Es 14 de febrero. Día de San Valentín. Día de los Enamorados.

El hombre ingresa al restaurant y elige la mesa de costumbre. Se sienta y no espera. Coloca un objeto delante suyo.

Parece un recipiente. Ordena un plato, dos copas de vino blanco y comienza a comer. Sabe que almorzará en soledad.

Minutos después, toma un pañuelo y comienza a secarse las lágrimas que brotan de dolor. No contiene el llanto. No lo logra pese a estar en un lugar público.

No le importa. Sigue llorando, desconsolado. Frente a sí había colocado las cenizas de su esposa. Su amada esposa. E intentaba, de aquel modo desgarrador, pasar un nuevo San Valentín. Un nuevo día de los enamorados. Aunque ella ya no esté.