El desconcierto que le provocó a Trujillo la Carta Pastoral de los obispos católicos sólo tiene parangón con la situación vivida a mediados de 1511 por Diego Colón, cuando Fray Antón de Montesinos le estrujó en la cara el estado de cruel servidumbre en que tenía sumidos a los nativos de esta tierra.
No caben dudas de que la Iglesia Católica fue -conjuntamente con los militares- el principal sostén de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, puesto que el clero contribuyó a mantener a la población bajo la sumisión y la exaltación del tirano, a cambio de recibir todo tipo de privilegios.
Esa alianza no escrita entre el tirano y el clero se afianzó aún más a partir del 16 de junio de 1954, fecha en que Trujillo firmó, en Roma, con el Papa Pío XII, el famoso Concordato que hasta la fecha rige las relaciones entre el Estado dominicano y la Iglesia Católica, consagrada como la iglesia oficial del país.
Pero hubo una ocasión en que los excesos del tirano rebosaron la copa de la paciencia de la Iglesia y, con todo y Concordato, el Espíritu Santo alborotó los corazones de los miembros de la clerecía, los cuales se tornaron en voz de Dios y denunciaron, con singular valentía, el estado de cosas que se vivía en la República Dominicana.
El cambio de actitud de la Iglesia frente a Trujillo se produjo a raíz de la llegada al país de un nuevo Nuncio Apostólico, monseñor Lino Zanani, quien se había destacado en Argentina por su lucha en contra de la dictadura del general Juan Domingo Perón. Zanani sustituyó a monseñor Siino, buen amigo que era de Trujillo.
En efecto, el 31 de enero de 1960, la Conferencia del Episcopado Dominicano, con el Nuncio Papal a la cabeza, sorprendió al país y sacudió los cimientos de la dictadura con una enérgica Carta Pastoral, firmada por todos los obispos, en la que denunciaba la tiranía.
Ese día era domingo y el documento fue leído en todas los templos del país donde se celebró misa.En su carta, los obispos pedían a los fieles católicos que rezaran por Trujillo, lo mismo que por su hermano Héctor Bienvenido (Negro), que en ese momento detentaba la condición de ‘‘Presidente’’, pero también pedían oraciones por los presos políticos que abarrotaban las cárceles criminales de La Victoria, El Nueve, La Cuarenta y otros centros de tortura del país, así como ‘‘por sus afligidos familiares’’
La reacción del “”Jefe’’ no podía ser más airada, pues este sabía muy bien el papel determinante que habían jugado cartas pastorales parecidas en la caída de los dictadores Juan Domingo Perón, de Argentina; Marcos Pérez Jiménez, de Venezuela, y Gustavo Rojas Pinilla, de Colombia.
Por demás, Zanini encontró aquí nada menos que Perón, quien disfrutaba de un exilio dorado, pero exilio al fin.
De ahí, que a pesar de los consejos del entonces Vicepresidente de la República, Joaquín Balaguer, quien le recomendaba actuar con prudencia frente a la Iglesia, Trujillo profirió toda suerte de improperios contra obispos y párrocos, a los que tildaba de “”malagradecidos’’ y “”eunucos’’.
En adición a ésto, el dictador ordenó a Johnny Habbes, jefe del funesto Servicio de Inteligencia Militar (SIM), y a su esposa, la “”prestante dama’’ María Martínez de Trujillo, organizar turbas que profanaban templos y agredían verbal y físicamente a los religiosos.
Esa terrible campaña contra la Iglesia tenía como “”emisora matriz’’ a Radio Caribe “”la emisora que da la vuelta al mundo’’, donde lo menos que se hacía era acusar a los sacerdotes y obispos de traidores, y conminarlos a “”reconocer a sus hijos’’.
El jefe también aumentó su ira contra los presos políticos y contra todo el que era sospechoso de conspirar contra la tiranía.
Los ataques más despiadados iban dirigidos contra los obispos Francisco Panal, de La Vega, y Tomás Reilly, de San Juan de la Maguana, el primero de orígen español y el segundo, norteamericano.
Reilly se vió precisado a abandonar la ciudad sureña y refugiarse en el Colegio Santo Domingo, de la capital, debido a que su iglesia fue profanada y su casa fue incendiada, en un atentado contra su vida.
A raíz de esos hechos, a los que se sumó el atentado criminal contra el presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt,
la comunidad internacional arreció su campaña contra la dictadura trujillista y el 20 de agosto de 1960, logró que la Organización de Estados Americanos (OEA) emitiera una resolución de sanción contra “”El Jefe’’.
A todo esto Trujillo respondió con el aumento de la represión, la persecución de supuestos o reales conspiradores y el asesinato, el 25 de noviembre de ese mismo año, de las hermanas Mirabal.
Federico Cabrera
El desconcierto que le provocó a Trujillo la Carta Pastoral de los obispos católicos sólo tiene parangón con la situación vivida a mediados de 1511 por Diego Colón, cuando Fray Antón de Montesinos le estrujó en la cara el estado de cruel servidumbre en que tenía sumidos a los nativos de esta tierra.
No caben dudas de que la Iglesia Católica fue -conjuntamente con los militares- el principal sostén de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, puesto que el clero contribuyó a mantener a la población bajo la sumisión y la exaltación del tirano, a cambio de recibir todo tipo de privilegios.
Esa alianza no escrita entre el tirano y el clero se afianzó aún más a partir del 16 de junio de 1954, fecha en que Trujillo firmó, en Roma, con el Papa Pío XII, el famoso Concordato que hasta la fecha rige las relaciones entre el Estado dominicano y la Iglesia Católica, consagrada como la iglesia oficial del país.
Pero hubo una ocasión en que los excesos del tirano rebosaron la copa de la paciencia de la Iglesia y, con todo y Concordato, el Espíritu Santo alborotó los corazones de los miembros de la clerecía, los cuales se tornaron en voz de Dios y denunciaron, con singular valentía, el estado de cosas que se vivía en la República Dominicana.
El cambio de actitud de la Iglesia frente a Trujillo se produjo a raíz de la llegada al país de un nuevo Nuncio Apostólico, monseñor Lino Zanani, quien se había destacado en Argentina por su lucha en contra de la dictadura del general Juan Domingo Perón.
Zanani sustituyó a monseñor Siino, buen amigo que era de Trujillo.
En efecto, el 31 de enero de 1960, la Conferencia del Episcopado Dominicano, con el Nuncio Papal a la cabeza, sorprendió al país y sacudió los cimientos de la dictadura con una enérgica Carta Pastoral, firmada por todos los obispos, en la que denunciaba la tiranía.
Ese día era domingo y el documento fue leído en todas los templos del país donde se celebró misa.
En su carta, los obispos pedían a los fieles católicos que rezaran por Trujillo, lo mismo que por su hermano Héctor Bienvenido (Negro), que en ese momento detentaba la condición de ‘‘Presidente’’, pero también pedían oraciones por los presos políticos que abarrotaban las cárceles criminales de La Victoria, El Nueve, La Cuarenta y otros centros de tortura del país, así como ‘‘por sus afligidos familiares’’.
La reacción del “”Jefe’’ no podía ser más airada, pues este sabía muy bien el papel determinante que habían jugado cartas pastorales parecidas en la caída de los dictadores Juan Domingo Perón, de Argentina; Marcos Pérez Jiménez, de Venezuela, y Gustavo Rojas Pinilla, de Colombia.
Por demás, Zanini encontró aquí nada menos que Perón, quien disfrutaba de un exilio dorado, pero exilio al fin.De ahí, que a pesar de los consejos del entonces Vicepresidente de la República, Joaquín Balaguer, quien le recomendaba actuar con prudencia frente a la Iglesia, Trujillo profirió toda suerte de improperios contra obispos y párrocos, a los que tildaba de “”malagradecidos’’ y “”eunucos’’
.En adición a ésto, el dictador ordenó a Johnny Habbes, jefe del funesto Servicio de Inteligencia Militar (SIM), y a su esposa, la “”prestante dama’’ María Martínez de Trujillo, organizar turbas que profanaban templos y agredían verbal y físicamente a los religiosos.Esa terrible campaña contra la Iglesia tenía como “”emisora matriz’’ a Radio Caribe “”la emisora que la da la vuelta al mundo’’, donde lo menos que se hacía era acusar a los sacerdotes y obispos de traidores, y conminarlos a “”reconocer a sus hijos’’.
El jefe también aumentó su ira contra los presos políticos y contra todo el que era sospechoso de conspirar contra la tiranía.Los ataques más despiadados iban dirigidos contra los obispos Francisco Panal, de La Vega, y Tomás Reilly, de San Juan de la Maguana, el primero de orígen español y el segundo, norteamericano. Reilly se vió precisado a abandonar la ciudad sureña y refugiarse en el Colegio Santo Domingo, de la capital, debido a que su iglesia fue profanada y su casa fue incendiada, en un atentado contra su vida.
A raíz de esos hechos, a los que se sumo el atentado criminal contra el presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, la comunidad internacional arreció su campaña contra la dictadura trujillista y el 20 de agosto de 1960, logró que la Organización de Estados Americanos (OEA) emitiera una resolución de sanción contra “”El Jefe’’
.A todo esto Trujillo respondió con el aumento de la represión, la persecución de supuestos o reales conspiradores y el asesinato, el 25 de noviembre de ese mismo año, de las hermanas Mirabal.