APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -Me impacta, me impresiona, me decepciona y, debo decirlo sin rodeos, me repugna ver cómo en
este gobierno del cambio que encabeza el presidente Luis Rodolfo Abinader Corona, surgen
voces de dirigentes del PRM, funcionarios, líderes políticos y sociales, planteando la
descabellada idea de limitar, restringir y poner mordaza a periodistas, influencers,
comunicadores y hacedores de opinión para impedir que se expresen libremente y sin cortapisa.
Resulta una contradicción grotesca y una ingratitud histórica, que muchos de los que hoy ocupan
posiciones de poder llegaron ahí gracias, precisamente, a esos sectores que alzaron la voz,
denunciaron abusos de los gobiernos del PLD, se movilizaron, protestaron y se lanzaron a las
calles, a los parques y las plazas públicas del país en protestas y reclamos. Sin esa presión
social, sin esa libertad de expresión viva y sin miedo, no habría habido cambio ni PRM en el
poder.
Al parecer, la “M” se le subió a la cabeza a varios líderes políticos y funcionarios de esta
administración del gobernante Abinader. Perdieron de vista el origen del proceso de
transformación que vendieron al país y olvidaron qué fue lo que dio nacimiento al Partido
Revolucionario Moderno. A veces uno se pregunta, con legítima preocupación, qué estarán
tomando, comiendo o fumando, para atreverse a plantear propuestas tan absurdas, peligrosas y
contrarias a la democracia.
Lo que más llama poderosamente la atención y decepciona, es ver que algunos de los
principales líderes y dirigentes políticos promotores de estas ideas antidemocráticas, son los
mismos que durante los gobiernos del PLD, hicieron uso y abuso de la libertad de expresión y
difusión del pensamiento, consagrada en la Constitución y en las leyes dominicanas. Esos doble
moral, para justificar su desacierto anti democrático en contra de los periodistas que
responsablemente hacen denuncias jugando su rol, tipifican y califican de chantajistas y
extorsionadores, siendo ellos los maestros en esa materia…
Esos detractores y persecutores de la prensa no solo la usaron, también la prostituyeron. Se
extralimitaron en prácticas de chantaje y extorsión contra funcionarios, líderes políticos y
empresarios, estableciendo un verdadero modus operandi delictivo. Hoy, esos mismos
personajes pretenden dar lecciones de moral, quieren practicar la ética en calzoncillos y erigirse
en jueces de quién puede hablar y quién no en los medios de comunicación.
La libertad de expresión no es una concesión del poder, es un derecho fundamental y
constitucional. Cuando un gobierno que se dice ser democrático comienza a coquetear con la
censura, queriendo restringir los medios de comunicación, empieza a parecerse peligrosamente
a aquello que juró combatir, respetar y representar.
El cambio no se defiende con mordazas y poniendo cortapisas, se defiende con transparencia,
coherencia y respeto a las libertades públicas. Todo lo demás es retroceso, traición al discurso y
un grave error histórico que el país no está dispuesto a repetir. Hoy más que nunca, sin libertad
de expresión no hay democracia, y sin democracia no hay cambio.