“El verdadero conservador es quien sabe distinguir entre lo permanente y lo transitorio”.- Russell Kirk.

 

APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -Ciertos lectores podrían preguntarse qué hago en un medio especializado en temas económicos y financieros abordando cuestiones que, en apariencia, pertenecen al ámbito moral o patriótico. La respuesta es que desde hace tiempo entendemos que la economía está sostenida por valores, decisiones colectivas y una determinada comprensión de lo que una nación es y aspira a ser.

El hecho es que, muchas de las reflexiones y propuestas más necesarias pasan inadvertidas, incluso para quienes, desde las aulas y los espacios de formación, tienen la responsabilidad de explicarlas o rebatirlas. Esta introducción viene a propósito de uno de los planteamientos recientes de Pelegrín Castillo, que contiene una intuición que merece ser tomada en serio.

En una época marcada por la incertidumbre global, la erosión de las identidades nacionales y la fragilidad de los Estados frente a fuerzas económicas y geopolíticas superiores, reivindicar la dominicanidad como fundamento histórico, cultural y moral constituye un llamado legítimo a la responsabilidad colectiva. Ninguna nación puede proyectarse hacia el futuro si pierde el vínculo con aquello que le ha dado origen y sentido.

Conservar, como propone Castillo, no es una actitud retrógrada, sino una necesidad histórica. Preservar la soberanía, la cultura, la memoria, la capacidad productiva y la cohesión social forma parte del instinto de supervivencia de toda comunidad organizada. Las naciones no existen únicamente por sus leyes. Permanecen por la conciencia que sus ciudadanos tienen de pertenecer a un destino común.

Pero el propio planteamiento introduce una tensión que exige claridad. Se afirma la necesidad de conservar, pero al mismo tiempo se convoca a una gran transformación y a la construcción de una nueva República. Esta aparente contradicción revela un punto esencial ya que conservar no puede significar inmovilizar la sociedad ni idealizar el pasado como si fuera un estado perfecto que solo debe ser defendido. Las sociedades exitosas son aquellas que saben cambiar sin perder su esencia.

Las entidades que lograron preservar su identidad no lo hicieron resistiendo todo cambio, sino orientándolo, corrigiendo sus debilidades internas, fortaleciendo sus instituciones y edificando economías capaces de sostener su independencia real. La identidad no se conserva mediante el aislamiento, sino mediante la adaptación consciente y creativa.

En este punto, resulta necesario examinar con equilibrio el énfasis en las amenazas externas, que existen y no deben ser ignoradas.

Pero ninguna nación es verdaderamente vulnerable desde fuera si no ha sido previamente debilitada desde dentro. La corrupción, la fragilidad institucional, la desigualdad y la ausencia de un proyecto nacional coherente y compartido no son en esencia imposiciones extranjeras, sino el resultado de decisiones acumuladas en nuestras propias estructuras.

La soberanía no se pierde primero en las fronteras, sino en las instituciones. Se pierde cuando el Estado deja de ser eficaz, la economía deja de generar oportunidades reales y la sociedad pierde confianza en sí misma. Ningún discurso patriótico puede sustituir la necesidad de construir un Estado funcional y una economía capaz de sostener el bienestar de su población.

El mayor valor del planteamiento de Castillo radica en su llamado a recuperar el sentido de propósito nacional. Es necesario en una sociedad que con frecuencia parece avanzar sin una visión clara de sí misma. Pero ese propósito no puede construirse desde el miedo ni desde la nostalgia, sino desde la lucidez.

Conservar no es resistir el tiempo, sino comprenderlo; no es proteger el pasado como una reliquia: mejor tratemos de convertirlo en una fuente de orientación para el futuro. El desafío dominicano no es elegir entre conservar o transformar, sino aprender a transformar sin dejar de ser. Solo así la dominicanidad dejará de ser una consigna defensiva y se convertirá en una fuerza histórica consciente, capaz de sostenerse no por el temor, sino por la voluntad firme de existir y perdurar.