PREFACIO
A GH…
«Cada vida tiene su ventana. La existencia misma es una descomunal abertura por la que se nos escurre la vida, casi siempre sin advertirlo o midiendo su escape gota a gota. »
HILMA CONTRERAS
Es, quizás, Hilma Contreras, sin lugar a dudas, una narradora excepcional; que aun siendo afrancesada por haber vivido prácticamente dos décadas de su juventud en Francia cuando sus padres se establecieron en Cabourg-Normandía en 1913 y, posteriormente, en los años sesenta, indiscutiblemente su cultura es cosmopolita. Como escritora, a mi modo de ver, irradia eso: a una creadora europeizada, esencialmente existencialista, merecedora de muchos elogios y, por qué no, de estudios aún pendientes sobre su escritura.
Hilma, entiendo, sí se debatió a partir de 1933 sobre ese ‘algo’ que exclamamos: «Yo quién soy»; no cómo una simple búsqueda de definición de su identidad genérica, sino preguntándose sobre cuál era el rol que iba a asumir al retornar de París, desde la 251, Rue Lacourbe a Santo Domingo, desafortunadamente con prisa, para iniciar el proceso del divorcio de sus progenitores.
En abril de ese año, el si-no de su realidad no tiene otras premisas que moldear su carácter recio; ese que conocimos, del cual se revistió cuando decepcionada hizo la ruptura con su padre el médico-cirujano Darío Contreras y, acaso, tuvo el nacimiento peculiar de encontrarse con ella a solas, con el saber, con todo a lo que a su alrededor no estuviera marcado por el egocentrismo patriarcal.
II
No es simple, no es sencillo, adentrarse en su vida para interrogarla. Así, creo, considero también que, la interpretación crítica de su obra va de la mano junto a ese contexto de su ayer; ese ayer que revela la lectura de sus textos, de sus imaginarios, de su autoexilio interior, del ennoblecimiento de sus ideales para la Humanidad, a lo cual, tal vez, contribuyeron sus lecturas y, que posteriormente, desarrolló en los ensayos que escribiera cuando cursaba la carrera de Filosofía en la Universidad de Santo Domingo.
Enjuiciar a Hilma —nooo… no debo decir enjuiciarla— es, navegar por sus invertebrados misterios y secretos, que, tal vez, son los mismos míos. Advertir cuáles ideas, cuáles pensamientos adquieren un significado en su quehacer literario; es, además, ir detrás de cuestiones que vio, que sintió, que vivió, o, a la inversa: que procuró vivir y, no lo hizo por prejuicios, por estereotipos y temor a la censura de su madre, Juana Castillo. Por eso, no sé si prescindió —como mujer y narradora— de la satisfacción de la realización emocional, diríamos; esa instancia íntima, pero a la vez, mitificante que otorga sentido a los laberintos por los cuales atravesamos, a veces, las mujeres que llaman ‘sufridas’ o envueltas en la coraza de su temperamento.
Escribo así, para ustedes, uniendo a las dos Hilma (la escritora y la mujer), ya que ambas encierran la utópica rebelión de Hilma, sí, utópica, y su universo mutilado por el «qué dirán» sobre ella, los suyos y los otros. Esa es la ambigüedad de su personalidad, que en cierta forma es la misma mía propia. Tememos tanto, que aun cuando nos habite y procuremos un ideal poético/platónico de realización afectuosa/amorosa, de complicidad/confidencialidad lo postergamos, y este anhelo va pereciendo, porque aunque surja —en nosotras, entre nosotras— no sabemos continuar o vivir viviendo.
Hilma fue una mujer que, aun cuando nació en el seno de una familia burguesa, y en un ambiente de privilegios sociales y económicos; que habría olvidado, además, su jerarquía de clase para ‘vulnerar’ con su narrativa el patriarcado, lo único que se negó rotundamente a acatar fue la domesticidad impuesta. Sé que era —como se ha pretendido definirla— «libérrima», por aquello de su célebre frase: «Siempre he relacionado la soledad con la libertad. Por tanto, primero instintivamente y luego conscientemente escogí la soledad y creo que valió la pena. ».
Sin embargo, ahora, transcurrido un tiempo prudente desde su fallecimiento, y luego de leer su diario amoroso, que aún permanece inédito, me preguntó —más aun— sobre su intimidad afectiva y, si pudo ‘sacudirse’ de la heredad de la culpabilidad de otras que se dejaron vulnerar en su identidad en la sociedad tradicional de Santo Domingo, Santiago de los Caballeros y de San Francisco de Macorís donde vivió parte de su segunda adultez y los patrones culturales ‘transferían’ a las mujeres toda la responsabilidad para alcanzar la ‘felicidad’ añorada en el hogar o la vida marital.
Sé que ella, a fin de cuentas, hizo su voluntad, su voluntad liberada (escoger la soledad) y, escribir (ficción o no) sobre lo que explora y expone en cada relato que a lo largo de casi cinco décadas de ejercicio profesional escritural se recopila en este volumen contentivo de sus libros publicados desde 1962, y que compila una edición de sus primeros cuentos escritos en la región montañosa y de vocación agrícola del Cibao, desde 1941, titulados La Carnada, que hicimos circular en la sede del periódico Listín Diario, ya que fue en este centenario tabloide impreso de la ciudad capital, donde Hilma fue presentada por el profesor Juan Bosch, con su primer cuento con «sabor criollo» en 1937.
Ocurre que, Hilma —una de las féminas que más he amado— que conocí ya alcanzado lo que se llama «vejez», me permitió aproximarme a lo que llamamos el estado de conciencia en la evolución de la identidad femenina. Aun cuando permaneció, literalmente, en su casa encerrada luego de su retiro de la vida pública en 1973, los diálogos/monólogos con ella —cuando iniciamos nuestra amistad en 1986—, me hicieron ser estrictamente discreta con nuestro intercambio conversacional y confesional en torno al porqué de su «huida» de la vida pública. Por lo cual, aun guardo ciertos secretos compartidos, desde entonces.
Al principio, luego de una llamada telefónica que hice al número local del 809 532.2553 de su residencia, fue —de razones y sin razones— estar al lado de esta mujer de palpitante feminidad, de impresionante mirada, ¡bellísima!, que no apresuraba la más mínima palabra, de personalidad enigmática y silenciosa, que no declaraba nada sobre sí, no obstante, mi insistencia febril. Fue una lucha tenaz entrar a su zona de confort; a la zona donde la única rentabilidad posible para ambas era la admiración, el valor del detalle de las cosas que intercambiábamos, el acontecer, el momento, nuestras aficiones, recuentos dignos de lo vivido, evocaciones gratas del porqué vistió «de hombre en París» para ir de fiesta, mientras estudiaba en el Lycée Víctor Duruy —33, Boulevard des Invalides— Versailles, de 1925 a 1926, junto a sus condiscípulas, entre ellas, Colette de Jouvenel, la hija de la eximia escritora de quien leían sus libros a escondidas.
Desde entonces; sí, desde entonces, hicimos nuestra la complicidad afectiva, y la confluencia de un destino común: ambas éramos solteras, y ambas amábamos escribir, e intercambiar impresiones. No olvido aquella llamada de Hilma, solícita, diciéndome: «Ylonka, ¡por Dios! Pero, ¿cuándo es que vas a venir a verme? —Me duelen los ojos de no verte. » A lo cual correspondía. Llegaba a su casa y, de frente, me esperaba su esplendoroso jardín colmado por los multicolores de flores abiertas, de una multitud de pétalos de trinitarias; las mismas plantas que me recordaban mi niñez, mi niñez feliz; que se elevaban con sus fuertes ramas en danza vegetal hacia el cielo procurando aire y sol para mostrarse siempre alegres.
III
Sé que los lectores —unos, más que otros— suelen ser muy subjetivos, sensibles y sensitivos al interpretar las opiniones que escuchamos de si «gustó» o no lo leído, o si el texto produjo algún tipo de placer, al menos que se dejen vencer por lo estrictamente depurado o no del lenguaje o la estructura narrativa, o las técnicas empleadas por quien escribe cuentos o relatos; pero sé, ¿por qué digo sé?, no obstante, que hay lectores curiosos que procuran conocer interioridades sobre las vidas de las autoras que seleccionan para leer.
Por eso, procuro a esos lectores «curiosos» y, me aventuro a compartirles estas palabras, a los que van más allá no solo de leer el marco social o psicológico de cada uno de los personajes de estas historias contenidas en esta edición, sino que hurgarán, también, sobre qué pensaron, cómo vivieron las protagonistas contrerianas y su proyección imaginaria, ya que, posiblemente, se inclinarán por encontrar el sentido de sus existencias en la existencia misma de la autora, es decir, de Hilma. Esas otras dibujadas o desdibujadas, al borde de un precipicio o de un vacío emocional, atentas o vigilantes a la crueldad mental del otro, envueltas en las complejidades de un decir y un no-decir, habitando a solas y sola a su piel, limitadas en sus escenas de actuación/compresión por lo que tienen a su alrededor; derribando prejuicios, estereotipos o discriminaciones; desmitificando creencias, religiosas o prácticas de sincretismo; reconstruyendo sus propios discursos en torno a las desigualdades genéricas o de clases, integrándose a una conciencia política combativa, desgraciándose a ellas mismas sus vidas y siendo víctimas de su candidez; lamentando no tener voluntad de vivir, pero sí de luchar; desintegrando el fracaso propio, porque no serán ofrendas de silencio para el machismo extremo que destruye el cuerpo y el intelecto femenino; enseñándonos que lo prohibido puede hacerse realidad; que hay que hacer, pero dejar fluir las cosas; que sí, somos diferentes, las mujeres a los hombres; que sí, que es cierto, que nos resistimos al olvido; que la otra, la otra somos todas, las de siempre y de antaño con nuestras sabidurías antiquísimas.
Las muchas Hilmas contenidas aquí, e irremplazables, en cada historia contada, son, provienen de la Hima que se asumió mujer, que no procreó, que tuvo un amor-secreto con el cual no logró tener la oportunidad de sentir la intensa pasión que procuraba encender en el otro.
Son muchas Hilmas fragmentadas en esta compilación de todos los cuentos publicados por la primera autora de la República Dominicana en recibir, ya casi invidente, el Premio Nacional de Literatura en el 2002. Aquí está su voz, su voz de narradora, que puede identificarse con ese estilo propio de ella, de maestría, que he llamado «arquitectónico», cual se hace la construcción, ladrillo sobre ladrillo, del ábside de una catedral medieval.
Su maestría es indiscutible. Capacidad de síntesis. Precisión en el detalle, y la recreación de la atmósfera. Sus temas verídicos —sobre su postura o perspectiva sobre un caso o ‘suceso’ — sobrellevan y muestran secuencias interesantes. Ella veía y vigilaba su alrededor pueblerino y, después urbano. Se autoexiliaba y se damnificaba accidentalmente en la colina La Ermita. Expresaba con su narrativa de rica poética, a veces, los claroscuros de vidas que podían extinguirse en el absoluto. No creía en los finales ‘rosa’, pero cerraba el círculo del azar concurrente. Daba el orden lineal o no, a lo que se proponía referirnos como relato.
A los cuatro vientos ¿qué puedo proclamar sobre esta autora, que tal vez no se emancipó de sí misma, como tampoco lo he logrado yo? Hilma no tuvo ropajes superfluos ni máscaras para simular. Vivió su destino intrincado entre múltiples ‘facetas’, necesarias para su sobrevivencia humana, para no perecer en medio de una dictadura que se prologó por veintiocho años, justo después de regresar de París, en 1933.
Las circunstancias que se desarrollaron —en contrapunto— en torno a su vida y las circunstancias particulares del ejercicio de su hacer literario, a todas las colocó en conflicto, para que estuvieron de frente a la esperanza de que terminara la opresión de la tiranía iniciada en 1930. Atrapada, sin pasaporte vigente ni autorización para salir del país, solo podía escaparse a lo que ella llamó su Villasonium. Sin embargo, ese discurrir del tiempo como un tiempo gris en Santo Domingo, no pudo callar la conciencia de Hilma forjada con los cimientos de la ilustración francesa. Vivió la soledad existencial y la soledad de rumiar, así como la soledad donde se llora el llanto mayor: la falta de libertad de todo un pueblo, de una Nación enclavada en el Caribe español que se resistía a la eternidad de las sombras del oprobio.
No obstante, agobiada —hondamente por un destino personal que le impedía dar nombre al fatalismo de la República Dominicana de 1930 a 1961—, Hilma tuvo la voluntad de reponerse al encierro de estar, prácticamente, en cautiverio por ser desafecta al régimen del dictador Trujillo. No quiso perder las esperanzas, a pesar del agotamiento y frustración de toda una generación de jóvenes inmortales que fue exterminada en el fragor de las luchas de resistencia, víctimas de la delación, caídos, además, en el combate armado donde se inmolaron y perecieron cruelmente y, de otros, que no tuvieron otra opción —como válvula de escape ante la cruel enajenación y, para su sobrevivencia del infortunio— que no fuera elegir el exilio.
Quizás es, posible, no lo niego, que todas estas circunstancias agriaran el carácter de la escritora de la cual les comparto mis reflexiones. No olvido aquella frase de ella, dicha a mí, en una de mis visitas sabatinas a su casa de la avenida 5ta., número 14 de la Urbanización Jardines del Sur: «A mí se me ha secado el alma de tanto llorar.»
Quizás, también, es posible que la falta de libertad sea la peor enemiga de los pueblos, pero irónicamente, la mejor amiga de la creatividad y de las ideas.
La libertad aprisionada, la violencia golpeante en los sentidos, hicieron que Hilma cincelara su oficio de escritora cual escultora que va moldeándose a sí misma para nacer a la vida y, posteriormente, renacer.
Hilma, entiendo, se hizo infalible, finalmente, al oprobio de toda una época que le tocó padecer, aquí, en su tierra natal. Sin embargo, esta discreta mujer, de trato exquisito, no ahondó nunca en rencores; emergió de esa carnada del destino, de ese alto a la felicidad, y me transmitió la frescura de su inocencia y de sus sueños, ya octogenaria. La inmovilidad, el sofocamiento, no ser vista, lo dejó también un día sábado, atrás, y emprendimos un vuelo juntas. De mi parte le ofrecí —y ella lo aceptó— mi amistad-devoción.
Me engrandezco, lo siento, cada día al recordarla y, más ahora, al tratar de presentarla ante ustedes. Fue como me dijo mi amiga, la primerísima actriz dominicana Sylvia Troncoso (1952-2011): «Llegará el tiempo que el nombre de Hilma y el tuyo estarán unidos. » O, como me expresó la escritora Lucía Amelia Cabral: «Tú le regalaste a este país a HIlma Contreras. »
Ahora, me complazco en regalarles a ustedes a mi adorada Hilma, a mi George Sand, a quien tuve el privilegio de despedir en su última morada en su natal San Francisco de Macorís, un lunes 16 de enero de 2006, luego de su fallecimiento el día anterior el 15, justo en la fecha con la cual cierra su Diario Íntimo de su amistad amorosa con Segundo Serrano Poncela (1912-1976), el exiliado español, llegado a Santo Domingo, del llamado grupo de «los rojos» como les denominó el Ministro de Interior de la dictadura en la prensa local, al advertirles —amenazantemente— sobre sus actividades conspirativas.
Gracias mil, a Miguel de Mena, editor de esta compilación de los cuentos más que completos de Hilma Contreras (1910-2006) por su generosidad invalorable de recordarla así conmigo, a través de la literatura, y por su insistencia de que escribiera este Prefacio, de manera que se pueda romper la conjura eterna de que todo es: «Silencio antes de nacer; silencio después de morir. Vivir anhelante entre dos silencios. » (Hilma Contreras).
Siempre,
Ylonka Nacidit-Perdomo
Albacea literaria de Hilma Contreras
Santo Domingo, República Dominicana
04 de julio 2021.