Se buscan abuelos: la otra soledad que nadie quiere ver

Por Ramiro Estrella | Apunte.com.do

Viven en silencio. A veces en una mecedora, mirando la puerta, esperando un saludo. Otras, con la televisión encendida todo el día, no por entretenimiento, sino por compañía. Son nuestros abuelos, y muchos de ellos están solos. Tristemente solos.

En los barrios del Gran Santo Domingo, en pueblos de toda la geografía nacional, cientos de ancianos sobreviven sin más consuelo que una pensión mínima —cuando la hay— y recuerdos que ya pocos quieren escuchar. Algunos, con suerte, reciben una visita ocasional. Otros, ni siquiera eso.

La soledad de nuestros mayores es una epidemia silenciosa. No se habla en los medios, no figura en los debates electorales, no levanta pancartas en protestas,pero está presente todos los días, en cada rincón donde un abuelo espera sin esperanza.

La migración, el trabajo, la rutina acelerada… todo ha empujado a que la familia dominicana se vuelva más ausente. En muchos hogares, los hijos se fueron. En otros, viven cerca, pero no se detienen a visitar.

“Mami, estoy muy ocupado”, es la frase que más duele. Y también la más repetida.

Y cuando finalmente alguien toca la puerta, el rostro del abuelo se ilumina, porque ya no esperan regalos ni grandes favores, solo algo que en esta era de hiperconectividad parece escasear: un poco de tiempo y conversación.

La situación es tan alarmante que organizaciones como el CONAPE (Consejo Nacional de la Persona Envejeciente) han comenzado campañas para fomentar el vínculo intergeneracional, rescatar valores familiares y crear espacios de acogida emocional. Porque no solo falta comida: falta afecto, compañía, reconocimiento.

“Yo no quiero regalos, ni dinero. Solo que me escuchen un ratito”, me confesó doña Ángela, de 81 años, en una casita de madera en Villa Mella. "A veces paso el día entero sin que nadie me hable. Ni una llamada. Ni un '¿cómo amaneciste?'".

La soledad no mata de golpe, pero va desgastando el alma. Es un deterioro invisible: empieza con el abandono, sigue con la tristeza, y termina en enfermedades que se agudizan por la falta de estímulo emocional.

En muchos países se han creado programas de "adopción afectiva de abuelos", donde jóvenes y adultos visitan regularmente a ancianos sin familia cercana. En República Dominicana, estas iniciativas apenas asoman. Pero urge actuar.

Mientras hablamos tanto de progreso, de redes sociales, de inteligencia artificial...
¿Quién cuida a los que nos cuidaron?
¿Quién se acuerda de los que nos enseñaron a caminar, a rezar, a ser personas?

La sociedad que olvida a sus ancianos, se olvida a sí misma.
Y lo que hoy ignoramos, mañana puede ser nuestro propio destino.