“El oro es dinero. Todo lo demás es crédito”.- J. P. Morgan
APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -El precio del oro está en niveles históricos. Esta semana ronda los US$4,500 por onza troy, un máximo nominal sin precedentes, y las proyecciones más optimistas -como las de Goldman Sachs- lo sitúan cerca de los US$4,900 hacia fines de 2026. En paralelo, otros minerales estratégicos como la plata, el platino, el cobre y el litio comienzan a revalorizarse en un contexto de inflación, tensiones geopolíticas y creciente desconfianza en el dólar estadounidense.
Parecería un fenómeno anecdótico o puramente financiero. Pero no, el oro, lejos de ser una reliquia del pasado, vuelve a ocupar un lugar central en la arquitectura económica global. Desde nuestra perspectiva su repunte refleja tanto la fragilidad de las monedas fiduciarias como un desplazamiento estratégico en la composición de las reservas internacionales.
Sabemos que, históricamente, el oro fue la mercancía monetaria por excelencia. Su durabilidad, escasez y aceptación universal lo convirtieron durante siglos en la medida última del valor.
Con la expansión del capitalismo industrial y del comercio global, fue progresivamente desplazado por monedas fiduciarias, un proceso que culminó en 1971, cuando Estados Unidos abandonó definitivamente el patrón oro, consolidándose desde entonces el dólar estadounidense como moneda de reserva global. Lo que vemos hoy es que ese orden comienza a mostrar fisuras.
El crecimiento sostenido de la deuda pública estadounidense (a diciembre de 2025, ya había superado los US$38 billones (USD 38 trillions, 120% del PIB), la emisión monetaria masiva posterior a la pandemia y la persistencia de la inflación terminaron erosionando el poder adquisitivo del dólar.
Sumemos a ello como factor decisivo la creciente politización del sistema financiero internacional. El congelamiento de activos soberanos y el uso de sanciones económicas como herramienta geopolítica forzaron a numerosos países a replantear la seguridad de mantener sus reservas concentradas en una sola moneda.
Los datos confirman este giro. El oro ya representa cerca del 30% de las reservas internacionales de los bancos centrales, mientras que la participación del dólar ha descendido del 43% al 40%. En términos de valor, por primera vez desde mediados de los años noventa, los bancos centrales poseen más oro que bonos del Tesoro estadounidense. No es una reacción coyuntural.
Estamos ante una estrategia deliberada de diversificación y protección frente a riesgos monetarios y políticos. La guerra en Ucrania, las tensiones en Medio Oriente, la rivalidad entre Estados Unidos y China, las acciones militares unilaterales de los Estados Unidos para imponer sus designios geopolíticos y la proliferación de conflictos comerciales incrementan la demanda de activos refugio.
En este escenario, el oro -que no depende de ningún emisor estatal- vuelve a ser percibido como un resguardo frente a la volatilidad sistémica.
Otros minerales estratégicos también ganan protagonismo. El cobre, mineral esencial para la electrificación y la transición energética, hoy enfrenta presiones alcistas por restricciones de oferta y una demanda estructural creciente.
El litio, clave para las baterías y la movilidad eléctrica, se ha convertido en un activo geopolítico central, especialmente en América del Sur y Asia. La plata y el platino, con usos industriales y financieros, se benefician tanto de la demanda tecnológica como del aumento de la especulación.
¿Cómo impacta la dinámica financiera la amplificación de tal movimiento? El temor a quedar fuera del ciclo alcista impulsa los flujos especulativos hacia los metales, particularmente el oro. Sin embargo, a diferencia de otros activos financieros, el oro mantiene una base material y un rol institucional que refuerzan su atractivo en escenarios de incertidumbre prolongada.
El repunte del oro anticipa un orden monetario más fragmentado y multipolar. La revalorización de los minerales estratégicos señala un entorno de mayor competencia, menor confianza y creciente disputa por recursos críticos. La seguridad vuelve a buscar refugio en activos tangibles frente a un crédito cada vez más tensionado.