortalecer las zonas francas y fomentar la agroindustria local para garantizar la seguridad alimentaria ante posibles disrupciones en las cadenas globales de suministro.

En el plano geopolítico, la República Dominicana debe mantener una política exterior equilibrada, basada en el respeto al derecho internacional y la cooperación multilateral, evitando alineamientos extremos en conflictos como el que involucra a la República Islámica de Irán.

A su vez, es recomendable fortalecer las relaciones estratégicas tanto con Estados Unidos como con otros actores emergentes, ampliando oportunidades de inversión, comercio y cooperación tecnológica. Paralelamente, es fundamental robustecer las instituciones democráticas, mejorar la calidad del gasto público y elevar la transparencia, garantizando así mayor confianza interna y externa. Y por sobre todo, apostar por la educación de calidad.