El amor es un océano, nosotros somos la lluvia
No hay nada más liberador que aceptar nuestra incapacidad de controlar el amor.
Llega como la lluvia de verano, sin avisar, limpiando sobre, alrededor y a través de nosotros. Nutre nuestros sentidos, silencia nuestros demonios, nos permite aclarar la mente y movernos con precisión.
Podemos elegir quedarnos dentro de casa, mantenernos secos y calientitos –o podemos bailar en ella, correr en ella, cantar con ella, disfrutar de su belleza y apreciarla por su temporalidad.
Podemos tomarla con las manos, intentar retenerla y atraparla con nuestros sentidos, pero esto resultará inútil. El amor siempre se escapará entre nuestros dedos, poco a poco pero encontrando su camino de regreso al suelo húmedo, de regreso a la tierra del que salió –permitiendo que árboles y flores crezcan.
El amor, como la lluvia, carga con el potencial de frustrarnos, herirnos, ser una inconveniencia para nuestros planes, con su fuerza y sus momentos. La lluvia nos toma desprevenidos, erosiona nuestras defensas, aplasta nuestro cabello y provoca que la tela de nuestra ropa se cuelgue de forma poco halagadora de nuestros cuerpos temblorosos. Limpia nuestra piel al mismo tiempo de que llena de lodo el camino. Nos mantiene despiertos con la misma facilidad que nos arrulla para dormir.
Podríamos tratar de predecirlo, restringirlo, organizar nuestros días a su alrededor, evitarlo o perseguirlo; pero él nos encuentra, nos elude, de una manera u otra –aterrizando tan al azar, tan preciso, cuando menos lo esperamos.
Nuestro amor cae sobre aquellos que nosotros elegimos, rodando por sus cuerpos y hacia un canal o un arroyo –ganando impulso, ganando volumen, conociendo a otros en su camino al mar. Es el tipo de belleza más breve: fugaz en su presencia, permanente en su recurrencia.
Nos sentaremos cerca de la orilla del mar, mirando como las olas crecen, se alzan y estrellan en la costa. Nos sentiremos pequeños por su tamaño, humildes por su misterio, tranquilos por su certeza. Como lágrimas en un lago y susurro en un tornado, nuestra importancia no radica en nuestra unión física, nuestra propiedad o definición del amor –sino en cómo cargamos con el amor, cómo compartimos nuestro amor, cómo manifestamos el amor.
La culminación del amor es lo que garantiza que la vida tenga ritmo; los truenos son volumen, la muerte es poesía. La tinta a la pluma, la pluma a el ala, la estrella a la galaxia; nosotros somos motas de polvo atrapas en el viento huracanado de una tormenta en el desierto. Juntos, pintamos el cielo de rojo.
Es, y siempre será, de formas que no pueden y nunca podrán ser. El amor es un océano, nosotros somos la lluvia. El sol, la luz –las nubes, el dolor. Entrégate a ello. Acepta nuestras almas como las hojas cubiertas de rocío, nuestros corazones como los gorriones imprudentes, nuestras mentes como las cascadas empinadas, que rabian en silencio bajo el claro cielo de la noche. Decidido a aterrizar, roto en su belleza.
Acepta que las mareas se elevarán y con la misma seguridad caerán, que ellas toman lo que quieren, de manera silenciosa en su camino. Acepta que la corriente continuará empujando, girando y jalando de formas que nunca conoceremos, con métodos que nunca entenderemos. Nuestra vitalidad radica en su existencia, nuestra insignificancia en su eternidad. Tormentas vendrás y tormentas se irán; a veces tendremos frío, pero otras tendremos que estarlo.
Acepta el amor como un ciclo natural. No lo podemos sostener, no lo podemos controlar, no podemos manipular su gracia. Creo que lo mejor que podemos esperar es que renueve aquellos con los que lo compartimos, aquellos a quienes se lo dimos; dejándolos en mejor forma porque existió, porque sí pasó –permitiéndoles redistribuirlo a quienes ellos deseen, si lo consideran conveniente.
Verán, el amor siempre está corriendo a través de nuestros dedos apretados. Siempre cayendo, siempre fluyendo, siempre moviéndose con seguridad, de manera constante y segura en su camino de regreso al mar. Nuestro trabajo es disfrutarlo, reírnos de las nubes y cuidarnos del viento –bailar en la lluvia y saborear el dolor.