APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -El artículo sostiene que la actual escalada de Estados Unidos e Israel contra Irán no puede entenderse solo como un episodio militar, sino como parte de una peligrosa convergencia entre disputa por recursos estratégicos, unilateralismo imperial, retórica religiosa y reconfiguración del poder mundial. Advierte que, detrás del lenguaje de la “guerra santa” y de los relatos civilizatorios, se ocultan viejas lógicas de rapiña geopolítica, control energético y contención de potencias como China y Rusia, en un contexto donde el derecho internacional y la diplomacia ceden terreno ante la amenaza, el chantaje y la guerra.
“Cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima.” — Hiram Johnson.
El mundo comienza a cruzar los umbrales de una fase especialmente peligrosa de la política internacional, en la que la disputa por recursos estratégicos se entrelaza con discursos ideológicos y religiosos. La actual escalada militar desatada, en pleno proceso de negociaciones, por Estados Unidos e Israel contra Irán no solo reconfigura el tablero geopolítico de Oriente Medio, sino que amenaza con desencadenar una crisis energética global de proporciones históricas.
Según análisis recientes del Financial Times, el planeta atraviesa una de las mayores interrupciones del suministro energético de las últimas décadas. No se trata de una exageración. La reducción del flujo de petróleo a través del estrecho de Ormuz —uno de los principales corredores energéticos del mundo— está provocando la salida de más de 10 millones de barriles diarios de crudo del mercado internacional. A ello se suma la caída de alrededor de 5 millones de barriles diarios en productos petroleros y gas licuado de petróleo, así como el estancamiento de exportaciones de GNL que representan cerca del 20 % del comercio global.
El resultado inmediato es una volatilidad extrema en los precios. Pero el problema no es únicamente financiero. Incluso una liberación masiva de reservas estratégicas sería incapaz de compensar plenamente el déficit energético si la crisis se prolonga, sobre todo ahora que la anunciada victoria relámpago no pasó de ser una previsión muy distante de la realidad.
Detrás de esta situación asoma un elemento que recorre buena parte de la historia contemporánea. Más allá del propósito de consolidar la hegemonía de Israel en la región y de desconocer, en los hechos, la existencia del martirizado pueblo palestino, aflora con claridad —como en los tiempos de apogeo del colonialismo europeo— la lucha por el control de los recursos estratégicos de una región extraordinariamente rica.
No se trata solo de petróleo, gas y rutas comerciales. También entra en juego la política de contención y debilitamiento estructural de China y Rusia, potencias que durante décadas han mantenido influencia política, militar, energética y diplomática en Oriente Medio.
Oriente Medio concentra algunas de las mayores reservas de hidrocarburos y de minerales clave para las industrias modernas del planeta. Por eso, el control de sus rutas de exportación, de sus alianzas estratégicas y de sus equilibrios internos sigue siendo un factor decisivo en la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, donde las normas del derecho internacional y la diplomacia fueron desplazadas de hecho por las amenazas directas, el chantaje y las intervenciones militares al margen de cualquier consenso posible.
En el plano personal, la política exterior agresiva de la administración de Donald Trump, el creciente nivel de peligrosidad de sus decisiones y la influencia determinante de poderosos grupos de presión e intereses estratégicos alineados con Israel en las grandes definiciones de Washington, suma un componente analítico adicional.
La ofensiva contra Irán —ejecutada junto a Israel al margen de cualquier consenso internacional— puede interpretarse como una nueva expresión del unilateralismo estadounidense-israelí, esto es, una forma de actuación que desconoce el derecho internacional, desprecia la diplomacia y opera sin medir consecuencias.
Mientras el presidente estadounidense declara que la guerra “va muy bien” y que podría terminar “cuando él lo decida”, algunos de sus aliados describen el conflicto en términos religiosos. Funcionarios e incluso mandos militares citan pasajes bíblicos para justificar la devastadora operación en curso.
Estamos ante una retórica peligrosa porque transforma una disputa geopolítica en una supuesta “guerra santa”. Es conocido que cuando las guerras se presentan como misiones providenciales, el espacio para la diplomacia prácticamente desaparece y los conflictos envueltos en esa narrativa moral absoluta tienden a radicalizarse y prolongarse. La lectura religiosa y civilizatoria, magistralmente representada en las intervenciones escritas de Pelegrín Castillo, simplifica de manera grosera procesos históricos complejos y termina funcionando como coartada ideológica para la violencia. Reducir los conflictos de Oriente Medio a una supuesta “ola civilizatoria islámica” suplanta el rigor analítico por propaganda tramposa. Resulta falso que el conflicto actual comenzara en 1978 y también lo es entenderlo como un mero choque entre “Occidente” y una civilización anclada en el siglo VII. La realidad es que sus raíces se hunden en el colonialismo europeo, en la partición del Imperio Otomano, en la creación de Israel en 1948, en las guerras regionales respaldadas desde las sombras por Estados Unidos y en décadas de intervenciones y ocupaciones militares de las grandes potencias. Presentarlo como una batalla entre bloques culturales homogéneos encubre la historia real, borra la diversidad del mundo musulmán y normaliza la guerra permanente como si fuera una fatalidad histórica.
Cuando la complejidad histórica se sustituye por relatos civilizatorios, el análisis muere y empieza no solo la propaganda, sino también la justificación odiosamente velada con lluvias tóxicas de erudición.
El hecho es que la guerra actual refleja una lógica de rapiña geopolítica cada vez más evidente. Ya las intervenciones militares ni siquiera necesitan justificarse con los viejos argumentos de seguridad colectiva, sino con el acceso violento a riquezas ajenas. La ampolla maldita de ántrax de Colin Powell ya no hace ninguna falta. Las consecuencias potenciales de esta dinámica van mucho más allá de Oriente Medio. Una interrupción prolongada del flujo energético a través de Ormuz podría provocar inflación, desaceleración económica y tensiones sociales a escala global, al tiempo que acelera una escalada mayor.
El resultado es un panorama mundial marcado por la incertidumbre, donde la combinación de crisis energética, rivalidades geopolíticas, discursos religiosos y debilitamiento del derecho internacional dibuja un escenario particularmente volátil.
La actual crisis podría marcar el inicio de una nueva etapa de confrontación global, incluso nuclear, en la que la disputa por la energía, la hegemonía y los recursos ajenos arrastra al planeta hacia un horizonte cada vez más peligroso.