APUNTE.COM.DO, Madrid.- El docente es una figura clave para detectar la situación vital del estudiante, aunque su papel no es diagnosticar ni tratar, sino detectar, acompañar y derivar a los servicios especializados en colaboración con las familias.
Esta es una de las principales conclusiones del ‘Vademécum salud mental y bienestar emocional en la escuela’ elaborado por un equipo de psicólogos y especialistas, que dirigidos por el doctor en Psicología y en Ciencias de la Salud Javier Urra, también exdefensor del menor, responde a 115 preguntas a través de una guía para el profesorado.
Con la colaboración de Siena Educación, Fundación Mapfre y Grupo Anaya esta guía de consulta publicada este miércoles orienta al docente sobre cómo afrontar trastornos que pueden surgir en el alumnado, situaciones de acoso escolar, de autolesiones o incluso de ideas suicidas.
Con este ‘Vademécum’, el profesorado tiene herramientas para actuar y sobre todo para detectar problemas a tiempo.
Urra incide en que el rol del docente es fundamental para detectar señales que pueden estar detrás de casos de ansiedad, trastornos de pánico, depresión, trastornos del comportamiento, de malestar psicosomático, de problemas de conducta alimentaria o incluso de autolesiones o ideas suicidas.
El psicólogo Javier Urra en una imagen de 2023. EFE/Daniel Pérez
Estos son los problemas de salud mental más recurrentes en los estudiantes, señala en este libro en el que muestra preocupación por el trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA), que ha aumentado significativamente y está relacionado con la presión social y la estética en redes que ha generado una peor autoestima y un exceso de exigencia.
Asimismo, avisa de que existe una elevada ansiedad en el alumnado, por presión académica o miedo a no encajar en el grupo, mientras que la depresión alcanza cifras que son «cada vez más alarmantes» y «a menudo se enmascara en cambios de conducta, irritabilidad, aislamiento y conductas explosivas sin causa aparente».
Recuerda que el suicidio es la segunda causa de muerte no natural entre jóvenes de 15 a 25 años.
Explica que los problemas emocionales no se manifiestan igual en la niñez que en la adolescencia, ya que entre los 6 y los 12 años salen los sentimientos a través de rabietas, llanto frecuente, agresividad, dificultades para hacer amigos o quejas físicas como dolor de estómago.
Entre los 12 y los 18 años predominan otras señales, como la tristeza persistente, la apatía, la desesperanza o también se exterioriza de forma extrema con agresividad o con una rebeldía constante.
¿Cómo detectar malestar en el alumno?
El bajo rendimiento escolar puede ser un indicador de problemas emocionales subyacentes, ya que estos afectan a la concentración, a la motivación y a la asistencia a clases, así como cambios en el estado de ánimo (tristeza persistente, expresiones como «no valgo para nada», miedos injustificados o cambios bruscos de humor).
Dificultades académicas repentinas, conductas solitarias, cambios físicos (en el sueño o en el peso) o quejas de dolor de cabeza y estómago sin causas médicas, son otros indicadores.
Un joven consulta su teléfono móvil en Madrid. EFE/Mariscal
Urra destaca que el profesorado como observador diario puede dar estas señales de alerta, aunque deja claro que su función es derivar al alumno hacia profesionales especializadas avisando a las familias, pero no intervenir.
«El rol del profesor es ofrecer contención, acompañamiento y un espacio de escucha segura, pero debe reconocer los límites de su papel», señala esta guía.
Observar patrones, acercarse con empatía al alumno, preguntando sobre cómo se sienten de manera privada y sin presión, fomentar la confianza y trabajar con el equipo educativo y las familias para dar una respuesta integral es clave, señala.
El entorno escolar: factor de protección o de riesgo
En la escuela los estudiantes descubren su identidad, socializan y hacen amistades, pero la diferencia entre un clima emocional positivo y respetuoso y un entorno hostil que genera ansiedad, comparaciones o frustración es clave, explica la guía que ve fundamental una buena actitud del profesorado y un espacio educativo que promueva la diversidad y la inclusión.
Los profesores pueden crear un ambiente de aula que promueva la salud mental positiva, promoviendo el respeto mutuo, estableciendo normas de convivencia claras, animando a los estudiantes a hablar de sus emociones sin juicio de valor y evitando la carga de tareas académicas.
Recomienda incluir actividades sobre resolución de conflictos, empatía, asertividad, autocontrol y reforzar los logros, «por pequeños que sean».
La guía da respuesta a preguntas como: ¿por qué se produce el acoso escolar en las aulas?, ¿qué tipo de apoyo psicológico necesita el acosado y el agresor?, ¿qué debe hacerse tras el conocimiento del suicidio de un alumno o alumna o de un trabajador del centro?, ¿cómo intervenir si se sospecha de malos tratos en el hogar? o ¿a quién debo informar primero si identifico un abuso sexual?
También aborda el problema de las adicciones a sustancias, al juego o a las pantallas, además de la identidad sexual o cómo identificar pautas en los padres y madres que pueden desestabilizar emocionalmente al alumno.