¿Por qué Danilo no quiere la unidad nacional?

A Milagros, con quien sabemos de democracia,                                                                                                    y y de responsabilidad ciudadana.

 

Desde que Luis Abinader propuso un conjunto de medidas complementarias a las anunciadas originalmente por el gobierno para hacer frente a la epidemia de Coronavirus, advirtió que los intereses políticos debían ser subordinados al interés nacional.

 “Estamos en des­acuerdo en muchos as­pectos con las autorida­des y no cabe duda de que así será también en el futuro; pero en este momento de dificulta­des estamos dispuestos a trabajar unidos por el bien de nuestro país”, dijo el 19 de marzo, entrada la tercera semana de impacto del virus.

Cuando vamos para un mes y una semana del planteamiento del líder de la oposición,  y el pueblo sufre en todos sus estratos sociales y territoriales los embates del Coronavirus, el gobierno no ha tenido una reacción formal, ni ha hecho un ademán concreto que refleje su interés en la unidad.

Consciente del dictamen sinérgico de que la unión hace la fuerza, y de que el ataque viral es a todo el Planeta, Su Santidad el papa Francisco tuiteó que “los partidos políticos deben trabajar unidos contra el Coronavirus”.

Se ha producido un amplio consenso sobre la propuesta de Luis, con opiniones favorables del CONEP, el empresariado y la sociedad civil de Santiago, editoriales y comentarios de los medios, del presidente Leonel Fernández y otros partidos y organizaciones de la sociedad civil.

Pero desde la suave colina en que termina la Dr. Báez, en Gazcue, asiento del viejo palacio donde tanta maldad han incubado la ambición y el desatino políticos, no se ha producido una respuesta formal ante lo que la mayoría el país considera imperativo.

Ponderando que la unidad es oxígeno y fragua para los pueblos en lucha contra las grandes adversidades, una pregunta se impone:

¿Por qué Danilo Medina no accede a unificar a todo el país ante una devastadora epidemia que está descuartizando la economía, llevando a la quiebra a miles y miles de empresarios, agotando los ahorros de las familias, lesionando traumáticamente todo el tejido social, y configurando un umbral de incertidumbre y desesperanza para el pueblo?  

Como no hay respuestas visibles a examinar, uso el conocimiento sobre su partido, del que fui fundador, de su carrera pública y el conocimiento que tengo de amigos íntimos de ambos, de retratos hablado de las honduras de su carácter, y consultas con colegas conocedores de nuestros avatares políticos, aventuro las siguientes hipótesis:

Absolutismo de origen. Danilo es uno de los hijos políticos de Juan Bosch, líder que en mi opinión se debatió entre las contradicciones de las sordideces a que generalmente lleva el pragmatismo político, y la búsqueda de perfección del artista, el otro hemisferio de su personalidad.

Por eso encontramos en su pensamiento las estelas filosóficas de un convencido demócrata, y los arrebatos autoritarios en el ejercicio de su liderazgo político, plasmados en la tesis de la Dictadura con Respaldo Popular, una aberración nacida de sus flirteos con el mal llamado socialismo real.  

El afán de Medina de subordinar a la prensa, a sus pies casi en su totalidad, someter a su albedrío  a las élites fácticas de la sociedad. Eliminar la independencia y separación de los poderes del Estado, base de la democracia, ilustrada en su proclama de que quería un congreso "mío, mío”,  lo identifican con los devaneos más autoritarios y deformados de Bosch.

Los rasgos absolutistas del pensamiento y la acción de Danilo se han expresado no sólo hacia el control de la sociedad sino también al interior de su partido, donde persiguió implacablemente al otro líder del PLD, Leonel Fernández, lo humilló, arrinconó y obligó a renunciar, tras arrebatarle la nominación presidencial y colocar en ella a su marioneta Gonzalo Castillo.

¿Es por la corrupción? El de la corrupción, que según Greenberg-Diario Libre de principios de mes pasó a ser la principal preocupación de los dominicanos, y que ha asomado como potro incontenible del tráfico de influencia y las irregularidades en las licitaciones y compras en los menos de dos meses de la epidemia, puede ser una poderosa razón para que Danilo no quiera la unidad con el resto del país, sea porque su gobierno prefiere tener mano libre para las cuantiosas operaciones de negocios que conlleva,  o por sentir que sus funcionarios lo harían quedar muy mal parado en ese terreno, frente a la sociedad y la oposición.  

Esos hechos constituyen una explicación para que Danilo rechace la anhelada unidad nacional, pues filosóficamente y por formación devino en una naturaleza absolutista, también "comesolista", diría un balaguerista desafecto, que le impide operar en la construcción de consensos.  

Desbordado por los acontecimientos. Otro supuesto a considerar es que cuando aún no superaba la resaca de sus pretensiones continuistas y no lograba internalizar que se encontraba a 5 meses de iniciar el descenso al puerto de una transición que recomendaba preparar a sus funcionarios y a su partido a rendir cuentas y a un cambio de mando que el país y el contexto político internacional aconsejan tranquilo.

Es en ese sopor de pesadilla que al gobierno de Medina lo sorprende la crisis de espanto que es el coronavirus. Algunos desesperados creyeron ver oportunidades para hacer negocios pecaminosos en medio de la crisis, mientras otros, se cree que entre ellos Medina, vieron el cielo abierto de una posposición indefinida de las elecciones, pautadas ya para el 5 de julio.

Hay quienes creen que aunque a Danilo le han dibujado una aureola de “gran estratega”,  lo cierto es que sólo sabe moverse con eficiencia cuando tiene el poder y todo a su favor.  Pero cuando se encuentra en un escenario complejo, en el que debe responder simultáneamente a diversas vertientes, luce apocado.

Uno de sus hándicaps más notorios es que ha quedado sin iniciativa política y aparece, como estuvo hoy en la inauguración de un centro de información, lanzando manotazos en el aire, reflejando las contradicciones e incoherencias de un gobierno desorientado y errante frente a la crisis.

Los escándalos de irregularidades y corrupción y los devaneos de quedarse en el poder en base a la influencia mediática y propagandística y a los costosos servicios en dólares de abogados del diablo, dan la razón a quienes creen que el presidente Medina no entiende la magnitud de la crisis en que se encuentra hoy el país, y que por eso su gobierno está desbordado por los acontecimientos y no logra acopiar el buen juicio suficiente para entender que sería el principal beneficiario de la unidad nacional en estos momentos.     

Pretender alargar criminalmente la crisis sanitaria buscando sobrepasar el mandato constitucional de Danilo, no es sólo una elección hija bastarda del mal juicio político, sino ignorar un cerco político que terminará estrangulando, cuando sea,  el final de la carrera política de Danilo, de no entenderse con la oposición y la sociedad. 

Hoy, con el protagonismo de los jóvenes en los plantones de la Plaza de la Bandera y la clase media con cacerolazos que llegaron al vecindario presidencial, en rechazo a lo que consideraron sabotaje del PLD a las elecciones municipales, han irrumpido nuevos y poderosos actores en el escenario político y explican que el candidato presidencial del PLD continúe por debajo de un 25% por ciento de apoyo electoral, mientras Luis Abinader bordea el 50%.

¡Apocalypse Now! Hay quienes postulan además la tercera opción de que ese desbordamiento y pérdida de la expectativa política en que se encuentra el entorno de Danilo,  podría estarlo llevando a una desesperada apuesta de descarrillar al país para generar una situación de ganancia de pescadores en que su grupo político pueda alzarse con alguna forma de triunfo para continuar en el poder, pese a estar en obvia minoría. 

Si alguien en el danilismo sigue esa apuesta es porque está totalmente desconectado de la realidad histórica que vive hoy el pueblo dominicano, que se encuentra contenido como un resorte listo para dispararse y reconstruirse como un país diferente, institucionalmente organizado y dispuesto a sentar las bases para refundarse como un modelo de sólidas instituciones democráticas, y caminando a grandes trancos a un modelo de institucionalidad democrática y capaz de crear y multiplicar capital y riquezas para beneficio del desarrollo humano del pueblo.

Nadie va a cerrar ni hacer fracasar el país, por grande y desmedida que sea su ambición política y por más miedo a la soledad que le cause verse fuera del poder. 

Recordando al gran vate de nuestra América, Pablo Neruda, podemos decir que los dominicanos no vamos a morirnos ¡Vamos a vivirnos!    

 

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