Después de 14 años y siete meses de reclusión en la cárcel La Victoria, por feminicidio, Reyno Montero Encarnación ha llegado a la conclusión de que a “una dama no se puede tocar ni con el pétalo de una rosa”.

Este feminicidio, que Montero Encarnación atribuye a los efectos del alcohol, terminó con una vida joven, llevando luto a la familia de la víctima e incertidumbre a la del victimario, que ha tenido que cambiar su rutina para soportar y superar esta tragedia.

Y aunque la vida de una persona joven fue lo más valioso que se perdió, este acontecimiento también transformó completamente la existencia de Montero Encarnación, quien ha visto cómo ha transcurrido su juventud detrás de los barrotes de un penal.

Montero Encarnación, quien fue condenado a 30 años, ha comprendido, aunque un poco tarde, que no debe causar disgustos a su esposa, ni a sus hijos. Este suceso lo privó de su libertad, de ver crecer a sus hijos y de hacer feliz a su esposa, la madre de sus tres vástagos, ya que la víctima era su amante, pues había incurrido en una infidelidad.

El arrepentimiento
Su esposa no le guardó rencor, se mantuvo con él, dándole apoyo, lo visita en la cárcel y se encargó de seguir la crianza de los tres hijos que procrearon, con la ayuda de su suegro. Sin embargo, no deja de pedirle explicación, igual que hacen sus hijos. Según narra Montero Encarnación, su mujer le regaña por el hecho, y le pregunta ¿qué pasó ahí, si tú no eres un hombre violento? “Mi señora me dijo: ‘te voy a venir a ver, pero no quiero problemas’, cuenta. Y a seguidas enfatiza que “no vale la pena matar a una persona; eso nunca, jamás”.

Llevaba una relación de dos años con la joven víctima, que al momento del hecho tenía 28 años de edad, justamente los que tiene de casado con la mujer que le parió sus tres hijos.

Dos de sus vástagos ya entraron a la universidad y él ha lamentado no poder acompañarlos en esa etapa.

“Lo más valioso que he perdido al estar privado de libertad es mi familia, no poder llevar a los niños al colegio, ni acompañarlos en la universidad”, cuenta Montero Encarnación, quien tiene 46 años de edad.

Después de ese hecho, sus hijos tuvieron que matricularse en la escuela pública, porque no podían pagar el colegio donde estaban, ya que él era quien mantenía la casa.

“Yo siempre llegaba a la casa con algo para ellos”, recuerda. Luego del suceso, el padre de Montero Encarnación tuvo que ayudar con la manutención de sus hijos, pero la situación económica de su familia desmejoró después que su progenitor falleció, porque la madre no cuenta con un empleo que le genere buenos ingresos.

El tiempo de reclusión en La Victoria, donde participa en talleres sobre masculinidad sin violencia, lo han hecho reflexionar y convencerse de que no hay motivos que justifiquen el uso de la violencia contra su pareja, ni contra ninguna otra mujer.


 
“Con este curso que se impartió es muy difícil que yo violente la ley; cuando Dios me dé la oportunidad yo voy a ser un hombre útil para la sociedad; cualquier persona que necesite mi ayuda le voy a dar la mano. Si yo era amable con las personas, ahora seré más”, afirma, queriendo dar muestras de arrepentimiento.

Después de esta experiencia, aconseja a los hombres a comprender a su pareja, a respetarla y a no violentar su intimidad.

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EL CASO CONTADO POR EL ACUSADO
Tímidamente, y sin querer admitir que tuvo alguna intención de cometer el feminicidio, Montero Encarnación cuenta su versión de cómo ocurrió aquel fatal suceso que terminó con la vida de una joven, con quien llevaba dos años de relación sentimental.

De forma escueta, señala que esa noche había estado ingiriendo alcohol y que se encontraba arreglando el carro, cuando de repente alguien le pone la mano a su arma de reglamento. Según su relato, se espantó y disparó, resultando que a quien le disparó mortalmente fue a su amante, que se le apareció por detrás.

De pronto se detiene en su relato sobre el hecho para afirmar que no se considera una persona violenta. “Ese fue un hecho lamentable, del cual yo me siento arrepentido, me siento avergonzado con la sociedad. Desde el primer momento, estoy arrepentido. Yo estaba bajo los efectos del alcohol, yo no estaba en mis cabales”, dice. Los feminicidas no suelen admitir que hayan actuado de forma intencional.

Montero Encarnación es un exsargento de la Marina de Guerra, que según cuenta, temía ser atracado o asesinado porque en los días en que ocurrió el hecho de sangre, en el año 1999, delincuentes habían matado a varios oficiales.

Montero Encarnación no dio más detalles sobre el hecho, pero sí fue bastante explícito para exponer las orientaciones y aprendizajes que ha recibido en el centro sobre violencia de género.

Enseñanzas en la cárcel
Talleres sobre masculinidad En la cárcel La Victoria se imparten talleres sobre masculinidad sin violencia, cuya meta es ayudar a los presos a eliminar las conductas agresivas frente a las mujeres.

Luego, los reos se convierten en instructores, aunque no estén presos por feminicidios, como ocurre con Isael Ernesto Lugo Rosario y José Elías Estrella. Ellos han asimilado estas orientaciones y las comparten con sus compañeros de prisión.

“La violencia es una conducta; todas las conductas se aprenden y se pueden desaprender; tú no tienes una predisposición genética para la violencia”, explica Lugo Rosario. Señala que en el país existe una cultura machista que los hombres han heredado durante años.

“Todo lo que lacere los derechos básicos humanos es violencia”, dice. Mientras, Elías Estrella afirma que “no existe una justificación para la violencia”. Agrega que cuando los participantes en esos talleres se empoderan de los conocimientos que les transmiten y se sienten lo suficientemente motivados empiezan a asumir responsabilidades por sus hechos. “Los instructores, que sentimos gran responsabilidad por afectar algo de la sociedad, sentimos necesidad de ayudar a las personas”, dice. Cuando los reos reciben esas orientaciones reconocen su conducta violenta, y “la satisfacción es cuando esos muchachos nos dicen: ahora entiendo; yo pensaba que no era violento”.